Megrez, capítulo 7

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Megrez

Megrez

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Megrez empezó a notar poco a poco como su cuerpo se entumecía; sus vista se nublaba y los sonidos de su alrededor cada vez sonaban más amortiguados y distantes. Su cabeza daba vueltas, y su cuerpo parecía pesar más y más. Sus párpados se cerraron solos, sometidos a una presión irresistible.

Sin saber cómo apareció en su casa de Irdresma, tendido en el suelo bocabajo, Díadra le vio y gritó.

¡Megrez, estás todo cubierto de sangre!¿¡Qué te ha pasado?!¡¿Cuándo te han herido tanto?! – Dijo Díadra.

La voz de Díadra sonaba tan desgarrada que erizó los pelos de Megrez. Él quiso responder, pero sus labios no se movían; quiso levantarse del suelo, pero sus músculos se negaban a obedecer.  Apenas podía respirar, tuvo que esforzarse mucho en seguir haciéndolo: sus pulmones ofrecían muchísima resistencia a dejar entrar el aire, una vez este estaba dentro se negaban a soltarlo.

Díadra lo cogió en brazos, pero él no lo notó: su tacto estaba dormido. Su mente estaba sumida en un letargo extraño, le costaba comprender cosas simples, ni siquiera sabía dónde estaba, apenas recordaba su nombre. Su madre siguió gritando con él en brazos, pero Megrez ya no podía oírla.

Los gritos provocaron que Yans y Phenatos vinieran apresuradamente: lo vieron cubierto de sangre, sangre azul marino del mismo color y densidad que la de la familia. La visión asustó al padre de Megrez y al lobo boreal.

Phenatos intentó curarle con un alón, pero fue inútil: se percató que Megrez no tenía ninguna herida. Entonces notó un olor a cobre en la sangre que cubría al joven: no era suya. Vio que Díadra había comenzado a llorar desesperadamente, sobre el cuerpo inerte de su hijo, mientras lo apretaba fuertemente entre sus brazos.

Cariño, tranquila, está bien. -Dijo Phenatos poniendo su mano izquierda en la mejilla de su mujer. – Megrez no tiene ni un rasguño, esa sangre no es suya.

 

¿Cómo que no es suya? – Dijo Díadra  mirando a su marido con los ojos llenos de lágrimas – A la fuerza tiene que serlo, nadie más que un custodio puede tener la sangre de otro color distinto al rojo y el color azul es distintivo de mi familia.

 

Sí, pero nuestra sangre no huele a cobra, más bien a hierro. – Dijo Phenatos utilizando un tono de voz suave y pausado para calmarla.

Díadra se calmó un poco, no solamente por las palabras de su marido, Phenatos también había utilizado una de sus habilidades especiales, adquiridas con el tiempo. La mujer notó el olor a cobre, cosa que le hizo entender que la vida de su hijo no corría ningún peligro. Megrez recuperó poco a poco la consciencia, respiraba con algo de dificultad, pero ya no era un problema. Recuperó el habla.

Mamá, ¿Dónde estamos? – Preguntó Megrez con un hilo de voz.

En casa cielo, ¿Recuerdas que ha pasado antes de que llegases aquí? – Preguntó Díadra.

Heasse y yo seguimos al Rey Elan, a su mariscal y a un extraño hombre de pupilas circulares. Los tres subieron a un barco y nosotros dos les seguimos, invisibles. Llegamos a un lugar quién sabe dónde en medio del mar, entonces apareció un cilindro metálico del que salieron seres azulados con pupilas también circulares, uno de ellos con una doble espiral. Empezaron a atacar al rey y a la tripulación, con extrañan ballestas que disparaban rayos a través de las campanas del extremo; yo me asuste, me enfadé y recuerdo que hundí en cilindro devolviendo un ataque de las ballestas, maté a todos los seres azules. – Dijo Megrez casi susurrando.

Hubo un silencio en la casa, Díadra y Phenatos jamás habían oído hablar de seres azules con pupilas circulares ni de ballestas con extremos acampanados que lanzaren rayos. Ambos decidieron utilizar el alón de empatía para ver los recuerdos de Megrez. Al hacerlo confirmaron que lo que había dicho su hijo era cierto, también vieron como su hijo utilizaba las habilidades de Enfoque.

Soy un monstruo… – Dijo Megrez.

No digas eso, no eres un monstruo. – Dijo Díadra Sencillamente hiciste lo que creíste mejor en aquel momento, tal vez te excedieras un poco, pero yo hubiera hecho lo mismo.

Está claro que en esta familia muchos de sus miembros tienen un problema controlando sus emociones, en especial la ira. – Dijo Phenatos.

Así no ayudas. – Dijo Díadra con un tono que denotaba molestia.

Ya, pero acabas de darme la razón. – Contestó Phenatos con una sonrisa burlona en el rostro.

Yo no creo que seas un monstruo. – Dijo YansSencillamente seguías a tu instinto.

 

Un instinto asesino… – Contestó Megrez.

Bueno, si te sirve de consuelo no se te puede culpar del todo. – Dijo PhenatosTal y como fueron las cosas tampoco tenías muchas opciones. No eres una persona de palabras, eres más de acción, cómo tu madre.

 

Ya, pero pudo haber parado, puede haberme ido, cualquier cosa antes que tener que matar a esos seres… – Contestó Megrez a un volumen casi normal, empezaba a sentirse mejor.

Lo creas o no, es debido a que hiciste uso del enfoque, priorizando tu fuerza y resistencia y   anulando casi por completo tus otras capacidades, que no podías parar.  Lo único que podías hacer era matar o morir. – Contestó Díadra.

¿Qué hice qué? – Preguntó Megrez No recuerdo haber hecho nada especial.

Eso es por qué tu cuerpo de manera instintiva hace algunas cosas. – Dijo PhenatosDe la misma manera que tu corazón late sin que tú hagas nada, o tus ojos ven sin que tú seas consciente de cómo, a veces recurres al Enfoque sin saber por qué?

 

 ¿Qué es el Enfoque? – Pregunto Megrez.

Es una habilidad que tenemos los custodios que nos permite renunciar a unas cosas a cambio de ganar otras. Piensa en tu cuerpo como en un arma que ha de ser forjada por un herrero: este tiene unos materiales muy concretos para hacerla, y le han pedido que tenga un peso y tamaño máximo determinados. Sabiendo esto, el herrero puede decidir hacerla más ancha sacrificando largura; o al revés, puede decidir hacerla flexible sacrificando dureza, o viceversa. La cuestión es que elija lo que elija el resultado final siempre será un arma con el mismo peso y tamaño que le han pedido. – Dijo Phenatos.

No lo tengo muy claro, ¿Dices que mi cuerpo es como un arma sin forjar? – Pregunto Megrez bastante confuso.

No, lo que tu padre trata de decirte es que tu cuerpo tiene unas características determinadas. Imagina cada una como si fueran bolsas llenas de frutas eléctricas. – Dije DíadraLa suma total de frutas que contienen todas las bolsas es el mismo, pero cada bolsa  tiene un contenido de frutas diferente y tiene un efecto distinto sobre tu cuerpo. Entonces, si quieres mejorar un efecto en concreto, por ejemplo, tu fuerza, puedes coger frutos de la bolsa que tiene la capacidad de hacerte pensar, y ponerlos en la que te da fuerza: de esta manera el número de frutos totales que tienes será el mismo, pero habrás logrado ser más fuerte a cambio de que te cueste más pensar, ¿Lo has entendido ya?

 

Sí, creo que ahora sí, gracias mamá – Contestó Megrez ¿Fue eso lo que hice en el barco? ¿Volverme más fuerte y estúpido?

 

En cierta manera, aunque también alteraste tus sentidos. – Contestó DíadraAunque tú no eres estúpido, no me gusta que lo digas.

 

No digo que lo sea, digo que me volví, lo que no entiendo es por qué luego me sentí tan mal. Contestó Megrez.

 

 – Eso es por que cuando fuerzas mucho el cambio de frutas entre sacos, estos pueden rasgarse y acabas perdiendo todas las frutas. Por suerte con el tiempo los sacos se cosen de nuevo y poco a poco las frutas que contenían vuelven hasta recobrar los valores que tenían antes de que movieras ninguna. – Contestó Díadra.

¿Y no puedo hacer un cambio pequeño y dejarlo así permanentemente? – Preguntó Megrez.

No. Tarde o temprano, quieras o no, todo volverá a la normalidad, por mucho esfuerzo que pongas por evitarlo. – Dijo DíadraTu cuerpo tiene su límite, si lo sobrepasas te lo hará saber. Y si tú no te paras a tiempo él lo hará, de una manera que no te gustará nada. Justo como acabas de comprobar.

 

Entonces todo mi malestar era por eso… Debo de tener cuidad entonces. – Dijo Megrez.

De todas formas es posible entrenarte para lograr cambios más grandes y duraderos, sin sufrir tanto los efectos negativos. – Contestó Díadra.

¿Y cómo puedo entrenarme para que no vuelva a pasarme algo así? – Pregunto Megrez.

Pues empezando poco a poco e ir aumentando gradualmente la intensidad, como cualquier otro entrenamiento. – Contestó Díadra.

Hay una cosa más. Estoy preocupado por Heasse, parecía estar horrorizada conmigo. Creo que la he perdido para siempre… – Dijo Megrez.

No lo creo. – Contestó PhenatosHace muchos siglos, cuando tenía más o menos tu edad, me pasó algo muy parecido con tu madre y cómo ves aún sigo aquí. Jamás he pensado en irme.

 

Todos se quedaron en silencio, Díadra se había enternecido mucho con las palabras de su marido; Megrez estaba pensando en ellas, esperando que Heasse fuese a actuar de la misma manera que lo hizo su padre; y Yans, cómo sencillamente no sabía que decir se quedó en silencio.

Pasaron unos días.

Heasse había tenido tiempo de pensar seriamente sobre ella y Megrez, había tomado una decisión.

Se parpadeó delante de Megrez, que encontraba sentado en el jardín, justo delante del lugar dónde habían planta la semilla de fruta eléctrica, intentado practicar el Enfoque.

He decidido que no puedo dejar de quererte, pero porque no quiero hacerlo. No me pongas a prueba, porque entonces comprobarás si soy capaz de dejar de amarte o no. – Dijo Heasse sin ni siquiera saludarle.

Perdona, pero no he entendido nada de lo que me acabas de decir, ¿Significa eso que me perdonas? – Pregunto Megrez.

Sí y agradecería que limites ese tipo de escenas, no es nada agradable contemplar determinadas escenas de sadismo y crueldad innecesarias. – Contestó Heasse.

Gracias por perdonarme, lo estaba pasando realmente mal, la idea de pasar toda mi vida sin ti me aterraba… – Contestó Megrez.

 

Heasse se enterneció, abrazó bien fuerte a Megrez y le beso en los labios, Phenatos lo vio a través de una ventana de la casa.

Mira a esos dos. – Le dijo a Díadra para que mirase también por la ventana – ¿No te recuerdan a alguien?

 

Díadra no dijo nada, sencillamente puso sus manos y su cabeza en el pecho de Phenatos, notando su calidez y el latido pausado de su corazón, la felicidad flotaba por aquella casa de forma palpable. Yans miró al matrimonio adulto y luego por la ventana a los jóvenes: sonrió, pero por dentro no estaba tan feliz, había empezado a sentirse un poco solo y se preguntaba si no era ya hora de tener alguien especial también.

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