Brimt

“El carnicero que amaba su oficio” – Relato de Jofre, Brimt y Jort

Fragmento del relato

Buenos días Personas, hoy, tras un largo periodo sin saber de mí, os traigo un fragmento del relato “El carnicero que amaba su oficio”, os presentó aJofre, Brimt y Jort, tres carniceros que viven en Bagún, al suroeste de Domhan, espero que lo disfrutéis.

Desde que tengo uso de razón mi familia ha estado ligada a la tierra. Desde mucho antes que mi bisabuelo aceptase un trozo de tierra en Bagún y decidiera construir una granja. Aquel hombre humano proveniente de Dulroc, al este de Belmonte, decidió aprovechar la ocasión que le brindó la vida de poder dejar de trabajar para otro y cumplir su sueño de tener un campo en propiedad, aunque eso supusiera coger a toda su familia, meterla en un barco volador y mandarla a vivir al reino yrteda, a un pueblecito de pocos habitantes y costumbres sencillas.

Mi bisabuelo invirtió mucho tiempo y esfuerzo en levantar un hogar para su familia, preparar la tierra para ser sembrada y, con el tiempo, construir establos para los animales.

Mis abuelos siguieron ampliando la granja, comprando nuevas tierras y aumentando la cantidad de ganado e incluso pudieron contratar a algunos empleados, en poco tiempo el gremio de agricultores y ganaderos llamó a su puerta, otorgándoles la posibilidad de acceder a un mercado mayor, a mejores precios para la maquinaria y las herramientas y a la posibilidad de recibir un incentivo a cambio de enseñar a las nuevas generaciones de agrónomos.

Fue precisamente mi abuela la que me enseñó las primeras nociones de carnicería, viendo que yo mostraba mucho más interés por convertir a los animales en alimento que en criarlos o dedicarme al cultivar los campos.

Para cuando mis padres tomaron las riendas la idea de mi bisabuelo había pasado de ser un sueño de autosuficiencia a una empresa que permitía vivir sin demasiadas preocupaciones.

Cuando acabé mis estudios primarios y tuve que decidir qué rumbo quería tomar en la vida ya tenía bien claro que quería dedicarme a la carnicería, de modo que me matriculé en los estudios de elaboraciones alimentarias y al finalizar sus cuatro años de duración me decante por especializarme en la elaboración y procesado de productos cárnicos. Tres años más tarde ya estaba listo para empezar a trabajar como carnicero.

Gracias a los contactos que mi familia tenía en el gremio de Procuradores me pusieron en contacto de inmediato con una carnicería que había en el pueblo de al lado, un pueblo bastante más grande que el nuestro.

La carnicería en cuestión resultó ser un local de dos plantas: en la planta de arriba, la que daba a la calle, era dónde se atendía a los clientes, en la planta de abajo estaban situadas las salas de despiece y las cámaras frigoríficas.

Los dueños eran dos hombres yrteda, los cuales en ningún momento trataron de ocultar la relación de matrimonio que mantenían, tampoco escaseaban las muestras de afecto entre ellos. A parte de ellos no trabajaba nadie más en la carnicería, tampoco era necesario, Jortz atendía el mostrador y contactaba con los proveedores y Bnimt se encargaba de la sala de despiece y de mantener las cámaras ordenadas, de la limpieza se encargaban a medias.

El primer llegué con algo más de una hora de antelación, quería conocer el lugar y causar una buena impresión.

—Tú debes de ser  “iogre” —dijo Jortz al verme entrar en la tienda, pronunciando mal mi nombre—, llegar pronto, eso me gusta.

—Sí, soy yo, he preferido llegar antes de hora —respondí—, pero mi nombre se pronuncia Jofre.

—Oh, perdona —se disculpó Jortz—, no estoy muy habituado a las palabras humanas, ¿Puedes repetirlo por favor?

—Sí claro, es Jofre, la primera letra se pronuncia casi como una “tg” y la consonante del medio es exactamente igual que la “h estridente” la última vocal es como la “a” semicerrada, pero más corta.

—Intentaré pronunciarlo bien —dijo Jortz—, pero ya te digo que me costará.

—No te preocupes, me hago cargo —dije sonriendo—, nuestros idiomas y sus variantes regionales son muy diferentes el uno del otro.

—Sí, pero no me gusta cambiarle el nombre a nadie —respondió Jortz—, me lo apuntaré fonéticamente, a propósito, si bajas por esas escaleras llegarás al piso de abajo, allí mi marido está preparando el género, tengo que preparar los pedidos, ¿Te importaría ir con él, presentarte y que te enseñe la tienda?

—Claro, sin problema.

Jort echó mano de su rólomo y a través de la pantalla holográfica pude ver como escribía mi nombre con los caracteres fonéticos, después guardó esa nota y la dejó en el escritorio, justo cuando empecé a marcharme abrió el programa de gestión de inventarios que tanto detesté durante mis estudios.

Aferrándome al pasamanos baje las escaleras con rapidez, lo primero que vi fue un largo pasillo, con puertas metálicas a cada lado, supuse que serían las diferentes cámaras frigoríficas, al fondo, pegada al techo, había una señal que indicaba la salida de emergencia: una puerta roja con una gran palanca horizontal como sistema de apertura.

—Tú debes de ser el aprendiz que nos mandan desde el gremio —dijo una voz a mis espaldas—, Jofre si mal no recuerdo.

—Sí, soy el chico nuevo —dije tendiendole la mano, habiendo percibido como había pronunciado correctamente mi nombre—, es un placer estar aquí.

—Es muy pronto aún para que digas eso —dijo el yrteda estrechándome la mano al tiempo que sonreía—, mi nombre es Bnimt, luego te enseño todo esto, pero antes tenemos que rellenar tu contrato y tienes que responder a un pequeño cuestionario.

—¿Es el de salud laboral verdad? —Pregunté—, desde el gremio me dijeron que solían hacerse a los aprendices.

—No, es un sólo para recoger algunos datos tuyos —respondió Brimt—, de todas formas tengo que decirte que estoy en contra de los cuestionarios médicos, tu salud es cosa tuya, a menos que tengas algo contagioso o que requiera que te tomes la baja no tienes porque decirnos nada.

—Entendido —respondí.

—Sigueme, vamos al despacho —dijo Brimt girándose y yendo en dirección al pasillo que quedaba detrás de las escaleras.

—He notado que has pronunciado bien mi nombre —advertí—, a Jort no le ha resultado tan fácil.

—Tengo familia Llacuna Verda —respondió Brimt—, a veces vamos de visita en vacaciones y respecto a Jort, no te lo tomes como algo personas, es muy malo para los nombres y para los idiomas, sin embargo tratando con la gente es un hacha.

—¿Tan bueno es? —Pregunté mientras ambos caminábamos por el pasillo.

—Es una pasada —respondió Brimt—, le he visto vender cantidades enormes de carne a la gente, tanto que han tenido que pedir que se las lleve alguien a casa por no poder cargar con ellas y con los proveedores hace lo mismo, siempre consigue alguna oferta o rebaja.

—Caray, entiendo que es por eso que él está arriba —dije.

—Por eso y porque mi especialidad es el despiece de las canales —respondió Brimt—, hemos llegado ya —dijo abriendo una puerta—, pasa por favor.

La habitación no era muy grande y, como el resto de lo que había visto hasta ahora, estaba extremadamente limpio. En la habitación había un largo sofá, un escritorio, un ordenador, varias sillas, una estantería con libros y una ventana con barrotes que parecía dar a la calle, en la cual también había una mosquitera, del techo colgaba una lámpara anti-insectos.

—Siéntate aqui si eres tan amable Jofre —dijo Brimt tendiéndome la silla de al lado del ordenador—, yo me sentaré a tu lado y rellenaré el cuestionario con lo que me respondas, si hay alguna pregunta que no quieres responder eres libre de no hacerlo, ¿Empezamos?

—Claro —respondí con una sonrisa—, cuando quieras.

—Perfecto —dijo Brimt—, primera cuestión, nombre completo.

—Jofre Eusebi Carboner EstFlavi —respondí.

—¿Está bien escrito? —Preguntó Brimt.

—Sí, está bien —respondí tras leer mi nombre en la pantalla flotante.

—Vale, siguiente, ¿Edad? —Preguntó Brimt.

—Veinticinco —respondí.

—Veinticinco —repitió Brimt mientras tecleaba—, ¿Número de afiliación gremial?

—Cuatro seis, cinco nueve uno, dos dos cuatro siete, uno tres, uno seis —respondí.

—¿Te lo sabes sin mirarlo? —Pregunto Brimt—, caray son trece dígitos.

—Decidí aprendérmelo por si acaso —respondí—, por si perdía el carné y necesitaba dar mi número a alguien.

—Eres un chico precavido, me gusta —dijo Brimt—, veamos ¿Fecha de nacimiento?

—Treinta y cuatro de febrero del cuatro mil setecientos treinta y siete —respondí.

—Así que naciste a finales de verano —dijo Brimt mientras seguía introduciendo datos.

—Sí, poco antes de la temporada de cosechas —respondí.

—Mira que bien —exclamó Brimt—, tus datos académicos ya vienen introducidos, caray, fuiste muy buen estudiante, tu media es bastante alta.

—Siempre me tomé los estudios en serio —respondí—, salvo algún que otro tropiezo no solía suspender.

—Forma parte del proceso de aprendizaje, de todas formas un nueve coma setenta y seis es bastante loable —respondió Brimt—, sigamos, ¿Te manejas bien con los conjuros del oficio?

—Bueno, los conozco y los uso —respondí—, pero no soy capaz de mantenerlos mucho tiempo activos, mi cuerpo retiene poco dariré.

—Entiendo, no te preocupes, tenemos herramientas para eso —respondió Brimt—, de todas formas tal vez sea un problema de canalización y no de resistencia, es posible que si aprendes a regular el caudal puedas mantener los conjuros activos más tiempos.

—Es posible, nunca he necesitado conjurar durante demasiado tiempo, pero lo miraré —respondí.

—No tienes que ir muy lejos Jofre —dijo Brimt poniéndome una mano en el hombro—, aquí estamos para enseñarte todo lo que necesites, la magia de corte y conservación parte del arte de ser carnicero, lo podemos incluir en tu plan de formación.

—Pues puede estar bien —dije—, muchas gracias Brimt.

—De nada, sigamos con esto que ya casi hemos terminado —dijo Brimt sonriendo—, ¿Tu talla de ropa y mano?

—De camiseta una treinta y dos, de pantalón una cuarenta y ocho y de mano un ocho y medio —respondí.

—Eres un pelín pequeño hasta para ser humano, ¿Verdad?

—Sí, no soy demasiado corpulento —respondí—, además comparado con un yrteda debo parecer escuálido.

—Un poco sí —se rió Brimt—, pero la constitución de los yrteda y la de los humanos es muy diferente, no son comparables para nada.

—No, supongo que no —respondí sonriendo.

—Veo que tu nota en el test de aptitudes es un poco baja —dijo Brimt bajando entre las preguntas del cuestionario—, ¿Qué pasó, tuviste un mal día?

—Me bajaron nota porque tuve que utilizar un cuchillo físico —respondí—, me puse nervioso y no fui capaz de conjurar nada.

—¿Te importaría que te repitiese la prueba? —Preguntó Brimt—, Me gustaría saber cuál es tu nivel realmente.

—En absoluto —respondí—, de hecho me encantaría que dado que tienes que enseñarme tú vieras por dónde tienes que empezar.

—Veo que eres muy perspicaz —dijo Brimt—, vale, llega la parte del cuestionario que no me gusta nada, ¿Algún problema de salud que debamos saber?

—No, no me han operado de nada importante, no tengo alergias graves ni tomo ningún tipo de medicación —respondí.

—De acuerdo —respondió Brimt marcando las casillas del “no”—, ¿Te interesa apuntarte al plan de salud del gremio

—¿Me lo recomiendas? —Pregunté.

—Encarecidamente —respondió Brimt—, tienen un plan de prevención de enfermedades laborales bastante más específico que el sistema sanitario habitual, es gratuito también.

—Vale, apúntame entonces —respondí.

—Genial, apuntado —respondió Brimt—, vale, ¿Estado civil?

—Soltero —respondí.

—¿Tu dirección es la que aparece aquí? —Preguntó Brimt.

—A ver —dije acercándome a la pantalla—, sí, es correcta.

—¿Los números de identificación personas y el de afiliación laboral también?

—Déjame mirar… Sí, son ambos correctos.

—¿Tu correo electrónico es este? —Preguntó Brimt.

—Sí, “joeucaes@correo9.inf” —respondí.

—¿Ese es el número de tu rólomo? —Preguntó

—Sí, es correcto —dije, empezando a estar ya un poco harto de tanta pregunta.

—Vale, pues eso es todo —dijo Brimt—, vas a recibir un correo electrónico con tu contrato para que hagas la firma digital, ¿Sabes cómo funciona?

—Sí, recibo una clave en otro mensaje que dura quince minutos, la introducto y se da por firmado el contrato.

—Eso es —dijo Brimt—, disculpa por todo el rollazo, pero es necesario para llenar tu ficha de trabajador, la parte buena es que a partir de ahora no necesitarás rellenar más, cualquier futuro trabajo que tengas rescatará estos datos.

—Bueno es saberlo —respondí.

—Vale, sígueme hasta el vestuario, te voy a dar la ropa, el guante de malla y un juego de cuchillos — dijo Brimt levantándose de la silla y dirigiéndose a la puerta.

—Te sigo —respondí.

Brimt abrió la puerta para que saliera delante, luego la cerró detrás de sí. Abrió la puerta de justo en frente, esta habitación era de un tamaño similar a la anterior, en esta había un pequeño banco hecho de barras de acero, seis taquillas, tres lavamos y , a juzgar por las puertas, dos aseos y tres duchas.

—Espérame aquí que voy al almacén a ver si te encuentro la ropa —dijo Brimt—, mientras tanto mira a ver si te ha llegado ya el contrato.

—Vale, aquí está —le respondí a Brimt mientras miraba mi bandeja de correo electrónico—, voy a irlo firmando.

—Perfecto, vuelvo enseguida —dijo Brimt cerrando la puerta.

Abrí el correo con mi contrato y le eché un vistazo, para mi sorpresa mi horario de trabajo sería de ocho horas diarias, con una hora para desayunar, de lunes a viernes y cobrando exactamente lo mismo que por una jornada de diez horas, acceso a cincuenta horas médicas y a cuatro días de vacaciones por mes trabajo, resumiendo: un contrato de prácticas con las mismas condiciones que un contrato indefinido. Sin pensarlo dos veces firmé el contrato de inmediato. Poco después Brimt abrió la puerta, llevando en una mano varias prendas de ropa envasadas en una cobertura de lignina transparente.

—Aquí está tu ropa —dijo dejando los fardos encima del banco—, las taquillas de la derecha están libre, sincroniza la cerradura con tu rólomo, no me he acordado de preguntarte qué número calzas.

—Un cuarenta —respondí—, ¿No venía en el cuestionario esa pregunta?

—No, es un cuestionario estándar, no vienen las peculiaridades de cada oficio —respondió Brimt—, de todas formas he visto que ya lo has firmado.

—Sí, acabo de hacerlo —respondí—, he visto que tengo muy buenas condiciones.

—Eso es porque nos gusta ser justos con la gente —respondió Brimt.

—Muchas gracias —respondí—, me has dicho antes que de las seis taquillas hay cuatro que ya están ocupadas, ¿Verdad?

—Sí, una es mía y otra es de Jort —respondió Brimt—, las otras dos son de Okimi, una chica gekjo que trabaja sólo de tardes y de Naruü, un chico konei que hace fines de semana y algún día suelto que le necesitamos porque no damos a basto.

—¿Ellos están también de prácticas? —Pregunté.

—Naruü sí, lleva aquí un par de meses —respondió Brimt—, Okimi lleva casi cinco años con nosotros, pero también empezó aquí como aprendiz.

—Ya veo, ¿Hay posibilidad de quedarse? —Pregunté.

—Sí lo haces bien sí —respondió Brimt—, hablando de eso, cada mañana cuando llegues tienes que ducharte aquí antes de ponerte la ropa de trabajo, verás que en la ducha hay dos jabones: uno de color miel y el otro de color perla, el primero es para cuando entras a trabajar, es un antiséptico y un anticaida, en tu caso como tienes poco vello corporal no es tan necesario, el de color perla es un jabón normal, es para que te quites los efectos del de color miel.

—Entendido —respondí—, entonces nada más entrar, antes de ponerme la ropa de trabajo me ducho con ese jabón y al salir me ducho con el otro.

—Bueno, nosotros lo que hacemos al salir es ducharnos primero con el antiséptico y luego con normal, así nos aseguramos de quitarnos también cualquier resto de sangre y demás que se nos haya podido quedar —dijo Brimt—, y por supuesto te puedes duchar todas las veces que consideres oportuno, a menos que te pases el día bajo el agua nadie te dirá nada.

—De acuerdo, voy a ducharme —respondí.

—Si ves que la ropa te vale te daré varias prendas más de repuesto —dijo Brimt—, ahora vuelvo con tus zapatos, luego te explico dónde tienes que dejar la ropa sucia y cada cuánto debes cambiarla.

—Perfecto, hasta ahora —dije.

Cuando Brimt cerró la puerta tras de sí me dirigí hacia una de las duchas, al abrir la puerta ví un banco más corto que el de fuera que estaba hecho exactamente igual, también ví una puerta de cristal opaco, que supuse que daba a la ducha en sí. Estaban pensadas de tal manera que uno se podía cambiar y duchar con total intimidad. Fui a recoger la ropa y la dejé en el banco de dentro de la ducha, después me desnudé y dejé la ropa que llevaba en otro rincón del banco, abrí cada una de las bolsas de lignina que Brimt me había dado, en ellas, además de un polo, un delantal y unos pantalones había también unos calzoncillos, todo de color granate, supuse que de haberme preguntado antes el número de pie también me habría traído algunos calcetines.

Abrí la ancha puerta de cristal y observe la ducha tamaño yrteda que colgaba del techo como un enorme sombrero de metal. Suspendidos en la pared estaban los contenedores con los jabones que me había comentado Brimt. El rólomo que flotaba por encima de mi muñeca emitió un sonido aquático, algo que nunca había hecho hasta la fecha, una pequeña pantalla rectangular apareció encima de él: las duchas se controlaban también a través del rólomo, para evitar tocar ninguna superficie. La recomendación del programa era ducharse con el agua a cuarenta grados, frotarse bien todo el cuerpo con el jabón, dejarlo actuar un par de minutos y aclararse con agua a venticinco grados, de esa manera se conseguía que se abrieran los poros con el agua caliente, se limpiaran bien y luego se cerrasen con el agua fría.

Accioné el agua y ésta empezó a caer como si fuera una fina y persistente lluvia, al principio estaba muy caliente para mi gusto, pero me acostumbré enseguida. Cuando me sentí lo suficientemente mojado apagué el agua y puse la mano debajo de la jabonera para que cayera algo de su contenido sobre ella, cuando tuve el jabón en mi mano lo acerqué a mi nariz para ver a qué olía, pero mi nariz no captó ningún olor en aquel jabón, tras enjabonarme bien y dejarlo un rato sobre mi piel decidí que era hora de aclararme, de modo que accione de nuevo el agua, esta vez relativamente fría.

La diferencia térmica hizo que diera un respingo y que mi respiración se acelerase, por suerte mi cuerpo volvió a acostumbrarse pronto. Tras un par de minutos mi cuerpo estaba completamente libre de jabón y espuma, mi piel estaba tersa, suave y limpia, al igual que mi pelo. Para secarme accioné el ventilador que tenía la alcachofa de la ducha que tenía sobre la cabeza, una potente ráfaga de aire ligeramente frío empezó a empujar las gotas de agua que tenía depositadas encima del cuerpo, luego se activó la ráfaga de la pared de enfrente de la puerta, así que comencé a girar sobre mi mismo para secarme por delante y por detrás, finalmente se activó el sistema de secado del suelo, acabando por expulsar cualquier gota díscola que hubiera preferido seguir aferrada a mí en lugar de ir a reunirse con sus compañeras al desagüe.

Abrí la puerta de cristal y me dispuse a vestirme, cuando iba por los pantalones alguien picó a la puerta que daba al vestuario.

—¿Estás visible? —Preguntó la voz de Brimt al otro lado de la puerta.

—Sí —respondí abriendo la puerta—, ¿Qué necesitas?

—Vengo a darte calcetines y zapatos —respondió Brimt—, ¿Te has aclarado con la ducha?

—Sí, las de casa funcionan exactamente igual —respondí.

—Perfecto entonces, toma —dijo Brimt dándome varios pares de calcetines y unas botas negras envueltas en lignina—, termina de vestirte y te espero fuera.

Tras abrir uno de los paquetes de calcetines, remangarme los pantalones y ponérmelos en los pies me puse el polo y después los zapatos, finalmente me puse el delantal, dándole varias vueltas en la cintura al larguísimo lazo que tenía para atarlo. Me miré en el espejo que tenía justo delante, el granate me sentaba bien, muy bien, sonreí a mi yo del espejo guardé mi ropa en la taquilla, dejándola bien puesta en perchas y me dispuse a salir a para empezar con mi primer día de trabajo.

Brimt me estaba esperando afuera, sin decir nada me hizo un gesto para que lo siguiera, tras un breve paseo llegamos a lo que parecía ser una de las neveras. Cuando Brimt se paró delante de la puerta está reaccionó y se abrió, dejando escapar un aire bastante frío, al entrar dentro pude observar que todo estaba inmaculadamente limpio y bien ordenado. Ninguna de las paredes presentaba rastro de humedad ni condensación.

Brimt fue directo hacía una de las estanterías donde se almacenaban los mamíferos de pequeño tamaño, buscó entre los celerantos espinados y seleccionó un ejemplar cuya fecha de caducidad era la más próxima. Los celerantos espinados son una especie de marsupiales que sólo habitan en Bagún, son algo entre un cerdo y un equidna, sólo que en lugar de púas tiene unos huesos acabados en punta que están recubiertos de carne comestible, por lo que prácticamente se utiliza todo el animal.

—Sé que no es una pieza homologada —dijo Brimt—, pero me servirá para saber que bien te desempeñas con algo pequeño, lleno de huesos y fácil de destrozar.

—Ya veo, quieres ver de que soy capaz —dije.

—No te lo tomes como un exámen —dijo Brimt—, necesito saber exactamente cuáles son tus puntos fuertes y cuáles son tus puntos a mejorar.

—No pienso que sea una exámen —dije sonriendo—, entiendo que sólo lo haces porque la valoración que me hicieron te parece injusta y quieres tener tu propio criterio.

—Sí, es justo lo que tenía en mente —dijo Brimt—, vale, vayamos al obrador y empecemos, dentro un rato empezarán a llegar los proveedores y los clientes.

Brimt salió de la cámara frigorífica delante, volvimos por dónde habíamos venido y pasamos por delante de la puerta del vestuario, hasta que llegamos a una zona del pasillo que tenía el muro de cristal, lo que permitía ver las mesas metálicas en el interior de la sala, continuamos un poco más hasta que llegamos a la puerta doble.

Brimt empujó la puerta con una mano y la aguantó para que yo pasase. Después dejó el celeranto encima de una de las mesas, las cuales desprendían un ligero olor a desinfectante y relucían tanto que parecían recién salidas de fábrica.

—Lo primero que vas a hacer es deshuesarlo —dijo Brimt—, quiero verte utilizar la magia.

—De acuerdo —respondí.

Entre mis dedos índice y pulgar hice aparecer un cuchillo de dariré de un suave tono esmeralda, clavé el cuchillo en el cartílago que une los huesos puntiagudos y, pese haber atravesado la carne del animal, el cuchillo sólo dañó las partes que yo pretendía, después, mientras aún estaba el cuchillo clavado emití un pulso de fuerza, para separar el hueso de la carne, después desconvoque el cuchillo y tiré del hueso descarnado para sacarlo de del animal. Repetí la operación varias veces hasta que la espalda del animal quedó completamente desprovista de huesos.

—Vale, no es necesario que sigas —dijo Brimt—, he visto suficiente deshuesado, corta y filetea las púas.

Convocando de nuevo el cuchillo seccione las púas y las deposité encima de la mesa, luego empecé a cortarlas en forma de aro. Cuando llevaba tres de las púas Brimt me hizo parar de nuevo.

—Suficiente, tómate un pequeño descanso, estás agotado —dijo Brimt.

—¿Cómo me has visto hasta ahora? —pregunté desconvocando el cuchillo y jadeando ligeramente.

—Sin duda tienes talento, confianza y buen pulso —dijo Brimt—, evidentemente te queda mucho por aprender, pero tienes buena base, sólo hay un problema.

—¿Qué problema? —Pregunté aun resoplando.

—Tu forma de conjurar —respondió Brimt—, gastas diez veces más dariré del necesario para conjurar, no me extraña que acabes agotado, lo que no entiendo es cómo has aguantado tanto tiempo sin desmayarte.

—¿Quieres decir no tengo poca capacidad de acumular dariré en el cuerpo sinó que gasto mucho de golpe? —Pregunté algo sorprendido.

—Eso es exactamente lo que digo —respondió Brimt—, de hecho tu cuerpo puede almacenar muchísimo dariré, pero no tienes un limitador de caudal.

—¿Cómo es que nadie me lo ha dicho hasta ahora? —Pregunté.

—Porque a menos que des con alguien sensible a los cambios de concentración del dariré es muy difícil de detectar —respondió Brimt—, es algo relativamente común y mucho más fácil de solucionar que la falta de dariré.

—Me alegra saber eso —dije algo recuperado—, ¿Y cómo crees que puedo ponerle solución?

—No soy un experto en el tema —respondió Brimt—, pero creo que te vendría bien saber porque necesitas conjurar de manera tan egoísta.

—¿Egoísta? —Pregunté sin saber a qué se refería.

—Es el término que utilizan los magos cuando quieren decir que alguien conjura utilizando únicamente el dariré del que dispone en el cuerpo en lugar de usar el que tiene a su disposición en el entorno —respondió Brimt.

—Vale, creo que lo entiendo —dije—, es como si en lugar de respirar el aire que tengo alrededor únicamente quisiera usar bombonas para respirar.

—Sí, algo así, es un buen símil—dijo Brimt—, uno de nuestros amigos más cercanos es profesor en la universidad de estudios mágicos de Vigref, suele venir mucho por aquí, un día que venga puedo hablarle de tí y seguro que alguna solución podrá darte.

—Eso sería genial —respondí ilusionado ante la idea de poder solucionar mi problema.

—Veo que vas a sacar mucho más de aquí de lo que habías pensado en un principio —dijo Brimt acariciándome la cabeza—, bueno, recogamos la sala y vayamos a prepararnos para recibir la mercancía, hoy nos traen poca cosa.

—De acuerdo —respondí.

Brimt recogió los cortes de carne que había preparado mientras yo me dediqué a tirar los huesos al contenedor correspondiente. Utilizando la magia Brimt terminó de deshuesar el celeranto, lo cortó a cuartos, depositó todas las partes en una bandeja y la selló para que estuviera estanco, después bajó la temperatura para que estuviera en la temperatura óptima de conservación y después hizo que desapareciera, supuse que lo teletransportó a la cámara de elaborados.

Después Brimt roció líquido de limpieza por la mesa que habíamos usado, convocó una bayeta, la pasó concienzudamente por la superficie metálica y luego hizo desaparecer la bayeta. Me sentí un poco mal al ver con la soltura que se manejaba Brimt usando la magia, yo no era capaz de algo similar por el momento, tenía la sensación de que iba a tardar mucho más que ellos en hacer el mismo trabajo y que eso les haría perder mucho tiempo.

Después ambos nos lavamos las manos con el jabón especial y nos dirigimos hacia la zona de recepción, la cual daba a la calle de atrás de la carnicería, que casualmente estaba al mismo nivel que la planta de abajo de la tienda, de modo que era muy fácil separar el tráfico de materias primeras, el de residuos y el de la carne para vender, de manera que los desperdicios, los clientes y los repartidores jamás coincidían ni tenían que saber de la existencia del otro.

El repartidor llegó antes de tiempo y Brimt aprovechó esa circunstancia para presentármelo, el hombre que hacía los repartos era de raza panthera, pero de una etnia que mide un metro y veinte centímetros de altura el lugar de tres metros y medio. Pese a su tamaño Emelde era bastante fuerte y podía cargar sin problemas con las cajas y las canales.

Él y yo nos dedicamos a llevar las cosas que había pedido Jortz a sus respectivas cámaras mientras Brimt las organizaba dentro de las neveras y actualizaba el inventario.

Cuando llegó la hora de abrir la tienda a los clientes Brimt me dejó solo en el obrador, con la tarea de cuartear varias cajas de pollos y poner varios kilos de cecina de cerdécalo a secar.

Por ahora eso es todo, espero que os haya gustado, sed buenos y disfrutad de la inminete primavera.

Os dejo con unos enlaces que puede resultar de vuestro interés.

Relato de “El imbécil”.

Mi Patreon.

Mi página de Amazon.

Algo bueno trae el frío

Buenos días Personas, ¿Cómo lleváis el frío? Ahora ya si se nota que estamos casi en diciembre.

Una pequeña anécdota que quería compartir con vosotros: he estado mirando cómo iban las ventas de mi libro y he descubierto que alguien desde Francia ha comprado una versión en papel de mi primera novela, me ha resultado curioso, pues no conozco a nadie en Francia, tendré que investigar a ver cómo ha dado conmigo.

Por lo demás bien, sigo trabajando en el libro de relatos, en concreto en el que será el tercero, por orden de aparición, del libro. Trata sobre un suceso muy importante en la historia de mi universo, ya que dio lugar al nacimiento de una raza con una relación muy directa con la humana.

Poco más que añadir por ahora, os dejo por aquí los encales a los libros.

Versión E-book                                                                                                Versión impresa

Espera

Porta novela

Espera

Contraportada

 

 

 

 

 

 

 

 

Sed buenos, o no.

Espera

La espera ha llegado a su fín

Libro ya disponible en Amazon

Buenos días Personas. La espera ha terminado.

Hoy os vengo con una de las noticias que hace más tiempo que quería daros, efectivamente me refiero a la publicación de mi primera novela.

Ha sido más de un año de trabajo, entre escribir, corregir, encargar la portada, estudiar cómo funcionaba la auto publicación de Amazon, tanto en su versión E-book como en la versión impresa de tapa blanda, pero por fin el libro está terminado y listo para poder descargarlo. Os seguro que la espera ha merecido la pena.

¿De qué trata exactamente?

Es el prólogo de las novelas que se engloban dentro de la saga de “Gemelos”. Un libro de 242 páginas en las que introduzco el universo de “Domhan, historias de Custodios” y doy a conocer a una pieza clave de dicho universo: Sinertadis, rey de Belmonte.

¿Por qué un prólogo?

Dado que mi universo es muy rico y diverso, el lector necesita una pequeña introducción para no perderse entre las razas, localizaciones, edades y demás idiosincrasia propia del universo que he creado. Pensad que son más de 12.000 años de historia en un universo a tamaño real, es decir, con todos sus planetas, galaxias, razas y demás pobladores del mismo. En el prólogo sólo me centro en dos planetas: Móntiaple, lugar donde transcurre la novela y Detese, el planeta vecino y hogar de una raza mucho más avanzada tecnológica y socialmente.

¿Entonces este libro no es la novela que tienes publicada en este mismo blog?

Sí y no. La novela que tengo publicada en el blog vendría a ser el segundo volumen de la saga “Gemelos”, evidentemente lo que hay publicado es un resumen de esa la segunda entrega de la novela, el libro que publicaré como “Gemelos 2” será mucho más extenso y bastante más diferente a lo que hay en el blog.

¿Has empezado ya a escribir la siguiente novela?

No, ahora mismo estoy centrado en terminar  “El carnicero que amaba su oficio”, el libro de relatos cortos del que os he hablado en alguna otra ocasión y del cual podéis leer en este blog los relatos de “El imbécil”, ” Dama Dulce Chiquilla” y  “Breve paseo por Néfira”

Para terminar os dejo los enlaces ala versiones en formato E-book y en formamto papel de tapa blanda de mis libros.

Versión E-book                                                                                                Versión impresa

Espera

Porta novela

Espera

Contraportada

Herpen femenino

Actualización de estado

Buenos días Personas, hoy una nueva actualización de estado.

Sé que hace la tira que no escribo, he estado bastante ocupado y en muchas cosas, seré breve pues no dispongo de demasiado tiempo.

Tras finalizar el prólogo de la novela “Gemelos” me metí de lleno en el libro de cuentos “El carnicero que amaba su oficio”, cuyo cuento pirncipal que lleva el mismo nombre ya va por las cuarenta páginas.

En otro orden de cosas, gracias a Chemi Baralust las razas del universo de Domhan están teniendo por fin cara y ojos, concretamente dos: los herpen y los yrteda.

 

Aquí los bocetos de los herpen:

 

Herpen femenino

Herpen masculino

Y los bocetos de los yrteda:

Yrteda femenino Yrteda masculino

 

Y por ahora eso es todo, sed buenos, seguiré informando de las novedades.

Mariposas y breve explicación de mi ausencia.

Buenos días Personas hoy os traigo mariposas, ya lo entenderéis más adelante.

Hoy hace exactamente ciento cuatro días que no os cuento nada, no es que haya tirado la toalla, precisamente todo lo contrario: llevo un tiempo dedicado a sacar adelante unas cuantas cosas, entre ellas un curro remunerado, dos guiones hechos un fanzine hecho por diversión y mi novela.

De curro y del fanzine no voy a hablar aquí, de la novela ya voy por las sesenta y dos mil palabras, lo que vienen siendo catorce capítulos de los que calculo que quedan entre cuatro y siete más para acabar la novela. Una vez la finalice empezará la tarea de corrección, en las que el número de páginas podría variar considerablemente, tanto para más como para menos.

Confirmaros que finalmente, tras consultarlo con varios lectores, añadiré un glosario al principio del libro, pues son muchos los conceptos que se cuentan en la novela y sin ese glosario mucha gente estaría perdida y no sabría de que hablo. Es posible que también añada mapas y otras ilustraciones al glosario, ahhhh…, las bondades de la era informática.

Por ahora poco más que deciros, os dejo con un escrito algo visceral, leedlo con precaución.

Sed buenos.

 

Mariposas

Mariposas

Mariposas

Mi vida está llena de mariposas.

La que te atasca en la garganta y no te deja respirar.

La que aletea fuerte dentro de tu corazón y lo acelera.

La que se incrusta en tu cabeza y te hace sentir miedo.

Las dos que se suben a tus tobillos y te hacen correr.

La que se engancha en tu espalda y te agota.

La que te aborda en sueños por las noches y te hace gritar.

Odio las mariposas.

Debe ser que me paso la vida rodeado de capullos.

Que nacen de gusanos a los que yo mismo alimento.

Informe de progresión de mis libros

Buenos días Personas, os traigo un informe.

informe

¿Qué tal estáis? ¿Habéis empezado la primavera con buen pie? Espero que la astenia no os esté dando mucha guerra, os traigo un informe, en esta ocasión, del estado de mis libros.

 

Hoy vengo para deciros como avanza el e-book, el cual ya tiene alrededor de treinta y ocho mil palabras y unas ciento noventa páginas, distribuidas en lo que por ahora son diez capítulos.

Ahora sería cuando yo debería poner el primer capítulo o el inicio del mismo, pues no, nada de avances, al menos por ahora.

Cambiando un poco de tema: el libro de cuentas ya tiene otro más, trata sobre una mujer que vive “encerrada” en una nave espacial, que viaja por el universo buscando planetas habitables, la protagonista sueña algún día con ver un cielo azul, ya que al alzar la vista todo lo que puede ver es el gris metálico del fuselaje de la nave.

 

Y hasta aquí el informe de hoy, sed buenos y sacad a pasear vuestros libros ahora que llega el buen tiempo, a ellos también les gusta ver el cielo azul que hay detrás de vuestros ojos cuando os sentáis a leer tranquilamente al aire libre.

Libro ya disponible en Amazon

Muy buenos días Personas, esta entrada es para hablar de un libro mío ya publicado.

En concreto el libro  del que hablo es: “68 verdades a medias y una mentira completa” ya está disponible, en formato eBook.

Aquí tenéis la foto de la portada y de la contraportada

Portada

Portada

Contraportada

Contraportada

Os recuerdo que dicho libro tiene mi cuento “El Pesadiellu” entre sus cuentos.

Además de conmigo, cuenta con varios autores más que han escrito un total de 68 realtos cortos de índole muy variada, los cuales no están ordenados siguiendo un criterio que los lectores puedan identificar fácilmente, de modo que se encontratarán relatos muy dulces, seguidos por unos muy amargos y cruentos, pasarán del realismo a la ciencia-ficción sin que haya un paso intermedio, de manera que cada cuento será una nueva sopresa.

Nada más por ahora, sed buenos y aprovechar bien el fin de semana.

El imbécil (parte 5 de 5)

Buenos días Personas, aquí sigue “El imbécil”.

¿Qué tal lo leido hasta ahora? Pues ahora viene el final:

 

 

—Es algo más complicado pero sí, puedo sacarlas y esconderlas a voluntad —dijo Fánod.

 

—¿Por qué las tenías sacadas cuando viniste a verme la primera vez? —Pregunté.

 

—Como señal  de respeto —respondió Fánod—, es una manera de indicar que te veo como a un igual, que no deseo herirte, pero que presentarías un peligro para mí si lo quisieras, para mi pueblo, presentarse ante un desconocido exhibiendo las manos es una falta de respeto, porque le indicas que dudas tanto de su fuerza que serías capaz de vencerle sin emplear las garras.

 

—¿Crees realmente que soy un rival de tu nivel? —Pregunté.

 

—No, en absoluto —respondió Fánod—, pero como decís vosotros: “lo cortés no quita lo valiente”.

 

—Ya, pero si alguien se me aparece de repente esgrimiendo una navaja, lo último que voy a pensar es que quiere transmitirme un mensaje de respeto y que pretende entablar una conversación civilizada —respondí.

 

—Por eso abrí la boca, es una señal inequívoca de comunicación. —respondió Fánod.

 

—Sí claro, una boca llena de dientes como cuchillos —respondí.

 

—¿Cómo esperas qué te muestre respeto si no es exhibiendo todas mis armas? —preguntó Fánod—, ¿Hubieras preferido que me mostrase ante ti con una apariencia humana?

 

—Pues si te soy sincero sí, nosotros para señalar que no queremos conflicto lo hacemos presentando las manos vacías, sin miradas o gestos amenazadores —respondí.

 

—¿Y cómo demostráis respeto por la gente? —Preguntó Fánod.

 

—Varía mucho de una cultura a otra, pero normalmente no atacando a la gente o no amenazándola ya se le muestra respeto —respondí—, mira, los antiguos caballeros, cuando se encontraban con otro, levantaban la visera de su casco, para que pudieran reconocerse mutuamente, ese gesto ha llegado hasta nuestro días como el saludo de los militares, sólo que sin casco, seguro que lo has visto alguna vez, ponen la mano derecha plana y se la llevan a la frente.

 

—Sí, lo he visto —respondió Fánod—, ¿Quieres que nos saludemos así? ¿Debo saludar así a otros humanos?

 

—No, debes dar la mano —respondí—,  como has hecho conmigo, ¿Qué te ha hecho hacerlo?

 

—Os he visto hacerlo muchas veces, pensé que era lo adecuado —respondió Fánod.

 

—Pues sí, es lo adecuado, nada que resulte amenazador, tender la mano y hasta sonreír —dije—, esa es la forma respetuosa de presentarse ante alguien.

 

—Procuraré recordarlo —dijo Fánod con una sonrisa en el rostro.

 

—Por curiosidad, ¿Te presentas ante todo el mundo con las garras y los dientes afilados? —Pregunté.

 

—Claro, es nuestra forma de hacerlo, todos los de mi especie lo hacemos así —respondió Fánod.

 

—¿Y nunca os ha dado por pensar que la gente se siente amenazada si hacéis eso? —Pregunté.

 

—Sí, pero ya es la idea, vernos como una amenaza mutua genera respeto —contestó el espectro.

 

—Mira, puede que eso entre espectros os funcione muy bien, pero entre si interactuáis con humanos lo más seguro es que acabamos o huyendo o atacándoos —respondí—, y a juzgar por cómo reaccionaron los seres de esta tienda anoche y hoy, creo que a ellos tampoco los gusta.

—¿Qué quieres decir? —Preguntó Fánod.

 

—Mira a tu alrededor, la tienda está vacía —respondí—, ni siquiera están las putas polillas con sus jodidos portazos, bueno, a esas no las echo de menos.

 

—Comprendo, así que mis costumbres espantan a los demás —dijo Fánod.

 

—Tus costumbres y tu aspecto —maticé—, no son sólo las garras o los dientes, tu tamaño, cicatrices y algo raro que no se describir generan en ti un aura de pánico, es difícil no asustarse de ti.

 

—Ya veo, a partir de ahora reservaré mis garras y mis dientes para los de mi especie —respondió Fánod algo frustrado.

 

—No te ralles tío, es normal, ya lo dice el refrán: “allí dónde fueres, haz lo que vieres”. —dije para que Fánod se sintiera mejor.

 

Justo en ese momento, sonó en mi Casio el pitido que anunciaba la hora, al mirar el reloj comprobé que eran las 23:00, la hora de irme.

 

—Tengo que irme ya, pero podemos seguir con nuestra conversación en mi casa —le dije a Fánod—, si me esperas aquí subo enseguida, que tengo que fichar.

 

Fánod asintió con la cabeza, bajé al sótano, saqué mi cartera del bolsillo, la acerqué a la maquina, dos pitidos y LED verde, ya podía irme.

 

—Tu amigo está fuera —dijo Fánod.

 

—¿Pablo? ¿Qué hace aquí? —Pregunté retóricamente.

 

—Supongo que ha venido a convencerte de que vayas con él a su casa —respondió Fánod.

 

—Joder que pesado, supongo que no tengo más remedio que hacerle caso —respondí.

 

—¿Podré ir con vosotros? —Preguntó Fánod.

 

—No lo sé, no es mi casa —respondí—, pero creo que si Pablo te ve lo más seguro que hará sea atacarte.

 

Antes de que nos diéramos cuenta Pablo estaba atravesando las rejas, que mis compañeros siempre echaban al salir, y se dirigía hacia nosotros.

 

—Buenas noches “Allu” —dijo Pablo cuándo estuvo enfrente de mí—, he venido a buscarte, pensé que si dábamos una vuelta en coche y charlábamos te convencería de venirte a casa.

 

—Sí, de eso quería hablarte, verás…

 

—Hay alguien más aquí —dijo Pablo interrumpiéndome—, algo peligroso…¡Es el espectro!¡Corre, ponte a salvo en mi coche, lo entretendré!

 

—Pablo no lo entiendes…

 

—¡El que no lo entiendes eres tú! —Dijo Pablo interrumpiéndome de nuevo y chillando aún más fuerte—. ¡Súbete al coche y espérame allí!

 

—¡Pablo haz el puto favor de escucharme! —dije gritando yo también.

 

—¡No me obligues a controlarte la mente! —Chilló Pablo—, ¡Vete ya!

 

Pablo me cogió por los hombros y me empujó hacia la salida, haciéndome atravesar las verjas, entonces volvió a meterse dentro, volví a entrar rápidamente, Pablo daba vueltas por la tienda, parecía estar buscando algo, al verme dentro se dirigió apresuradamente hacía mí, cuando estuvo delante me dio una colleja.

 

—¿¡Que cojones haces!? —Pregunté enfadado y confundido.

 

—¡Te he dicho que esperes fuera y es lo que vas a hacer! —Gritó Pablo muy enfadado—, ¡Obedece!

 

Al gritar la orden noté como Pablo intentaba meterse en mi cabeza, dónde intentaba implantar un mensaje “debo esperar fuera”, instintivamente le di un puñetazo en la nariz, Pablo cayó al suelo, dónde aterrizó de espaldas, rápidamente se incorporó pero se quedó sentado, primero me miró a mí, con expresión de incredulidad, luego se llevo una mano a la nariz y luego miró la sangre que había en ella, volvió su mirada hacía mi.

 

—Lo siento —me disculpé—, no quería darte tan fuerte.

 

Pablo no contestó, se limitó a buscar un pañuelo en el bolsillo de su pantalón y se lo llevó a la nariz, donde lo apretó ligeramente.

 

—Obedece —dijo Pablo calmadamente mirándome fijamente a los ojos.

 

Volví a notar como quería entrar en mi mente, esta vez con más fuerza, tampoco lo logro.

 

—Obedece —repitió Pablo, pero sin lograr nada.

 

Sus ojos reflejaban ira, su pañuelo, todo teñido de rojo, había empezado a gotear sangre, manchando también su camisa de rojo.

 

—Maldita sea, ¿Por qué no obedeces? —Preguntó Pablo frustrado—, ¿Tan fuerte te has vuelto? ¿O es que no me atrevo a doblegar tu voluntad?

 

—No lo sé, ¿Cuál de las dos respuestas te haría menos daño? —Respondí.

 

—La te haga subir al coche —respondió Pablo—, ¿Tanto te cuesta ver que quiero salvarte? Un espectro ronda por aquí y estamos perdiendo el tiempo discutiendo entre nosotros.

 

—¿Tanto te cuesta ver que no necesito ser salvado? —Pregunté—, sí, hay un espectro, pero no es una amenaza, llevo un buen rato hablando con él.

 

Pablo puso unos ojos como platos, no daba crédito a lo que acababa de oír, noté como hacía ademán de decir algo, pero su mente estaba muy confusa, demasiado como para dejar salir algo coherente por su boca, Fánod debió percibir esa duda y decidió que podría aprovecharla.

 

—Buenas noches, mi nombre es Crorebfánodia —dijo Fánod apareciéndose delante de Pablo y tendiéndole la mano—, pero supongo que tú también puedes llamarme Fánod.

 

Pablo miró al espectro, luego me miró a mí, a través de la translucida piel de Fánod, luego miró la mano que este le tendía, luego su mirada se perdió, justo antes de desmayarse. Rápidamente corrí hacía él para levantarse la cabeza, quería evitar que la sangre fuera hacía atrás, al tocarle y sin saber cómo activé unos poderes que ni sabía que tenía, poderes que debían venir de mi padre y que curaron la nariz de Pablo, la cual recuperó su forma y color habitual, además de que cesó su sangrado, poco después Pablo recobró el conocimiento.

 

—¿Dónde estoy? —Preguntó Pablo algo confuso.

 

—Estás en la tienda —respondí—, ¿Te acuerdas de por qué has venido aquí?

 

—Sí, y también me acuerdo del puñetazo —respondió Pablo enfadado—, y del espectro también, tienes mucho que explicarme.

 

—Lo haré, en el coche y en tu casa —respondí—, pero con una condición.

 

—Que el puto espectro también viene —respondió Pablo—, puede que no sea capaz de hacerte obedecer, pero tus pensamientos si puedo leerlos.

 

—No lo llames “puto espectro”, llámalo Fánod —dije—, puede que no lo parezca pero tiene sentimientos.

 

—Bueno, está bien, Fánod —respondió Pablo—, ¿Y Fánod come mucho? Porque Marc sólo ha hecho cena para tres…

 

—No me seas quisquilloso con eso —dije—, estoy seguro que nos apañaremos.

 

—Vale, pero se lo explicas tú —respondió Pablo levantándose—, deberíamos empezar a irnos, se hace tarde, Marc nos va a matar.

 

—No pienso ir a un lugar en dónde se nos va a dar muerte a todos —dijo Fánod.

 

—No, a ver, es una forma de hablar —dije para tranquilizar a Fánod—, significa que nos va a caer una buena bronca si le hacemos esperar mucho.

 

—¿Por qué? —Preguntó Fánod.

 

—Porque es descortés e irrespetuoso hacer esperar mucho a alguien que te ha preparado la cena, ¿Comprendes? —respondí.

 

—Oh, claro, sí, sería insultar a su hospitalidad —dijo Fánod—, en ese caso debemos irnos ya, no sea que nos, como decís vosotros, “mate”.

 

Ellos se me adelantaron y salieron de la tienda, yo me entretuve apagando todas las luces y echando un último vistazo a todo antes de marcharme, por algún motivo tenía la sensación de que tardaría mucho en volver a aquella tienda y me sorprendió muchísimo que pudiera pensar que acabaría echándola de menos. Desde dentro pude escuchar la conversación que Pablo y Fánod mantuvieron.

 

—Antes de que subas al coche Fánod, ¿Crees que podrías adoptar una apariencia humana? —Le preguntó Pablo.

 

—Podría —respondió Fánod—, pero sólo si me dices por qué.

 

—Pues porque llevar un espectro en el asiento trasero en una ciudad dónde viven algo más de 4 millones de personas no entra en la definición de “discreción” —respondió Pablo —,  además yo me sentiría más cómodo si tengo a mis espaldas una figura que me resulte menos intimidante.

 

—Bien, vale, de acuerdo, seré un humano —dijo Fánod mientras su piel se tornaba de color crema tostado, su tamaño disminuía y le crecían piernas, también creyó conveniente crear la ilusión de que estaba vestido y calzado.

 

—¿Podemos marcharnos ya?  —Preguntó Fánod con una voz una octava más alta de la habitual.

 

—En cuanto salga Daniel de la tienda —respondió Pablo.

 

Salí de la tienda  y me subí al coche, en el lado del copiloto, atrás iba Fánod y conduciendo Pablo, el cual parecía no estar muy cómodo con la idea de que un espectro estuviese detrás de él, aunque a todos los efectos pareciese humano. Durante el trayecto estuvimos hablando un poco de todo Pablo y yo, Fánod no intervenía mucho en nuestra conversación, tampoco es que tuviera mucho que decir u opinar sobre temas que estoy seguro que desconocía.

 

—¿Y qué pasó luego abuelo— Preguntó mi nieto Andrés.

 

—Sí, cuéntanos la historia de cómo os casasteis tú y la abuelita rosa— dijo mi nieta Claudia.

 

—No, cuéntanos mejor la gran batalla que hubo entre las personas negadas, cuéntanos cómo tú y los monstruos destruisteis tanques a puñetazos —dijo mi nieto Bruno

 

—Me temo que eso tendrá que ser otro día —dijo Rosa—, es tarde y os tenéis que ir todos a la cama.

 

—Jooooooo… —respondieron mis tres nietos al unísono.

 

—Va yayo, cuéntanos otro cuento —imploró mi nieto Andrés.

 

—No, por hoy es suficiente —respondí—,  dar las buenas noches y marcharos a la cama ya.

 

—Buenas noches yayo y yaya —dijo mi nieta Claudia.

 

—Que durmáis bien —dijo mi nietoa Bruno.

 

—Mañana espero mi cuento —dijo Andrés irreverente.

 

Entonces los tres subieron a paso decidido las escaleras que llevaban a una de las habitaciones de invitados, dónde tres camas les esperaban. Sentado en mi butaca observé la silueta de una ciudad, que muy probablemente hoy no existiría si hace cincuenta años no nos hubiéramos alzado y hubiéramos reclamado lo que por derecho nos pertenecía, a nosotros, a lo que antaño llamé” monstruos” y hoy tengo el placer de llamar amigos, y a los seres mundanos, que quisieron hacer de este un mundo mejor, para todo aquel que tuviera la fortuna de haber nacido en él.

El imbécil (parte 4 de 5)

Buenos días Personas., una nueva entrada de “el imbécil”.

 

¿Os gustó la parte del lunes? Pues ahora viene la penúltima:

 

—Estás poniendo demasiada cola —dijo una extraña voz tras el mostrador en el que estaba.

 

Alcé la vista y vi al espectro de la noche anterior, aunque había algo diferente en él en aquel primer momento no supe que fue, pues no me paré a observarlo.

 

—¿Has venido a matarme? —Pregunté con tanta tranquilidad que hasta a mi me sorprendió.

 

—No —respondió el espectro—, ¿Y tú? ¿Vas a matarme a mí?

 

—Eso depende —respondí— ¿Alguna vez mataste a seis personas y dejaste a una malherida?

 

—No, yo sólo lucho contra los de mi especie y por honor, nunca he matado a nadie —respondió el espectro.

 

Los dos nos quedamos en silencio, sin mirarnos. Él se había dado la vuelta y yo devolví mi atención al sonajero de cuentas de madera que estaba montando. Ahora el espectro no me daba miedo, bien mirado parecía más humano de lo que me hubiera imaginado a simple vista.

 

—¡Mierda! —Exclamé al darme cuenta que me había dejado una cuenta sin poner en el sonajero.

 

El espectro se giró, vio el sonajero y la cuenta separada, tomó ambos, uno en cada mano, volvía la cuenta inmaterial y la situó en la posición que le tocaría, después la volvió material, acabando el sonajero.

 

—Toma, debes tener más cuidado —me dijo dándome el sonajero.

 

—Gracias, estas cosas no se me dan nada bien —le dije.

 

—Lo sé —me respondió— te he estado observando desde que entraste, llevo tiempo queriendo hablar contigo.

 

—¿Conmigo? ¿Sobre qué? —Pregunté intrigado.

 

—He visto que prefieres expulsar a los seres de aquí en lugar de matarlos y sólo lo haces cuando se pasan de la ralla —dijo el espectro—, llevo mucho tiempo esperando alguien como tú para poder tener una conversación.

 

—¿A qué te refieres con “como yo” —pregunté.

 

—Los humanos que tenéis habilidades especiales atacáis a todo lo que no es humano nada más verlo —dijo el ser—, sin provocación alguna, sin deciros nada, es vernos y os lanzáis encima de nosotros, todas estas cicatrices me las han hecho personas.

 

Había un gran pesar en las palabras del espectro, más que resentimiento era lástima, no me costó mucho entender por qué.

 

—¿Hay más como tú? —Pregunté—, que solo quiera hablar, me refiero.

 

—Casi todos —respondió el espectro—, los que tenemos consciencia preferimos evitar el conflicto, en cuanto al resto, bueno, ni los más salvajes matan sin motivo.

 

—Pero nosotros sí —respondí—, es lo que nos enseñan, es lo que aprendemos, sin cuestionarlo, nos meten en la cabeza que todos sois amenazas y que debemos librarnos de ellas.

 

—Conozco la labor del Ministerio —dijo el ser—, muchos nos alegramos cuando supimos que había cerrado, fue cuando empezamos a tener paz de nuevo.

 

—Sí, supongo que para vosotros debió de ser un alivio —respondí.

 

—Lo fue —dijo el espectro—, muchos de los nuestros han venido a vivir aquí desde entonces.

 

—Eso explica porque de repente tenía la sensación de que había más criaturas de lo normal —dije.

 

—¿Supone eso un problema? —Preguntó el espectro.

 

—No, para nada —respondí—, era sencillamente una observación.

 

—Bien, porque nosotros llevamos mucho más tiempo aquí que vosotros —dijo el espectro.

 

—¿Quieres decir que tú ya existías antes de que los humanos poblásemos el planeta? —Pregunté.

 

—Sí y no —respondió el espectro—, yo apenas tengo trescientos años, pero mi raza y otras muchas, adquirieron conciencia y raciocinio cuando vuestra especie era sólo una diminuta rata que huía de los dinosaurios.

 

—¿Una rata? —Pregunté— Creía que veníamos de los monos.

 

—Antes de ser monos fuisteis ratas —dijo el espectro—, y antes que ratas fuisteis gusanos.

 

—¿Gusanos? —Pregunté algo asombrado.

 

—Sí, un gusano marino, primero ciego, y luego a través de generaciones, capaz de ver —respondió el espectro.

 

—¿Cómo sabes todo eso? —Pregunté aún más asombrado.

—Os hemos observado desde hace mucho, viendo lo que podríais ser, lo que hubieseis poder sido y lo que seréis —respondió el espectro.

 

—¿Te refieres a los humanos? —Pregunté.

 

—No, no solo a los humanos, a todas las criaturas que llegaron después de nosotros —respondió el espectro—, aquellas que generó el planeta.

 

—¿Pretendes decirme que no sois de este planeta? —Pregunté.

 

—Técnicamente no —respondió el espectro—, aunque la verdad es que somos de este planeta, pero pertenecemos a un plano de existencia superior.

 

—¿Un plano de existencia superior? —Pregunté sin saber a qué se refería el espectro.

 

—Las distintas realidades están divididas por niveles, cada universo está ubicado en un nivel concreto, este no es una excepción —dijo el ser—, hay universos situados a los lados, arriba y abajo de cada uno de ellos.

 

—Uooooo, frena tío —respondí—, no he entendido una mierda de lo que has dicho.

 

El espectro soltó un respiro, supuse que de resignación, antes de continuar.

 

—Imagina un árbol de navidad —comenzó el espectro con su explicación—, ahora imagina que cada una de los adornos que cuelgan de él contienen todo un universo.

 

—Ajá, sí, un árbol de navidad, lo veo —respondí.

 

—Pues como sabes en el árbol los adornos están puestos de manera que algunos quedan arriba, otros abajo, otros a los lados, algunos cerca y otros lejos —continuó el espectro—, incluso hay algunos que están en, digamos, las antípodas, porque no olvides que el árbol es un objeto de tres dimensiones.

 

—Entiendo, eso ya tiene más sentido para mí —respondí—, ¿Y tu bola del árbol está muy lejos de esta?

 

—No, está justo encima —respondió el espectro—, de hecho forma parte de la misma, los “adornos” como tú los llamas, tienen tres partes: el elemento central  y más grande, que es dónde estamos ahora y dos elementos más, de tamaño más pequeño, situados en la parte superior y la inferior del elemento central, yo vengo del primero.

 

—Vistos desde fuera tienen que tener una forma un poco extraña —respondí.

 

—En realidad tienen forma de esfera —respondió el espectro—, sólo que no ha divisiones reales, la parte de los polos formarían dos lugares distintos de la realidad, el resto de la esfera es dónde vivís vosotros, es vuestro universo.

 

—Defíneme universo —le dije al espectro.

—Pues todo lo que vosotros llamáis espacio —respondió el ser—, con sus planetas, estrellas, galaxias y todo eso.

 

—¿Tu parte de la esfera es igual? —Pregunté—, quiero decir: hay un espacio, planetas y esas cosas.

 

—Es exactamente igual —respondió el ser—, de hecho todas las realidades son así: todas están compuestas por un gran universo y dos universos más pequeños en los extremos.

 

—Comprendo —respondí.

 

—¿No me vas a preguntar si tienen alguna utilidad esos dos universos de los extremos o si en todas las realidades están así por algo? —preguntó el espectro.

 

—Oh perdona, no pensé que eso tuviera una razón para ser así, ni siquiera una utilidad —respondí.

 

—Pues la tiene y una muy útil —respondió el espectro—, permite que se puede viajar entre universos, a través de los extremos se puede ir a distintas realidades, funciona como pasillos que conectan las diferentes habitaciones de una casa.

 

—¿Tú has viajado a otros universos? —Le pregunté al espectro.

 

—No, yo no —respondió el espectro—, pero mi familia cuenta la historia de un joven, que llegó alrededor del año setecientos antes de Cristo, a la ciudad de Atenas y que estuvo viviendo allí muchos años.

 

—¿Qué tenía de especial esa persona? —Pregunté.

 

—Decían de él que no envejecía nunca, que tenía habilidades sobrenaturales que nadie poseía —respondió el espectro—, y lo más raro de todo, decían que de vez en cuando, sacaba unas alas de un color añil intenso y que si le daba una de las plumas a una persona esta resucitaba de la muerte una vez, y luego la pluma desaparecía.

 

—Sorprendente —respondí—, ahora que lo dices me suena haber oído esa leyenda,  aquel hombre hablaba de dioses, como los de la antigua Grecia, pero con otros nombres y funciones.

 

—Así es —respondió el espectro—, aunque pocas, aquí aun quedan religiones politeístas, incluso algunas monoteístas que creen en vírgenes, santos y ángeles.

 

—Y demonios —respondí—, la gente también cree que existen demonios, de hecho alguien diría que tengo uno delante ahora mismo.

 

—Yo no me considero un demonio —respondió el espectro—, si acaso un ángel.

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté.

 

—La cultura popular asume que los seres que vienen del universo superior son los “ángeles” y los que vienen del inferior son los “demonios” —respondió el espectro— y yo vengo de arriba.

 

—Ya tío, ¿Pero por qué cojones me cuentas a mi todo esto? —Pregunté.

 

—Porque llevo mucho tiempo sin hablar con nadie —respondió el espectro—, todos huís cuando estoy cerca.

 

—Es que das un miedo acojonante joder —respondí con brutal sinceridad.

 

—Yo no tengo la culpa de tener este aspecto —respondió el espectro—, ni tampoco de que la mayoría de mis congéneres sean unos salvajes sedientos de sangre.

 

—No, supongo que no —respondí—, pero eso no responde del todo a mi pregunta, ¿Por qué te has acercado a mí para hablarme?

 

—Porque me he enterado de lo planeáis hacer un gran grupo de personas como tú —respondió el espectro—, y queremos formar parte, queremos dejar de ser perseguidos y atados por vosotros.

 

—¿Cómo cojones te has enterado de eso? —Pregunté alucinado.

 

—Ayer te seguí hasta tu casa, y esta mañana estaba presente en la conversación mental que habéis mantenido tu amigo y tú —respondió el espectro.

 

Me tomé un tiempo para pensar en todo lo que había dicho el espectro, aquel malnacido me había seguido hasta casa, había burlado mis protecciones, me había mirado mientras dormía, y seguramente también mientras me duchaba, luego me había seguido y se había metido en mi cabeza, y todo sin que Pablo ni yo nos diéramos cuenta.

 

—Eres un hijo de puta —le espeté al espectro—, eres un jodido acosador, ¿Me has visto en pelotas?

 

—¿Acaso crees que tengo interés en verte desnudo? —Respondió el espectro—, sí,  te seguí hasta tu casa, pero me quedé fuera, ¿Tengo modales sabes? Además, tienes una protecciones muy buen puestas, si hubiera entrado lo hubieras sabido.

 

Saber que no pudo entrar en casa me tranquilizo, mucho, si algo como él no podía entrar significada que pocas cosas podrían hacerlo, al menos tenía un lugar seguro en el mundo.

 

—Vale, bien, no has estado en mi casa, pero sigue siendo de mala educación escuchar las conversaciones ajenas —le dije al espectro—, por no decir del hecho de meterse en sus cabezas.

 

—Respecto a eso debo decir que no me costó demasiado —respondió el espectro—, a decir verdad no me costó nada, tu amigo estaba transmitiendo sus pensamientos tan fuerte que en algunos momentos llegué a dudar de que no estuviera hablando en lugar de comunicándose mentalmente contigo.

 

—¿Tan alto lo oías? —Pregunté.

 

El espectro asintió con la cabeza.

 

—Toda la calle os habría oído si hubiese tenido la capacidad —respondió el espectro—, es más, creo que tu amigo pretendía ser escuchado, porque estoy seguro de que siendo telépata sabe crear canales de comunicación seguros y privados.

 

—¿Y por qué haría eso Pablo? —Pregunté más para mi mismo que para el espectro.

 

—Tal vez quería ponerte a prueba, tal vez estaba interesado en que alguien más os oyera —respondió el espectro.

 

—O tal vez se ha vuelto un descuidado, o un inconsciente, o ambas con la edad —dije.

 

—La cuestión es que yo no os espié —respondió el espectro.

 

—¿Crees que Pablo pudo notar tu presencia? —Pregunté—, tal vez supiera que estabas allí y quiso hacerte partícipe de nuestra conversación, tal vez por eso me invitó a ir a su casa, porque se pensaba que estaba en peligro, tal vez por eso me habló de aquel jodido espectro que les atacó a él y a mis padres hace diez años.

 

—Es posible que tu amigo notase mi presencia, al ser telépata pudo sentir mi mente —respondió el espectro—,  pero es imposible que supiera dónde estaba o quién era, así que me decanto por pensar que creyó que era uno de vosotros que estaba por los alrededores y quiso hacerme participe de vuestra conversación.

 

—¿A cuánta distancia dirías que estaba transmitiendo Pablo sus pensamientos? —Pregunté.

 

—Pues yo diría que podría estar cubriendo todo el barrio—respondió el espectro—, puede que algo más.

 

—¿Crees que había más personas como nosotros en la cafetería esta mañana? —Pregunté.

 

—Diría que unos cuantos —respondió el espectro—, ¿Por qué lo preguntas?

 

—Tengo la corazonada de que Pablo quedó con más gente esta mañana —respondí—, estuvo un rato hablando conmigo, hasta que llegaron todas las personas con las que había quedado, entonces empezó a contarles el plan que se traen entre manos, por eso no le alertó que hubiera gente escuchando sus pensamientos, ya se lo esperaba, debió creer que tú eras uno más.

 

—Eso lo explicaría todo —respondió el espectro.

 

—A la perfección —dije—, Pablo es un hombre jodidamente ocupado, hacer eso le ahorraría mucho tiempo, además haría que también se enterase gente que no conoce y a la que sería difícil reclutar de otra forma, y supongo que me invitó a su casa para darme más detalles en privado.

 

—O para tenerte cerca —respondió el espectro—, cuando uno monta una revolución suele querer tener agrupadas a sus personas de confianza, ya sabes, para compartir los planes y demás.

 

—Sí, Pablo me estaba reclutando y yo no me he dado ni cuenta —respondí.

 

—Bueno, no suele pasar muy a menudo que quedes a tomar un café con alguien y acabes formando parte de un golpe de estado —respondió el espectro.

 

—No, apenas me ha pasado dos o tres veces en mi vida —bromee.

 

—Igual que a mí —respondió el espectro entre carcajadas.

 

—Oye, ¿Tienes nombre? —Pregunté tras una breve pausa—, llevamos un rato hablando y aún no se cómo debo dirigirme a ti.

 

—Me llamo Crorebfánodia —respondió el espectro—, pero antes de que te rompas la lengua intentando pronunciarlo me puedes llamar Fánod.

 

—Fanod, mucho mejor gracias —contesté—, Yo soy Daniel, pero me puedes llamar “Allu”.

 

—Encantado “Allu” —dijo es espectro tendiéndome la mano, una mano que parecía de lo más humana, sin aquellos dedos-garras tan amenazadores que vi la última vez.

 

—¿Dónde te has dejado las zarpas? —Pregunté al mismo tiempo que le estrechaba la mano.

 

Fánod  puso su mano derecha  en perpendicular a su cuerpo, entonces sus dedos empezaron a crecer, ensancharse y a palidecer, hasta transformarse en las garras que vi en nuestro primer encuentro, luego en un proceso inverso volvieron a ser dedos.

El imbécil (parte 3 de 5)

Buenos días Personas, otra entrada más sobre “el imbécil”.

¿Qué tal va la lectura del relato? ¿Os gustó la perte del sábado? Pues aquí tenéis la continuación:

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté con un hilo de voz y la esperanza de que hubiera oído mal o de que “pareja” se refiriera a otra cosa.

 

—Los tres estábamos enamorados entre nosotros —dijo Pablo después de soltar un corto suspiro—, vivíamos juntos y hacíamos cosas de pareja los tres, nunca lo ocultamos.

 

—¿Cómo surgió eso? —Pregunté sin estar seguro de querer saber la respuesta.

 

—Verás, cuando nosotros entramos en el Ministerio todo aquello era muy diferente, el Ministerio era una entidad muy antigua y como tal tenía algunas formas de proceder también muy antiguas, los exámenes de admisión eran una de ellas, muy duros a mi parecer. —dijo Pablo.

 

—¿Cómo de duros? —Pregunté para hacerle patente que seguía escuchándolo.

 

—Te ponían en grupos de cinco y te mandaban lejos a sobrevivir en condiciones extremas durante dos meses —respondió Pablo—, si sobrevivías te entrenaban si te rendías, bueno, te relegaban a trabajo administrativo o si eras bueno en curación te mandaban a la unidad médica.

 

—Suena muy duro, ¿No te dejaban volver a intentarlo? —Pregunté.

 

—No, te tocaba joderte y desperdiciar tu talento —respondió Pablo—, ¿Sabes cuánta gente con mucho potencial para el combate no sabría sobrevivir ni dos días? Aquellas pruebas sólo servían para ver lo duro de matar que eras y lo que estabas dispuesto a hacer para sobrevivir, no servían de una mierda, dos años después de que las hiciéramos nosotros las cambiaron al modelo que tu conoces.

 

—Primero te enseñan y luego te ponen a prueba, si fallas puedes volver a intentarlo —le respondí a Pablo.

 

—Exacto, un modelo mucho más efectivo, se miden muchas más capacidades y no te tira a la basura por tener un mal día —dijo Pablo—, la cuestión es que allí estábamos nosotros tres, no sé en qué desierto, nuestros otros dos compañeros se habían negado a venir, ellos ya querían un trabajo de meatinteros, así que ni lo intentaron.

 

—Ya claro, si el premio de consolación ya les venía al pelo para qué esforzarse —intervine.

 

—El caso es que, no sé si has estado nunca en un desierto, pero todo el calor que hace de día se vuelve en frío de noche, temperaturas bajo cero, no teníamos ni tienda de campaña, ni provisiones, ni agua, ni herramientas —continuó Pablo—, tu madre hizo fuego y lo mantuvo, tu padre se arrancó un dedo y nos dijo que nos lo comiéramos…

 

—¡¿Cómo?! —Pregunté sorprendido y sin ponérmelo creer—, ¡¿En serio hizo eso?!

 

—Sí, un chaval que no conocíamos de nada, se arrancó un dedo y nos lo ofreció, llevábamos todo el día sin comer, antes de que nos diéramos cuenta le había vuelvo a crecer otro dedo, se arrancó uno más y también nos lo ofreció —siguió Pablo con la historia.

 

—¿Y os lo comisteis? —Pregunté lleno de curiosidad.

 

—¿Tú te comerías el dedo de alguien que puede regenerar sus miembros?  —Preguntó Pablo.

 

—No, supongo que no —respondí.

 

—Pues nosotros tampoco, aquella noche no —dijo Pablo—, a la mañana siguiente utilizamos el fuego que creó tu madre para cocinar los dedos de tu padre, así nos asegurábamos de no se iba a regenerar dentro de nuestro estómago.

 

—¿Mi padre no comió nada? —Pregunté.

 

—Tu padre era inmune al hambre, a la sed y a las heridas —contestó Pablo—, podría haber aguantado años antes de necesitar comer realmente.

 

—¿Y cómo murió entonces? —Pregunté.

 

—Aquel espectro anuló sus poderes —dijo Pablo con un deje de tristeza en la voz—, cada herida que provocaba en tu padre se quedaba allí, aquello nos desconcertó a todos, para tu padre el golpe fue doble, nunca había sangrado, nunca había sentido verdadero dolor.

 

—Debió de ser  un combate muy duro —respondí.

 

—Lo fue, pero ha pasado mucho tiempo desde entonces —respondió Pablo—, tus padres y yo hemos estado muy unidos desde que nos conocimos en el examen de ingreso en el ministerio.

 

—¿Y qué pasó entonces? —Pregunté con verdadera curiosidad

 

—Que tu madre se quedó embarazada de ti y yo no soy la clase de personas que le gustan los niños, así que me hice a un lado, tus padres se casaron, para alegría de todos y dejamos nuestra relación en amistad —Contestó Pablo.

 

—¿Pero tú te volviste a casar no? —Pregunté al recordar vagamente ese hecho y ver un anillo en su dedo.

 

—Oh sí —contestó Pablo levantando su mano izquierda y girándola al mismo tiempo que miraba su anillo—, Marc se convirtió en mi marido en 2005, es una persona normal, no es como nosotros.

 

—Así que estás casado con un hombre, nunca me lo habías dicho —respondí.

 

—Tampoco me lo has preguntado —dijo Pablo—, la única gran mujer que he amado nunca ha sido tu madre y desde que conocí a Marc él ha sido el gran hombre de mi vida.

 

—Dime una cosa —dije dando un sorbo a mi café—, ¿Hay alguna posibilidad de que seas mi padre?

 

—Ninguna —respondió Pablo—, cuándo tú naciste los test de paternidad ya estaban inventados, además, tienes los ojos azules, algo que no podrías tener si fueras mi hijo, genes dominantes y esas cosas.

 

—De modo que yo jodí vuestra relación  —dije—, debes de estar ligeramente cabreado conmigo.

 

—Para nada —contestó Pablo—, tú sencillamente llegaste de repente, si hubiéramos querido seguir juntos lo hubiéramos hecho, tu nacimiento solo aceleró una decisión que ya estaba en la mente de todos.

 

—Comprendo —respondí.

 

Luego hubo un silencio que aunque no era incómodo no dejaba de ser inoportuno.

 

—Anoche vi a un espectro —dije rompiendo el silencio.

 

—¿De qué tipo? —Preguntó Pablo.

 

—De los azules y sin trasparencias —respondí.

 

Pablo se quedó mirándome boquiabierto.

 

—Capullo, no hagas esas bromas —dijo Pablo dándome un considerable puñetazo en el brazo—, por poco me lo trago.

 

—Es verdad —respondí frotándome con la mano el lugar dónde me había golpeado—, estaba en el sótano de la tienda dónde trabajo.

 

—Mira, toda broma tiene un límite —dijo Pablo con tono severo—, es imposible que hayas visto uno azul.

 

—Pero si es cierto, ¿Por qué dices que es imposible?

 

—Es peor espectro de que se ha tenido constancia ha sido uno rojo,  bastante translucido, sólo tenía las garras tangibles, unas garras rosa chicle, las mismas garras que mataron a tus padres y a cuatro personas más —respondió Pablo—, esas garras de color ridículo y de aspecto inofensivo mataron a seis personas y me hirieron de gravedad a mí.

 

—Léeme la mente si no me crees —respondí alzando la voz.

 

Pablo me miró unos instantes, parecía que quería reprochar, pero debió de notar que estaba demasiado convencido de lo que decía, luego me miró más fijamente, noté como quería mirar mis recuerdos y le dejé hacerlo. De repente su boca se desencajó y su rostro palideció de golpe, abrió los ojos como platos y su pupila se tornó tan fina como la punta de un alfiler, no cabía duda: estaba viendo al mismo espectro que yo vi anoche y al igual que yo recibió el terror que emanaba aquel ser.

 

—¡Cielo santo! —exclamó Pablo casi sin aliento—, ¡Era cierto! ¡Has visto un espectro azul de verdad! ¡Y qué pedazo de garras! ¡Es un milagro que sigas vivo!

 

—Lo sé, a mi también se me pusieron los cojones de corbata —respondí.

 

—¡Camarero! —Exclamó Pablo llamando al chico que limpiaba la mesa de nuestro lado—, tráigame la mejor botella de whisky que tengan y dos vasos, por favor.

 

—Señor son las ocho de la mañana —respondió el camarero mirando el reloj de su muñeca—, ¿No cree que es un poco pronto para empezar a beber?

 

Pablo miró fijamente a los ojos del camarero y noté como manipulaba su mente, el camarero se giró y entro al bar, al momento el camarero volvió con la botella y los dos vasos, lo dejó todo en nuestra mesa sin decir nada y luego volvió a la tarea de limpiar la mesa.

 

—No deberías hacerle eso a la gente —le espeté a Pablo—, luego os extraña que nos tengan miedo.

 

—Él no debería cuestionar los pedidos de sus clientes —respondió Pablo bebiéndose de un trago el vaso de whisky y volviéndoselo a llenar hasta arriba—, además me hacía mucha falta, por poco me cago encima cuando he visto al espectro en tu recuerdo.

 

—Dímelo a mí —respondí—, en cuánto fiche salí de allí mediante teletransporte.

 

—Quizás no debiste hacerlo —advirtió Pablo.

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté.

 

—No sabemos gran cosa de los espectros  —respondió Pablo—, si te teletransportaste a casa es probable que es espectro pueda seguir tu rastro y atacarte allí mientras duermes, debiste saltar a varios sitios antes de ir a tu casa.

 

—No lo pensé, tuve miedo y lo hice casi por instinto —respondí.

 

—Tal vez deberías quedarte a dormir en mi casa, sólo hasta que comprobemos si tu casa es un lugar seguro —dijo Pablo.

 

—¿Y no os molestaré a ti y a Marc? —Pregunté—,No quisiera importunaros.

 

—No molestarás —respondió Pablo— nuestra casa tiene varias plantas, cada una de ellas tiene dormitorios, baños y cocina, están pensados para ser independientes, ni siquiera notaremos que estás allí.

 

—Vaya, sí que vives bien, debe de haberos costado un riñón —respondí.

 

—No creas —respondió Pablo—, el ministerio sabía cuidar muy bien a sus miembros, en especial aquellos que ostentábamos un gran cargo.

 

—¿No te afectó su disolución? —Pregunté.

 

—No, no negativamente —respondió Pablo—, me mantuvieron el sueldo y además me dieron una indemnización por despedirme.

 

—Joder y yo vivo en un zulo carísimo y tengo que trabajar rodeado de mierdas sobrenaturales que cuándo no intentan joderme lo que quieren es matarme —respondí asqueado.

 

—Justo de eso quería hablarte —dijo Pablo.

 

—¿De mi vida de mierda? —Pregunté con sarcasmo.

—Más o menos —contestó Pablo entre risas—, pero en voz alta no, mentalmente.

 

—De acuerdo —respondí.

 

—”Un grupo de antiguos miembros estamos reuniendo gente del ministerio” —dijo Pablo en mi mente—, “pretendemos dar un golpe de estado”.

 

—”Eso suena muy jodido, ¿Y las represalias?” —respondí mentalmente.

 

—”¿Qué nos van a hacer? La gente corriente no puede con nosotros, ni con un ejército, ni armas, ni tanques” —respondió Pablo en mi cabeza.

 

—”¿Y el resto de Europa” —Pensé—, “Ya cerraron el ministerio, ¿Te crees que se quedaría sin hacer nada”.

 

—”La situación de los nuestros en el resto del mundo no es mucho mejor que aquí” —dijo la voz de Pablo en mis pensamientos—, “he hablado con varias personas y están dispuestas a organizar golpes de estado simultáneos, tomaremos el control de los gobiernos a la vez”.

 

—”¿Y después?” —Pensé—, “¿Qué pasará cuando tengamos al mundo sometido?”

 

—”Trabajaremos por un futuro mejor para todos, seres capaces y seres corriente, un futuro sin miedo, sin rencor y sin recelos, dónde nadie tenga que esconderse o ser ciudadano de segunda” —dijo Pablo mientras saboreaba su tercer vaso de whiskey.

 

—”Eso suena muy bonito, pero también utópico” —respondí en mi cabeza—, “¿Cómo piensas llevarlo a cabo? ¿Vas a controlar las mentes de todas las personas para que nos acepten”

 

—”No, vamos a tomar el poder, vamos a defendernos y cuando pierdan, porque perderán, vamos a tenderles una ofrenda de paz, con unas condiciones concretas” —sonó Pablo en mi cabeza—, “esas condiciones asegurarán un futuro para todos, en ese momento empezaremos a hacer desde cero las cosas, junto a ellos, en lugar de aceptar un sistema que nos oculta cuando no nos quiere y nos llama cuando nos necesita”

 

—”Cuenta conmigo” —respondí mentalmente—, “pero quiero que se derrame la menor sangre posible, quiero que se les ofrezca una rendición pacífica, se busque a aquellos que se rindan y se les proteja, que no se les obligue a tomar parte en una lucha de la que no quieren saber nada”.

 

—”Esa era nuestra idea desde el principio” —respondió Pablo mentalmente—, “ahora sigue con tu vida normal, no hables con nadie de esto, ¿Entendido?

 

—”¿Me cuentas algo tan gordo como es un golpe de estado y pretendes que me quede como si nada?” —Pregunté en mi cabeza—, “¿Crees que me voy a quedar tan tranquilo como si me hubieras dicho que ha ganado el Getafe?

 

—”Sé que este asunto no deja indiferente” —respondió Pablo en mi cabeza—, “y sé también que tienes muchísimas preguntas, pero trata de mantener la calma, y repito, no se lo cuentas a nadie, ¿Queda claro?”

 

—”Clarísimo” —conteste en mi cabeza, haciendo un gran esfuerzo por reprimir mis deseos de partirle la cara por decirme algo tan grave y luego dejar del tema de golpe.

 

—Oh y  por favor —dijo Pablo—, procura que no te mate el espectro en esa juguetería, no me gustaría perderte a ti también.

 

—Procuraré cuidarme —respondí— aunque hay algo que no me has contado, ¿Cómo derrotasteis al espectro que mató a mis padres?

 

—No lo hicimos —respondió Pablo—, quedé inconsciente y cuándo me desperté ya estaba en un hospital del ministerio, el resto de la historia ya la sabes: el funeral, las medallas al valor, tu adopción por parte del ministerio y tu ingreso en el internado de formación gestionado por el Ministerio.

 

—¿Entonces el espectro que mató a mis padres sigue vivo? —Pregunté.

 

—Eso me temo —respondió Pablo.

 

—¿Crees que puede ser el que vi en el sótano de la juguetería dónde trabajo?  —Pregunté.

 

—No tengo ni la menor idea —respondió Pablo—, pero yo de ti no bajaría allí más.

 

—No puedo hacer eso —respondí—, la máquina de fichar se encuentra en se sótano, también están allí el almacén y el taller de reparación.

 

—En ese caso ve con cuidado —respondió Pablo apurando su tercer vaso de whiskey.

 

—Lo tendré —contesté—, y tú deberías vigilar con el alcohol, a este paso vas a terminarte la botella.

 

—Lo que tenga que pasar, pasará —respondió Pablo llenando su cuarto vaso.

 

—Al menos tengo la certeza de que no te vas a beber un litro de whiskey —dije.

 

—No, las botellas son de de setecientos cincuenta mililitros —respondió Pablo haciendo patente que había entendido a lo que me refería.

 

—Creo que casi media botella ya es suficiente por ahora —dije.

 

—Creo que tienes razón —respondió Pablo cerrando la botella enroscando su tapón—, por ahora es suficiente.

 

Y los dos nos quedamos en silencio, acabándonos yo mi croissant y el su mini bocadillo. No necesitábamos decirnos nada más. Mondadientes seguía distraído con las palomas, de vez en cuando nos miraba, observando nuestro silencio, cuando se aburría de nosotros volvía a las palomas, a las que se habían añadido algunos gorriones. Pablo insistió en invitarme, cosa que acepté después de no resistirme demasiado, había quedado con Rosa para comer ese mismo día y minimizar los gastos haría bien a mi cuenta corriente. La comida con ella fue genial, ella dijo de invitarme, yo dije que la invitaba yo, al final cada uno pagó lo que había comido el otro, aunque dado el tipo de restaurante la cantidad de la cuenta era exactamente la misma. Llegó la tarde y mi turno en la juguetería. A las siete el lugar se quedó vacío como de costumbre, aunque esta vez también se había marchado todo ser sobrenatural, lo que me resultó extraño.