Sagre, capítulo 12

Sagre, capítulo 12.

Sagre

Sagre

1024 DCTR

No, no quiero escucharte – Dijo Jigsx Y deja ya de perseguirme.

 

Te repito que lo siento, no quería ofenderte. – Dijo Sagre.

No me vale que lo sientas, la has dejado caer. No me vengas ahora pidiendo perdón. – Dijo Jigsx.

¿Hay algo que pueda hacer para que me perdones? – Pregunto Sagre.

Sí, ¡Déjame en paz un momento! Sólo así se me pasará. – Gritó Jigsx.

Si realmente quisieras irte te habrías teleportado. – Dijo Sagre.

Llevo un rato intentándolo, pero me pones tan nervioso que no me sale. – Dijo Jigsx.

Oh, ahora sí que te fallan los conjuros. Dijo Sagre en tono burlesco.

Jigsx se detuvo en seco, se giró hacía el iridiano y le dio un guantazo con todas su fuerzas, Sagre era tan duro como un bloque de hierro, el yrteda se hizo daño, tanto que se fracturó la muñeca. Entonces lleno de ira Jigsx le propinó un puntapié, que le rompió la pezuña y el hueso. Presa del dolor cayó al suelo; Sagre se inclinó sobre él para curarle con un Alón.

¡Apártate de mí, ni se te ocurra tocarme! – Grito el yrteda – ¡Monstruo!

¿¡A quién llamas tu monstruo?! – Preguntó Zhalón, que acababa de darles alcance, enfadado.

Ya viene el otro… – Dijo JigsxNo os necesito, puedo curarme solo.

 

La escena estaba llamando la atención de la gente del castillo. Los guardias de palacio fueron a ver qué pasaba, un par de ellos fueron a buscar al Rey Alarán, con él fueron su hijo y Rásoc.

¿Qué está pasando aquí? Preguntó Rásoc.

Nada, una pequeña disputa. – Dijo Jigsx que ya había empezado a curarse el pie con un hechizo.

Estáis dando un espectáculo en medio del castillo del Rey. Un noble no debe comportarse así, ni mucho menos  el consejero de una casa. – Dijo Níttapp.

Cariño, no hay que exagerar tanto las cosas – Dijo RásocEstoy seguro de que todo esto tiene una explicación.

 

¿Cariño?  – Pregunto Jigsx extrañado – Oh genial, dos sáfi…

 

Zhalón no dejó terminar la frase, sabía qué palabra iba a usar; y lleno de ira le propinó un puñetazo en la mejilla. No siendo consciente de su actual fuerza y aptitudes para combate, otorgadas por la Diosa Iria, vieron cómo la cabeza de Jigsx impactó fuertemente contra el suelo; se oyó un fuerte golpe seco, seguido de varios crujidos. Tenía rotas la mandíbula, la mejilla y el cráneo, y la cabeza sangraba profusamente. Sagre no perdió un momento y se puso de inmediato a curar a Jigsx, que estaba inconsciente en el suelo.

– ¡Ay, no quería darle tan fuerte! ¡Lo siento! – Exclamó Zhalón asustado por la escena.

¿¡Se puede saber qué rayos estabas pensando!? – Dijo Rásoc indignado – ¡Esto es altamente irregular! ¡Dame un motivo por el que no deba expulsarte de la casa Garraespina y mandarte a los calabozos!

 

Me…me ni…niego – Dijo Jigsx susurrando, algo aturdido todavía pero recuperando la conciencia- Este asunto no debe salir de aquí, este impetuoso zoquete y yo ya hablaremos.

 

¿Impetuoso zoquete? – Preguntó Zhalón algo molesto.

Cállate, que lo está haciendo para ayudarte – Dijo Sagre entre dientes.

¿Está seguro Don Jigsx? – Le pregunto el Rey Alarán.

Segurísimo, Alteza. Dejemos este asunto en privado, ya me encargaré yo de darle a Zhalón un correctivo. – Dijo Jigsx, ya plenamente consciente e incorporándose. En el suelo quedó un charquito de sangre.

Ya, seguro, visto lo fácil que me ha resultado abrirte la cabeza no sé que me ibas a hacer. – Dijo Zhalón.

¿Desde cuándo te has vuelto un insolente? – Dijo Sagre¿Es que no te das cuenta que este no es el momento para tus payasadas infantiles, aquí, delante del Rey, el príncipe, Rásoc, la corte, los sirvientes y los guardias del castillo? Calla de una maldita vez.

 

Visto que no cede en su actitud quiero ver con mis propios ojos como Jigsx castiga a Zhalón. – Dijo el Rey- Y no me conformaré con un sermón, quiero que la lección quede grabada a fuego.

 

Me parece justo. – Dijo Rásoc.

Él solito se lo ha buscado. – Dijo Níttapp.

Bien, vayamos a algún lugar discreto dónde podamos castigarle como se merece – Dijo Jigsx, mientras se limpiaba con un pañuelo los restos de sangre en la cara.

Majestad – Dijo Sagre ¿Hay algún lugar del castillo dónde le gustaría que se llevase a cabo el castigo?

Si, seguidme, sólo vosotros tres, Rásoc y mi hijo, por favor, no hay necesidad de hacer una exhibición. – Dijo el Rey.

El Rey Alarán comenzó a caminar, seguido por los cinco. La cara de Zhalón expresaba indiferencia. Tras caminar un poco por el castillo llegaron a un patio interior, sin techo. Era un jardín extenso, dónde crecían árboles de la zona, algunos de ellos frutales.

Este es mi lugar de meditación favorito, yo mismo planto y cuido de los árboles, además, nadie entra aquí a menos que sea invitado por mi o que haya una gran emergencia. – Dijo Alarán.

¿Está seguro Majestad de que quiere perturbar este lugar con los gritos agónicos de Zhalón? – Pregunto Jigsx.

Venga, dejad ya el teatro, todos sabemos que aquello era por aparentar. – Dijo Zhalón.

Sí, estoy seguro – Dijo el Rey ignorando a Zhalón Cuando estés listo.

Jigsx respiró hondo: no le gustaba tener que hacer eso a un amigo, pero no tenía otro remedio: el humano debía aprender cuál era su sitio ahora. Siendo noble no podía permitirse esos arranques, ni mucho menos en público. La presencia del Rey no mejoraba las cosas.

El yrteda dirigió su mano derecha hacía Zhalón, apuntándole con la palma: en ella apareció una diminuta esfera brillante, del color y tamaño de una aceituna. Lentamente y en línea recta esta esfera se dirigió hacía Zhalón e impactó de lleno en su pecho. En el primer segundo no pasó nada, pero el humano sintió súbitamente calor en todo el cuerpo, y luego calambres musculares leves, que se fueron intensificando hasta hacerle gritar de dolor y retorcerse en el suelo. Sagre cerró los ojos y anuló su sentido del oído para evitar intervenir; también bloqueó su empatía, prefirió no saber nada de lo que sentía Zhalón en ese momento.

El humano retorcía y tensaba sus extremidades sin control; ya incapaz de gritar, emitía quejidos con los ojos venosos y abiertos como platos, mirando aterrorizados a Jigsx; este no se movió ni un centímetro, y le devolvió una mirada hueca, carente de toda emoción, mientras intensificó la fuerza del conjuro. Los espasmos encorvaban todo su cuerpo, los huesos crujían y se partían incapaces de soportar la tensión; se le abrieron heridas en todo el cuerpo que manaban sangre sin parar; también manaban sangre sus oídos y la boca. Perdió el sentido y aún así su cuerpo seguía retorciéndose y sangrando.

¡Basta! ¿Es que quieres matarlo? ¡Detente ahora mismo! – Gritó el Rey Alarán, visiblemente alterado por la intensidad del castigo.

Jigsx detuvo el conjuro bajando la mano. Zhalón dejó de retorcerse inmediatamente. El yrteda se acercó a él: debajo del humano había un extenso charco de sangre. Jigsx lo curó entonces, ayudado por Sagre. Ninguno de ellos se miró ni habló, se limitaron a curar al humano. Cuando estuvo recuperado aún seguía inconsciente. El iridiano lo cogió en brazos. Fueron apenas unos tres minutos de tortura, pero a todos les pareció mucho más largo.

Lamento profundamente esto – Dijo el Rey.

Era necesario. – Dijo Jigsx. Lo dijo con suficiente firmeza como para que sonara como una fuerte convicción para los demás. Sin embargo, a él mismo le sonó como una justificación.

Sí, hicimos lo que ordenó su Majestad. – Dijo Sagre.

Sí, pero sois amigos, no esperaba que os excedierais de esta manera. – Dijo Alarán.

Es mejor así  – Dijo Jigsx Ahora Zhalón ha recibido una lección, espero que le sirva para algo.

 

Antes de que nadie pudiera decir nada más Sagre parpadeó a los tres de vuelta a la casa de Jigsx, en el cuarto de Zhalón y suyo. Lo dejó en la cama y miró al yrteda con furia.

Tienes derecho a estar enfadado conmigo. Adelante, desahógate. – Dijo Jigsx, sintiendo que de alguna manera necesitaba compensar el mal causado. “No sé si Zhalón habrá aprendido algo de todo esto, pero yo sí  he aprendido una cosa: la tortura con el conjuro de Dolor es tan bárbara como extenuante. Estoy muy cansado”.

Jigsx se preparó para recibir una paliza. Sin embargo Sagre se echó a llorar abrazando al yrteda, el cual no se esperaba esa reacción del iridiano.

Todo esto ha pasado por mi culpa – Dijo Sagre entre sollozos – Sí yo te hubiera dejado en paz nada de esto habría pasado.

 

No, la culpa es mía – Dijo JigsxYo actué de forma irracional primero. Intenté pegarte y luego os insulté.

 

No, la culpa es mía, mía y de mi bocaza – Dijo Zhalón que acababa de recobrar la conciencia – Si hay algún culpable, ese soy yo.

 

Dado que ninguno de los tres quería seguir enfadado decidieron perdonarse. Jigsx alabó la fuerza de Zhalón, este la poderosa magia del yrteda y Sagre se alegró de que todo se solucionase.

Pasó tiempo, y poco a poco empezaron a llegar refugiados. Jigsx se encargó de ubicarlos en sus casas.  Alguna que otra vez esa tarea le hacía trabajar hasta muy tarde. Entonces Zhalón y Sagre entraban a su despacho, simulaban lanzarle un conjuro de sueño y luego lo metían en su cama. Jigsx reaccionaba a esto haciéndose el dormido: él sabía que lo hacían porque se preocupaban por él, por tanto dejaba el trabajo para mañana y se ponía a dormir de verdad.

Rásoc había empezado a enseñarles el Hostarán. Empezó por la teoría y poco a poco pasó a la práctica. Lo primero que les enseño fue a meditar: esto les servía para recuperar salud, restaurar su fatiga y recobrar el Dariré gastado más rápidamente que simplemente descansando. Sagre descubrió que meditando también podía recuperar Saolstirgh con mayor rapidez.

Cuando el entrenamiento se ponía más intenso Jigsx lo abandonaba: el ejercicio físico no era para él. Pero el humano y el joven iridiano se dejaban la piel en él, sobretodo Zhalón: él acababa tan extenuado que de noche, mientras dormía, Sagre tenía que curarle las heridas internas que se hacía y restauraba su cuerpo, librándolo de dolor y cansancio. Gracias a ello el humano se levantaba fresco como una rosa listo para los duros entrenamientos. Poco a poco iba dejando de necesitar la intervención de Sagre para despertarse mejor: su cuerpo se estaba acostumbrando al esfuerzo y al ejercicio.

Rásoc intensificaba el entrenamiento a medida los tres mejoraban. Jigsx empezó a notarse más fuerte y diestro, cosa que le sirvió como punto de partida para interesarse por conjuros que se lanzaban más cerca del enemigo. Incluso se preguntó si no podía propinar un puñetazo o clavar una daga a la vez que lanzaba el conjuro; pero por ahora no tenía tiempo para investigarlo. Tal vez después de la boda, cuando todo el mundo que lo precisara estuviera bajo un techo asignado.

Otros nobles fueron llegando a Ispedia, no solo gekjos, sino también de las otras razas, incluidos humanos.

El Rey Elan y su Mariscal Arrael llegaron dos semanas antes de la boda. La Casa Real de Belmonte poseía una finca en Ispedia, por lo que todos los nobles Colmelloso se alojarían allí hasta la celebración de la boda, Arrel se alojaría junto a Enúber el sobrino del Rey Elan. Gran parte del ejército real había venido también junto al Rey Elan, por cuestiones de seguridad. Él sabía que muchos no estaban a favor de su guerra y que sus opositores podrían encontrar un buen momento para asesinarlo, estando él fuera de su hogar.

Llegó el gran día de la boda de la princesa Annaddara y Taremos, un miembro de la casa Blancoaliento. Normalmente las bodas las oficiaba un noble, y este debía ostentar algún cargo político, como ser alcalde, consejero o jefe de casa. En esta ocasión se pidió a Jigsx que oficiase la ceremonia. Memorizó todo cuanto debía decir y hacer; unos días antes hubo un ensayo que salió a la perfección; y el día de verdad el yrteda bordó su papel.

Incluso se permitió improvisar un discurso al final, hablando del amor, felicitando a Annaddara y a Taremos por el que se procesaban mutuamente y dando pie a Rásoc y Níttapp para que anunciasen el suyo.Cuando la pareja lo hizo hubo varios murmullos en la sala, finalmente hubo un aplauso general y se prosiguió con el banquete de celebración de la boda de la princesa.

Los Reyes, príncipes y princesas estaban sentados en una misma mesa. Los nobles estaban sentados sin ningún criterio especial, aparte de respetar las parejas y matrimonios, que se sentaban uno al lado del otro.

Decidme Rey Alarán, ¿Es muy normal eso de alegrarse por una pareja en que ambos son del mismo sexo? – Preguntó el Rey Elan con tono ligeramente burlón.

 

 – Sí Rey Elan, en Sioca respetamos el amor, sin importar quienes, y a quienes, lo profesan. – Contestó el Rey Alarán.

¿Y quién ocupará el trono cuando vos decidáis retiraros? – Preguntó Elan, esta vez con un tono algo más burlón.

Mi hijo mayor Candramallik lleva casado ya algo más de diez años y tiene dos hijos y una hija. – Contestó el Rey Alarán.

Oh, entiendo. – Dijo el Rey Elan algo decepcionado.

Hubo un silencio, pero no duró mucho.

¿Y si vuestro hijo no quisiera reinar a quién pasaría el trono? – Preguntó Elan.

Entonces el trono pasaría a manos de mi hija Annaddara. – Respondió Alarán, al cual tanta pregunta indiscreta empezaba a incomodarle.

No creo que una mujer sea buena gobernante para un país. – Contestó el Rey Elan jocosamente.

Y eso me lo dice un Rey cuyo país lleva siglos siendo gobernado por mujeres, ¿O acaso olvida su Alteza la grandísima labor que hizo vuestra madre La Reina Vidara? ¿Y la madre de esta, es decir, vuestra abuela? ¿Y todas las reinas que han ido antes que ellas? Porque, por si no lo habéis notado, todas ellas eran mujeres, de la casa Colmelloso.  Y sus esposos fueron reyes gracias a ellas. – Contestó el Rey Alarán.

En todo el salón del banquete se hizo un silencio al observar que os Reyes estaban teniendo una discusión que poco a poco iba caldeándose.

Me parece a mí que insultar a un invitado es una grave falta de respeto, tanto en mi país como en el tuyo – Dijo Elan ofendido.

¿Y desde cuándo hacer mención a la historia es un insulto? – Preguntó sarcástico el Rey Alarán.

Desde que lo hace un sucio y apestoso lagarto – Contestó el Rey Elan – ¡No tengo por qué aguantar esto! ¡Me marcho! – Dijo el Rey Elan a voz en grito.

Me parece Alteza, que el único que está insultado es vos – Dijo el Rey Alarán – ¿Queréis marcharos? Sois libre de hacerlo.

 

No tengo por qué escuchar a un hombre que tiene un hijo maricón. ¡Claro que me voy, no pienso quedarme ni un momento más en este país de locos! – Dijo el Rey Elan.

Todos observaron atónitos como el Rey Elan se marchaba indignado. Sagre notó que había algo raro en el ambiente, algo dentro de sí le avisaba de que pronto iba a explotar un conflicto. El Rey Elan se dirigió hasta la puerta, entonces se paró, dio media vuelta y dijo.

Me parece que se me ha olvidado mencionar que traje conmigo a mi ejército. Dado que me siento terriblemente insultado voy a invadir este país, así lo haré mío y pondré las normas que quiera. ¡Para eso soy el rey único y absoluto! – Dijo el Rey Elan con voz perturbada.

De repente, empezaron a entrar al salón de banquetes cientos de humanos armados que rodearon las mesas. A excepción de los soldados nadie portaba armas. La gente estaba aterrada, incluidos los humanos. Se oyó gritar en la sala:

– ¡Eres un imbécil! Si pretendes pasar a la historia como el peor Rey que jamás ha tenido Belmonte, lo estás consiguiendo. ¡Vuelve a la razón y discúlpate ante todos!

Era la sobrina del Rey Elan, Khatara hermana de Enúber. Se levantó y lo miró desafiante. Junto con ella gran cantidad de reyes y nobles se levantaron en muestra de apoyo a Khatara y aplaudieron. Parecía que por un momento hubieran recuperado la compostura y la dignidad después de las palabras de aquella mujer.

Elan miró a Khatara y a los nobles. Estaba asustado y furioso a partes iguales. Oía a la gente gritar “¡Ella debe ser la reina!” y “¡Salve Khatara!”. Con un grito agudo y desgarrado gritó:

-¡¡Matadlos a todos!!

Los guardias titubearon un momento, pero desenvainaron las armas. Sagre sentía cada vez más cerca la desesperación en la sala. No podía permitir aquello, pero no sabía cómo pararlo. Finalmente, se levantó de la silla, corrió hasta el centro de la mesa, extendió sus alas, se elevó en el cielo y comenzó a cantar.

Todos se detuvieron y miraron hacia arriba para ver aquel ser alado de voz tan dulce y hermosa. Arrael y Elan creyeron reconocer en él a aquel niño tan poderoso que los salvó en el barco, pero no pudieron decir nada, fascinados y embelesados por aquella irresistible voz. A medida que avanzaba la canción los soldados fueron tirando sus armas y saliendo poco a poco del salón de banquetes, sin saber por qué. Al final el Rey Elan y su mariscal acabaron saliendo por la puerta. La amenaza había cesado, pero la canción de Sagre seguía flotando en el aire. El corazón de los presentes se llenó de calidez, de paz, de armonía y de amor. Eran incapaces de sentir ira, odio, resentimiento, rencor, miedo, angustia, desesperación o cualquier cosa que fuera mala para ellos: ahora estaban en un estado de suma paz.

Los soldados, el Rey Elan y el Mariscal Arrael salieron de Ispedia dirección a Ederia. Todo lo que querían era regresar a Belmonte, sin saber por qué; y no pararían hasta conseguirlo.

Sagre dejó de cantar, pero la gente aún estaba presa del efecto de su canción, se sentó en su sitio y siguió comiendo. La gente comía y hablada alegremente, como si nada hubiera sucedido. Tardarían unos días en acordarse del intento de ataque de Elan, y de que Sagre los había salvado con una nana en iridiano; pero por ahora vivirían felices en la ignorancia. Ya daría explicaciones más tarde: de momento, se limitaría a disfrutar de su obra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *