Megrez, capítulo 3

Megrez, capítulo 3.

Megrez

Megrez

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Cuando Megrez tuvo en sus manos el regalo de cumpleaños sintió una gran alegría, su primera arma, un momento importante para la vida de todo iridiano, un paso más hacía su madurez, dentro de poco ya podía adentrarse en el bosque en busca de animales para cazar, secretamente se moría de ganas de atrapar un jabalí lanudo y llevarlo al pueblo para compartirlos con sus familiares y vecinos, como había echo el año anterior Heasse, la chica que vivía en la casa de enfrente y que era unos meses mayor que él.

Cuando Phenatos  le entregó su hacha le dijo.

 

Ten cuidado con esta hacha Megrez, no es un juguete, ni tampoco una herramienta, es un aliado en batalla, confía en él, por que tu éxito o derrota van a depender del uso que le des, incluso podrías verte forzado a Migrar si las cosas se ponen demasiado feas, aunque no creo que tengas que preocuparte de eso hasta dentro de muchos años, de momento deberías aprender a usarla y no se te olvide ponerle un nombre.

 

¿Para que necesita un nombre? – Preguntó Megrez.

 

Pues por que no se trata de un arma cualquiera, es TU arma, más que eso, está echa para ti y tú para ella, no sabría muy bien como explicarlo, pero ya lo entenderás en cuanto decidas como vas a llamarla y cojas soltura con ella verás a que me refiero, ¿Y bien, cuál va a ser su nombre? – Preguntó Díadra

 

Creo que necesitaré tiempo para pensarlo – Contestó Megrez

 

Si te sirve de ayuda – dijo Díadra mientras hacía aparecer dos espadas – Esta del mango negro se llama Sil y esta del mando blanco se llama Mil, – Dejó que las dos espadas flotasen detrás suyo y hizo aparecer una espada con una hoja muy larga y alta, pero muy fina y afilada – Esta es Shirento, es capaz de atravesar un liaggán prácticamente sin esfuerzo…

 

Creo que es mejor que le ponga un nombre cuando sepa que puede hacer con ella – dijo Phenatos interrumpiendo a Díadra¿Qué te parece si vamos fuera y te enseño algo sobre el uso de las hachas? – Le preguntó a Megrez.

 

Y padre e hijo se dirigieron al bosque, acompañados por Yans, tras caminar un buen rato llegaron a un sitio donde los árboles tenían extrañas marcas en la corteza, parecían cortes y golpes, pero cicatrizados, algunos presentaban más señales que otros, el joven iridiano se fijó en los árboles más atentamente, el tronco era liso y perfecto, sin agallas o bultos, ni siquiera había partes carcomidas, mientras miraba el árbol vio que un pajaro con el plumaje de color negro salpicado de blanco, con un vientre de este mismo color y una cresta roja se acercaba al tronco y empezaba a picarlo rítmicamente con el pico, produciendo un sonido que reverberaba en el bosque, le era un sonido familiar y ahora sabía que lo producía, cuando el pájaro consiguió romper la dura madera sacó con su afilado pico un gusano cubierto de una extraña sustancia viscosa y marrón, la misma que salía del agujero que había echo el pájaro, que se fue a lavar a su desayuno a un charco cercano.

Volvió a mirar al árbol, la sustancia que había salido del agujero lo había sellado por completo y poco a poco se iba endureciendo y tomando el color habitual de la corteza.

 

Papá ¿Cómo es que los árboles pueden curarse solos? – Preguntó Megrez.

 

Verás Rez – dijo PhenatosEn este mundo todo está formado por una energía a la que algunos llaman “magia” otros lo llaman “espíritus” algunos  dicen que se trata de “esencia” nosotros preferimos denominarlo “Dariré”, todo ser vivo tiene ligada una energía que entre otras cosas le mantiene en ese estado, la gran mayoría de esos seres son capaces de controlar esa energía y usarla en su beneficio, los árboles pueden usar la suya para regenerar sus tejidos, el gusano que has visto antes la usa para hacerle creer al árbol que es una parte de su propia energía y por tanto no se regenera alrededor suyo y lo mata y el pájaro lo usa de usa para impedir que el árbol se cure y para detectar a los gusanos que viven dentro de él.

 

 ¿Y porqué lo limpia? – Volvió a preguntar.

 

Phenatos  se echó a reír.

 

Después de todo lo que te he explicado es lo único que se te ocurre preguntarme – Sentenció.

 

Es lo único que no me ha quedado claro – Dijo Megrez para defenderse.

 

Si lo limpia – dijo Phenatos mientras ponía la mano en su cabeza – Es por qué no le gusta el sabor que tiene la resina y por que tiene miedo de que le crezca un árbol en la barriga.

 

Y Phenatos y Megrez comenzaron a reír juntos.

 

Creo que ya es hora de que te enseñe algo – dijo PhenatosPero primero quiero ver que tal te las apañas tú solo.

 

Megrez se dio cuenta de que no había traído su hacha, pero su padre ya había pensado en eso y la hizo aparecer para que su hijo la cogiera, al tenerla de nuevo sobre sus manos noto que la madera estaba tibia y que también lo estaban la hoja y la punta de la base. Phenatos vió que Megrez  iba a hacerle una pregunta y se apresuró a contestarle

 

Sabe que vas a usarla, se prepara para responder, si fuera un combate de verdad estaría mucho más caliente – dijo Phenatos

 

Megrez  no dijo nada, miró un momento a su hacha y luego al árbol que tenía delante.

 

Enséñame que sabes hacer – Escuchó Megrez  en su cabeza.

Y como si de un baile se tratase y su pareja fuese su hacha, Megrez empezó a pelear de una forma enérgica y elegante, movía el hacha como si fuese una prolongación más de su cuerpo, con una precisión increíble, sin tocar ninguno de los árboles, pese a que no había demasiado espacio para maniobrar, hacía girar el hacha por encima de su cabeza, se la cambiaba de mano, la tiraba hacía arriba, la recogía con un solo dedo, la tiraba otra vez y la cogía justo donde la hoja se fundía con la madera y cortaba el viento de derecha a izquierda mientras dejaba que se deslizase entre sus dedos hasta acabar cogiéndola casi por el extremo metálico, sosteniéndola justo a la altura de sus costillas únicamente con la mano derecha y estirando después todo el brazo para clavarla en el aire entre dos árboles por los que la hoja cabía a duras penas, pero sin arañar la corteza de ninguno.

Cada vez sus movimientos eran más acelerados, y le costaba más mantener la precisión, hasta que su hacha se clavó en uno de los árboles, interrumpiendo su danza y su concentración. Phenatos  empezó a aplaudir.

 

No está mal, no está nada mal – le dijo  – Deberías practicar más, pero para ser la primera vez no está nada mal, ¿Quién te ha enseñado a moverte así?

 

Nadie, solo me movía por instinto – dijo Megrez  – ¿Tan bien lo hago?

 

Pues francamente si – le contestó Phenatos  – Debes haber heredado el instinto para la lucha de tu madre, solo que le añades tu toque personal, habría que pulirlo un poco pero yo diría que no te costará mucho.

 

-Voy a seguir practicando.

 

Y Megrez practicó durante toda un buen rato, pero siempre había un punto en que su hacha se clavaba y siempre la sacaba y reemprendía sus prácticas, hasta que empezó  a atardecer.

 

Pareces cansado – dijo Phenatos  – Volvamos a casa, comeremos algo y descansaremos.

 

Yo no tengo hambre – contestó Megrez.

 

De nada sirve el entrenamiento si vas a acabar dañándote, dejémoslo por hoy, ya seguiremos otro día.

 

No, debo mejorar, debo ser más fuerte – contestó Megrez.

 

Bien, hagámoslo a tú manera, luchemos, si logro quitarte el hacha nos vamos a casa, yo no usaré ningún arma  – dijo Phenatos

 

Megrez aceptó, pensó que si su padre no utilizaba armas no podría desarmarle, agarró bien fuerte el hacha y se lanzó hacía él, Phenatos  esquivó el golpe girando ligeramente su cuerpo, el hacha se clavo en el suelo, utilizando su talón Phenatos lanzó el hacha por los aires, al mismo tiempo que saltaba para cogerla, Megrez tardó unos segundos en comprender que es lo que había pasado y aceptando su derrota cogió el hacha que le había quitado su padre y juntos se dirigieron a casa.

 

Nada mas llegar escucharon los angustiosos gritos de Sagre, todos se parpadearon en su cuarto, Díadra se quedó con él para consolarle, Phenatos y Megrez salieron cerrando la puerta a sus espaldas.

 

Papá – dijo Megrez  – Si Sagre duerme con mamá esta noche ¿Puedo yo dormir contigo?

 

Claro que si – dijo PhenatosPero tendrás que ayudarme con la cena y luego subirle un plato a tu madre y a tu hermano.

 

Por supuesto – contestó Megrez con entusiasmo.

 

Y padre e hijo se dirigieron a la cocina, Megrez se sintió un poco más mayor con todo lo ocurrido aquel día y pensó que muy pronto le considerarían un adulto.

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