El imbécil (parte 5 de 5)

Buenos días Personas, aquí sigue “El imbécil”.

¿Qué tal lo leido hasta ahora? Pues ahora viene el final:

 

 

—Es algo más complicado pero sí, puedo sacarlas y esconderlas a voluntad —dijo Fánod.

 

—¿Por qué las tenías sacadas cuando viniste a verme la primera vez? —Pregunté.

 

—Como señal  de respeto —respondió Fánod—, es una manera de indicar que te veo como a un igual, que no deseo herirte, pero que presentarías un peligro para mí si lo quisieras, para mi pueblo, presentarse ante un desconocido exhibiendo las manos es una falta de respeto, porque le indicas que dudas tanto de su fuerza que serías capaz de vencerle sin emplear las garras.

 

—¿Crees realmente que soy un rival de tu nivel? —Pregunté.

 

—No, en absoluto —respondió Fánod—, pero como decís vosotros: “lo cortés no quita lo valiente”.

 

—Ya, pero si alguien se me aparece de repente esgrimiendo una navaja, lo último que voy a pensar es que quiere transmitirme un mensaje de respeto y que pretende entablar una conversación civilizada —respondí.

 

—Por eso abrí la boca, es una señal inequívoca de comunicación. —respondió Fánod.

 

—Sí claro, una boca llena de dientes como cuchillos —respondí.

 

—¿Cómo esperas qué te muestre respeto si no es exhibiendo todas mis armas? —preguntó Fánod—, ¿Hubieras preferido que me mostrase ante ti con una apariencia humana?

 

—Pues si te soy sincero sí, nosotros para señalar que no queremos conflicto lo hacemos presentando las manos vacías, sin miradas o gestos amenazadores —respondí.

 

—¿Y cómo demostráis respeto por la gente? —Preguntó Fánod.

 

—Varía mucho de una cultura a otra, pero normalmente no atacando a la gente o no amenazándola ya se le muestra respeto —respondí—, mira, los antiguos caballeros, cuando se encontraban con otro, levantaban la visera de su casco, para que pudieran reconocerse mutuamente, ese gesto ha llegado hasta nuestro días como el saludo de los militares, sólo que sin casco, seguro que lo has visto alguna vez, ponen la mano derecha plana y se la llevan a la frente.

 

—Sí, lo he visto —respondió Fánod—, ¿Quieres que nos saludemos así? ¿Debo saludar así a otros humanos?

 

—No, debes dar la mano —respondí—,  como has hecho conmigo, ¿Qué te ha hecho hacerlo?

 

—Os he visto hacerlo muchas veces, pensé que era lo adecuado —respondió Fánod.

 

—Pues sí, es lo adecuado, nada que resulte amenazador, tender la mano y hasta sonreír —dije—, esa es la forma respetuosa de presentarse ante alguien.

 

—Procuraré recordarlo —dijo Fánod con una sonrisa en el rostro.

 

—Por curiosidad, ¿Te presentas ante todo el mundo con las garras y los dientes afilados? —Pregunté.

 

—Claro, es nuestra forma de hacerlo, todos los de mi especie lo hacemos así —respondió Fánod.

 

—¿Y nunca os ha dado por pensar que la gente se siente amenazada si hacéis eso? —Pregunté.

 

—Sí, pero ya es la idea, vernos como una amenaza mutua genera respeto —contestó el espectro.

 

—Mira, puede que eso entre espectros os funcione muy bien, pero entre si interactuáis con humanos lo más seguro es que acabamos o huyendo o atacándoos —respondí—, y a juzgar por cómo reaccionaron los seres de esta tienda anoche y hoy, creo que a ellos tampoco los gusta.

—¿Qué quieres decir? —Preguntó Fánod.

 

—Mira a tu alrededor, la tienda está vacía —respondí—, ni siquiera están las putas polillas con sus jodidos portazos, bueno, a esas no las echo de menos.

 

—Comprendo, así que mis costumbres espantan a los demás —dijo Fánod.

 

—Tus costumbres y tu aspecto —maticé—, no son sólo las garras o los dientes, tu tamaño, cicatrices y algo raro que no se describir generan en ti un aura de pánico, es difícil no asustarse de ti.

 

—Ya veo, a partir de ahora reservaré mis garras y mis dientes para los de mi especie —respondió Fánod algo frustrado.

 

—No te ralles tío, es normal, ya lo dice el refrán: “allí dónde fueres, haz lo que vieres”. —dije para que Fánod se sintiera mejor.

 

Justo en ese momento, sonó en mi Casio el pitido que anunciaba la hora, al mirar el reloj comprobé que eran las 23:00, la hora de irme.

 

—Tengo que irme ya, pero podemos seguir con nuestra conversación en mi casa —le dije a Fánod—, si me esperas aquí subo enseguida, que tengo que fichar.

 

Fánod asintió con la cabeza, bajé al sótano, saqué mi cartera del bolsillo, la acerqué a la maquina, dos pitidos y LED verde, ya podía irme.

 

—Tu amigo está fuera —dijo Fánod.

 

—¿Pablo? ¿Qué hace aquí? —Pregunté retóricamente.

 

—Supongo que ha venido a convencerte de que vayas con él a su casa —respondió Fánod.

 

—Joder que pesado, supongo que no tengo más remedio que hacerle caso —respondí.

 

—¿Podré ir con vosotros? —Preguntó Fánod.

 

—No lo sé, no es mi casa —respondí—, pero creo que si Pablo te ve lo más seguro que hará sea atacarte.

 

Antes de que nos diéramos cuenta Pablo estaba atravesando las rejas, que mis compañeros siempre echaban al salir, y se dirigía hacia nosotros.

 

—Buenas noches “Allu” —dijo Pablo cuándo estuvo enfrente de mí—, he venido a buscarte, pensé que si dábamos una vuelta en coche y charlábamos te convencería de venirte a casa.

 

—Sí, de eso quería hablarte, verás…

 

—Hay alguien más aquí —dijo Pablo interrumpiéndome—, algo peligroso…¡Es el espectro!¡Corre, ponte a salvo en mi coche, lo entretendré!

 

—Pablo no lo entiendes…

 

—¡El que no lo entiendes eres tú! —Dijo Pablo interrumpiéndome de nuevo y chillando aún más fuerte—. ¡Súbete al coche y espérame allí!

 

—¡Pablo haz el puto favor de escucharme! —dije gritando yo también.

 

—¡No me obligues a controlarte la mente! —Chilló Pablo—, ¡Vete ya!

 

Pablo me cogió por los hombros y me empujó hacia la salida, haciéndome atravesar las verjas, entonces volvió a meterse dentro, volví a entrar rápidamente, Pablo daba vueltas por la tienda, parecía estar buscando algo, al verme dentro se dirigió apresuradamente hacía mí, cuando estuvo delante me dio una colleja.

 

—¿¡Que cojones haces!? —Pregunté enfadado y confundido.

 

—¡Te he dicho que esperes fuera y es lo que vas a hacer! —Gritó Pablo muy enfadado—, ¡Obedece!

 

Al gritar la orden noté como Pablo intentaba meterse en mi cabeza, dónde intentaba implantar un mensaje “debo esperar fuera”, instintivamente le di un puñetazo en la nariz, Pablo cayó al suelo, dónde aterrizó de espaldas, rápidamente se incorporó pero se quedó sentado, primero me miró a mí, con expresión de incredulidad, luego se llevo una mano a la nariz y luego miró la sangre que había en ella, volvió su mirada hacía mi.

 

—Lo siento —me disculpé—, no quería darte tan fuerte.

 

Pablo no contestó, se limitó a buscar un pañuelo en el bolsillo de su pantalón y se lo llevó a la nariz, donde lo apretó ligeramente.

 

—Obedece —dijo Pablo calmadamente mirándome fijamente a los ojos.

 

Volví a notar como quería entrar en mi mente, esta vez con más fuerza, tampoco lo logro.

 

—Obedece —repitió Pablo, pero sin lograr nada.

 

Sus ojos reflejaban ira, su pañuelo, todo teñido de rojo, había empezado a gotear sangre, manchando también su camisa de rojo.

 

—Maldita sea, ¿Por qué no obedeces? —Preguntó Pablo frustrado—, ¿Tan fuerte te has vuelto? ¿O es que no me atrevo a doblegar tu voluntad?

 

—No lo sé, ¿Cuál de las dos respuestas te haría menos daño? —Respondí.

 

—La te haga subir al coche —respondió Pablo—, ¿Tanto te cuesta ver que quiero salvarte? Un espectro ronda por aquí y estamos perdiendo el tiempo discutiendo entre nosotros.

 

—¿Tanto te cuesta ver que no necesito ser salvado? —Pregunté—, sí, hay un espectro, pero no es una amenaza, llevo un buen rato hablando con él.

 

Pablo puso unos ojos como platos, no daba crédito a lo que acababa de oír, noté como hacía ademán de decir algo, pero su mente estaba muy confusa, demasiado como para dejar salir algo coherente por su boca, Fánod debió percibir esa duda y decidió que podría aprovecharla.

 

—Buenas noches, mi nombre es Crorebfánodia —dijo Fánod apareciéndose delante de Pablo y tendiéndole la mano—, pero supongo que tú también puedes llamarme Fánod.

 

Pablo miró al espectro, luego me miró a mí, a través de la translucida piel de Fánod, luego miró la mano que este le tendía, luego su mirada se perdió, justo antes de desmayarse. Rápidamente corrí hacía él para levantarse la cabeza, quería evitar que la sangre fuera hacía atrás, al tocarle y sin saber cómo activé unos poderes que ni sabía que tenía, poderes que debían venir de mi padre y que curaron la nariz de Pablo, la cual recuperó su forma y color habitual, además de que cesó su sangrado, poco después Pablo recobró el conocimiento.

 

—¿Dónde estoy? —Preguntó Pablo algo confuso.

 

—Estás en la tienda —respondí—, ¿Te acuerdas de por qué has venido aquí?

 

—Sí, y también me acuerdo del puñetazo —respondió Pablo enfadado—, y del espectro también, tienes mucho que explicarme.

 

—Lo haré, en el coche y en tu casa —respondí—, pero con una condición.

 

—Que el puto espectro también viene —respondió Pablo—, puede que no sea capaz de hacerte obedecer, pero tus pensamientos si puedo leerlos.

 

—No lo llames “puto espectro”, llámalo Fánod —dije—, puede que no lo parezca pero tiene sentimientos.

 

—Bueno, está bien, Fánod —respondió Pablo—, ¿Y Fánod come mucho? Porque Marc sólo ha hecho cena para tres…

 

—No me seas quisquilloso con eso —dije—, estoy seguro que nos apañaremos.

 

—Vale, pero se lo explicas tú —respondió Pablo levantándose—, deberíamos empezar a irnos, se hace tarde, Marc nos va a matar.

 

—No pienso ir a un lugar en dónde se nos va a dar muerte a todos —dijo Fánod.

 

—No, a ver, es una forma de hablar —dije para tranquilizar a Fánod—, significa que nos va a caer una buena bronca si le hacemos esperar mucho.

 

—¿Por qué? —Preguntó Fánod.

 

—Porque es descortés e irrespetuoso hacer esperar mucho a alguien que te ha preparado la cena, ¿Comprendes? —respondí.

 

—Oh, claro, sí, sería insultar a su hospitalidad —dijo Fánod—, en ese caso debemos irnos ya, no sea que nos, como decís vosotros, “mate”.

 

Ellos se me adelantaron y salieron de la tienda, yo me entretuve apagando todas las luces y echando un último vistazo a todo antes de marcharme, por algún motivo tenía la sensación de que tardaría mucho en volver a aquella tienda y me sorprendió muchísimo que pudiera pensar que acabaría echándola de menos. Desde dentro pude escuchar la conversación que Pablo y Fánod mantuvieron.

 

—Antes de que subas al coche Fánod, ¿Crees que podrías adoptar una apariencia humana? —Le preguntó Pablo.

 

—Podría —respondió Fánod—, pero sólo si me dices por qué.

 

—Pues porque llevar un espectro en el asiento trasero en una ciudad dónde viven algo más de 4 millones de personas no entra en la definición de “discreción” —respondió Pablo —,  además yo me sentiría más cómodo si tengo a mis espaldas una figura que me resulte menos intimidante.

 

—Bien, vale, de acuerdo, seré un humano —dijo Fánod mientras su piel se tornaba de color crema tostado, su tamaño disminuía y le crecían piernas, también creyó conveniente crear la ilusión de que estaba vestido y calzado.

 

—¿Podemos marcharnos ya?  —Preguntó Fánod con una voz una octava más alta de la habitual.

 

—En cuanto salga Daniel de la tienda —respondió Pablo.

 

Salí de la tienda  y me subí al coche, en el lado del copiloto, atrás iba Fánod y conduciendo Pablo, el cual parecía no estar muy cómodo con la idea de que un espectro estuviese detrás de él, aunque a todos los efectos pareciese humano. Durante el trayecto estuvimos hablando un poco de todo Pablo y yo, Fánod no intervenía mucho en nuestra conversación, tampoco es que tuviera mucho que decir u opinar sobre temas que estoy seguro que desconocía.

 

—¿Y qué pasó luego abuelo— Preguntó mi nieto Andrés.

 

—Sí, cuéntanos la historia de cómo os casasteis tú y la abuelita rosa— dijo mi nieta Claudia.

 

—No, cuéntanos mejor la gran batalla que hubo entre las personas negadas, cuéntanos cómo tú y los monstruos destruisteis tanques a puñetazos —dijo mi nieto Bruno

 

—Me temo que eso tendrá que ser otro día —dijo Rosa—, es tarde y os tenéis que ir todos a la cama.

 

—Jooooooo… —respondieron mis tres nietos al unísono.

 

—Va yayo, cuéntanos otro cuento —imploró mi nieto Andrés.

 

—No, por hoy es suficiente —respondí—,  dar las buenas noches y marcharos a la cama ya.

 

—Buenas noches yayo y yaya —dijo mi nieta Claudia.

 

—Que durmáis bien —dijo mi nietoa Bruno.

 

—Mañana espero mi cuento —dijo Andrés irreverente.

 

Entonces los tres subieron a paso decidido las escaleras que llevaban a una de las habitaciones de invitados, dónde tres camas les esperaban. Sentado en mi butaca observé la silueta de una ciudad, que muy probablemente hoy no existiría si hace cincuenta años no nos hubiéramos alzado y hubiéramos reclamado lo que por derecho nos pertenecía, a nosotros, a lo que antaño llamé” monstruos” y hoy tengo el placer de llamar amigos, y a los seres mundanos, que quisieron hacer de este un mundo mejor, para todo aquel que tuviera la fortuna de haber nacido en él.

El imbécil (parte 4 de 5)

Buenos días Personas., una nueva entrada de “el imbécil”.

 

¿Os gustó la parte del lunes? Pues ahora viene la penúltima:

 

—Estás poniendo demasiada cola —dijo una extraña voz tras el mostrador en el que estaba.

 

Alcé la vista y vi al espectro de la noche anterior, aunque había algo diferente en él en aquel primer momento no supe que fue, pues no me paré a observarlo.

 

—¿Has venido a matarme? —Pregunté con tanta tranquilidad que hasta a mi me sorprendió.

 

—No —respondió el espectro—, ¿Y tú? ¿Vas a matarme a mí?

 

—Eso depende —respondí— ¿Alguna vez mataste a seis personas y dejaste a una malherida?

 

—No, yo sólo lucho contra los de mi especie y por honor, nunca he matado a nadie —respondió el espectro.

 

Los dos nos quedamos en silencio, sin mirarnos. Él se había dado la vuelta y yo devolví mi atención al sonajero de cuentas de madera que estaba montando. Ahora el espectro no me daba miedo, bien mirado parecía más humano de lo que me hubiera imaginado a simple vista.

 

—¡Mierda! —Exclamé al darme cuenta que me había dejado una cuenta sin poner en el sonajero.

 

El espectro se giró, vio el sonajero y la cuenta separada, tomó ambos, uno en cada mano, volvía la cuenta inmaterial y la situó en la posición que le tocaría, después la volvió material, acabando el sonajero.

 

—Toma, debes tener más cuidado —me dijo dándome el sonajero.

 

—Gracias, estas cosas no se me dan nada bien —le dije.

 

—Lo sé —me respondió— te he estado observando desde que entraste, llevo tiempo queriendo hablar contigo.

 

—¿Conmigo? ¿Sobre qué? —Pregunté intrigado.

 

—He visto que prefieres expulsar a los seres de aquí en lugar de matarlos y sólo lo haces cuando se pasan de la ralla —dijo el espectro—, llevo mucho tiempo esperando alguien como tú para poder tener una conversación.

 

—¿A qué te refieres con “como yo” —pregunté.

 

—Los humanos que tenéis habilidades especiales atacáis a todo lo que no es humano nada más verlo —dijo el ser—, sin provocación alguna, sin deciros nada, es vernos y os lanzáis encima de nosotros, todas estas cicatrices me las han hecho personas.

 

Había un gran pesar en las palabras del espectro, más que resentimiento era lástima, no me costó mucho entender por qué.

 

—¿Hay más como tú? —Pregunté—, que solo quiera hablar, me refiero.

 

—Casi todos —respondió el espectro—, los que tenemos consciencia preferimos evitar el conflicto, en cuanto al resto, bueno, ni los más salvajes matan sin motivo.

 

—Pero nosotros sí —respondí—, es lo que nos enseñan, es lo que aprendemos, sin cuestionarlo, nos meten en la cabeza que todos sois amenazas y que debemos librarnos de ellas.

 

—Conozco la labor del Ministerio —dijo el ser—, muchos nos alegramos cuando supimos que había cerrado, fue cuando empezamos a tener paz de nuevo.

 

—Sí, supongo que para vosotros debió de ser un alivio —respondí.

 

—Lo fue —dijo el espectro—, muchos de los nuestros han venido a vivir aquí desde entonces.

 

—Eso explica porque de repente tenía la sensación de que había más criaturas de lo normal —dije.

 

—¿Supone eso un problema? —Preguntó el espectro.

 

—No, para nada —respondí—, era sencillamente una observación.

 

—Bien, porque nosotros llevamos mucho más tiempo aquí que vosotros —dijo el espectro.

 

—¿Quieres decir que tú ya existías antes de que los humanos poblásemos el planeta? —Pregunté.

 

—Sí y no —respondió el espectro—, yo apenas tengo trescientos años, pero mi raza y otras muchas, adquirieron conciencia y raciocinio cuando vuestra especie era sólo una diminuta rata que huía de los dinosaurios.

 

—¿Una rata? —Pregunté— Creía que veníamos de los monos.

 

—Antes de ser monos fuisteis ratas —dijo el espectro—, y antes que ratas fuisteis gusanos.

 

—¿Gusanos? —Pregunté algo asombrado.

 

—Sí, un gusano marino, primero ciego, y luego a través de generaciones, capaz de ver —respondió el espectro.

 

—¿Cómo sabes todo eso? —Pregunté aún más asombrado.

—Os hemos observado desde hace mucho, viendo lo que podríais ser, lo que hubieseis poder sido y lo que seréis —respondió el espectro.

 

—¿Te refieres a los humanos? —Pregunté.

 

—No, no solo a los humanos, a todas las criaturas que llegaron después de nosotros —respondió el espectro—, aquellas que generó el planeta.

 

—¿Pretendes decirme que no sois de este planeta? —Pregunté.

 

—Técnicamente no —respondió el espectro—, aunque la verdad es que somos de este planeta, pero pertenecemos a un plano de existencia superior.

 

—¿Un plano de existencia superior? —Pregunté sin saber a qué se refería el espectro.

 

—Las distintas realidades están divididas por niveles, cada universo está ubicado en un nivel concreto, este no es una excepción —dijo el ser—, hay universos situados a los lados, arriba y abajo de cada uno de ellos.

 

—Uooooo, frena tío —respondí—, no he entendido una mierda de lo que has dicho.

 

El espectro soltó un respiro, supuse que de resignación, antes de continuar.

 

—Imagina un árbol de navidad —comenzó el espectro con su explicación—, ahora imagina que cada una de los adornos que cuelgan de él contienen todo un universo.

 

—Ajá, sí, un árbol de navidad, lo veo —respondí.

 

—Pues como sabes en el árbol los adornos están puestos de manera que algunos quedan arriba, otros abajo, otros a los lados, algunos cerca y otros lejos —continuó el espectro—, incluso hay algunos que están en, digamos, las antípodas, porque no olvides que el árbol es un objeto de tres dimensiones.

 

—Entiendo, eso ya tiene más sentido para mí —respondí—, ¿Y tu bola del árbol está muy lejos de esta?

 

—No, está justo encima —respondió el espectro—, de hecho forma parte de la misma, los “adornos” como tú los llamas, tienen tres partes: el elemento central  y más grande, que es dónde estamos ahora y dos elementos más, de tamaño más pequeño, situados en la parte superior y la inferior del elemento central, yo vengo del primero.

 

—Vistos desde fuera tienen que tener una forma un poco extraña —respondí.

 

—En realidad tienen forma de esfera —respondió el espectro—, sólo que no ha divisiones reales, la parte de los polos formarían dos lugares distintos de la realidad, el resto de la esfera es dónde vivís vosotros, es vuestro universo.

 

—Defíneme universo —le dije al espectro.

—Pues todo lo que vosotros llamáis espacio —respondió el ser—, con sus planetas, estrellas, galaxias y todo eso.

 

—¿Tu parte de la esfera es igual? —Pregunté—, quiero decir: hay un espacio, planetas y esas cosas.

 

—Es exactamente igual —respondió el ser—, de hecho todas las realidades son así: todas están compuestas por un gran universo y dos universos más pequeños en los extremos.

 

—Comprendo —respondí.

 

—¿No me vas a preguntar si tienen alguna utilidad esos dos universos de los extremos o si en todas las realidades están así por algo? —preguntó el espectro.

 

—Oh perdona, no pensé que eso tuviera una razón para ser así, ni siquiera una utilidad —respondí.

 

—Pues la tiene y una muy útil —respondió el espectro—, permite que se puede viajar entre universos, a través de los extremos se puede ir a distintas realidades, funciona como pasillos que conectan las diferentes habitaciones de una casa.

 

—¿Tú has viajado a otros universos? —Le pregunté al espectro.

 

—No, yo no —respondió el espectro—, pero mi familia cuenta la historia de un joven, que llegó alrededor del año setecientos antes de Cristo, a la ciudad de Atenas y que estuvo viviendo allí muchos años.

 

—¿Qué tenía de especial esa persona? —Pregunté.

 

—Decían de él que no envejecía nunca, que tenía habilidades sobrenaturales que nadie poseía —respondió el espectro—, y lo más raro de todo, decían que de vez en cuando, sacaba unas alas de un color añil intenso y que si le daba una de las plumas a una persona esta resucitaba de la muerte una vez, y luego la pluma desaparecía.

 

—Sorprendente —respondí—, ahora que lo dices me suena haber oído esa leyenda,  aquel hombre hablaba de dioses, como los de la antigua Grecia, pero con otros nombres y funciones.

 

—Así es —respondió el espectro—, aunque pocas, aquí aun quedan religiones politeístas, incluso algunas monoteístas que creen en vírgenes, santos y ángeles.

 

—Y demonios —respondí—, la gente también cree que existen demonios, de hecho alguien diría que tengo uno delante ahora mismo.

 

—Yo no me considero un demonio —respondió el espectro—, si acaso un ángel.

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté.

 

—La cultura popular asume que los seres que vienen del universo superior son los “ángeles” y los que vienen del inferior son los “demonios” —respondió el espectro— y yo vengo de arriba.

 

—Ya tío, ¿Pero por qué cojones me cuentas a mi todo esto? —Pregunté.

 

—Porque llevo mucho tiempo sin hablar con nadie —respondió el espectro—, todos huís cuando estoy cerca.

 

—Es que das un miedo acojonante joder —respondí con brutal sinceridad.

 

—Yo no tengo la culpa de tener este aspecto —respondió el espectro—, ni tampoco de que la mayoría de mis congéneres sean unos salvajes sedientos de sangre.

 

—No, supongo que no —respondí—, pero eso no responde del todo a mi pregunta, ¿Por qué te has acercado a mí para hablarme?

 

—Porque me he enterado de lo planeáis hacer un gran grupo de personas como tú —respondió el espectro—, y queremos formar parte, queremos dejar de ser perseguidos y atados por vosotros.

 

—¿Cómo cojones te has enterado de eso? —Pregunté alucinado.

 

—Ayer te seguí hasta tu casa, y esta mañana estaba presente en la conversación mental que habéis mantenido tu amigo y tú —respondió el espectro.

 

Me tomé un tiempo para pensar en todo lo que había dicho el espectro, aquel malnacido me había seguido hasta casa, había burlado mis protecciones, me había mirado mientras dormía, y seguramente también mientras me duchaba, luego me había seguido y se había metido en mi cabeza, y todo sin que Pablo ni yo nos diéramos cuenta.

 

—Eres un hijo de puta —le espeté al espectro—, eres un jodido acosador, ¿Me has visto en pelotas?

 

—¿Acaso crees que tengo interés en verte desnudo? —Respondió el espectro—, sí,  te seguí hasta tu casa, pero me quedé fuera, ¿Tengo modales sabes? Además, tienes una protecciones muy buen puestas, si hubiera entrado lo hubieras sabido.

 

Saber que no pudo entrar en casa me tranquilizo, mucho, si algo como él no podía entrar significada que pocas cosas podrían hacerlo, al menos tenía un lugar seguro en el mundo.

 

—Vale, bien, no has estado en mi casa, pero sigue siendo de mala educación escuchar las conversaciones ajenas —le dije al espectro—, por no decir del hecho de meterse en sus cabezas.

 

—Respecto a eso debo decir que no me costó demasiado —respondió el espectro—, a decir verdad no me costó nada, tu amigo estaba transmitiendo sus pensamientos tan fuerte que en algunos momentos llegué a dudar de que no estuviera hablando en lugar de comunicándose mentalmente contigo.

 

—¿Tan alto lo oías? —Pregunté.

 

El espectro asintió con la cabeza.

 

—Toda la calle os habría oído si hubiese tenido la capacidad —respondió el espectro—, es más, creo que tu amigo pretendía ser escuchado, porque estoy seguro de que siendo telépata sabe crear canales de comunicación seguros y privados.

 

—¿Y por qué haría eso Pablo? —Pregunté más para mi mismo que para el espectro.

 

—Tal vez quería ponerte a prueba, tal vez estaba interesado en que alguien más os oyera —respondió el espectro.

 

—O tal vez se ha vuelto un descuidado, o un inconsciente, o ambas con la edad —dije.

 

—La cuestión es que yo no os espié —respondió el espectro.

 

—¿Crees que Pablo pudo notar tu presencia? —Pregunté—, tal vez supiera que estabas allí y quiso hacerte partícipe de nuestra conversación, tal vez por eso me invitó a ir a su casa, porque se pensaba que estaba en peligro, tal vez por eso me habló de aquel jodido espectro que les atacó a él y a mis padres hace diez años.

 

—Es posible que tu amigo notase mi presencia, al ser telépata pudo sentir mi mente —respondió el espectro—,  pero es imposible que supiera dónde estaba o quién era, así que me decanto por pensar que creyó que era uno de vosotros que estaba por los alrededores y quiso hacerme participe de vuestra conversación.

 

—¿A cuánta distancia dirías que estaba transmitiendo Pablo sus pensamientos? —Pregunté.

 

—Pues yo diría que podría estar cubriendo todo el barrio—respondió el espectro—, puede que algo más.

 

—¿Crees que había más personas como nosotros en la cafetería esta mañana? —Pregunté.

 

—Diría que unos cuantos —respondió el espectro—, ¿Por qué lo preguntas?

 

—Tengo la corazonada de que Pablo quedó con más gente esta mañana —respondí—, estuvo un rato hablando conmigo, hasta que llegaron todas las personas con las que había quedado, entonces empezó a contarles el plan que se traen entre manos, por eso no le alertó que hubiera gente escuchando sus pensamientos, ya se lo esperaba, debió creer que tú eras uno más.

 

—Eso lo explicaría todo —respondió el espectro.

 

—A la perfección —dije—, Pablo es un hombre jodidamente ocupado, hacer eso le ahorraría mucho tiempo, además haría que también se enterase gente que no conoce y a la que sería difícil reclutar de otra forma, y supongo que me invitó a su casa para darme más detalles en privado.

 

—O para tenerte cerca —respondió el espectro—, cuando uno monta una revolución suele querer tener agrupadas a sus personas de confianza, ya sabes, para compartir los planes y demás.

 

—Sí, Pablo me estaba reclutando y yo no me he dado ni cuenta —respondí.

 

—Bueno, no suele pasar muy a menudo que quedes a tomar un café con alguien y acabes formando parte de un golpe de estado —respondió el espectro.

 

—No, apenas me ha pasado dos o tres veces en mi vida —bromee.

 

—Igual que a mí —respondió el espectro entre carcajadas.

 

—Oye, ¿Tienes nombre? —Pregunté tras una breve pausa—, llevamos un rato hablando y aún no se cómo debo dirigirme a ti.

 

—Me llamo Crorebfánodia —respondió el espectro—, pero antes de que te rompas la lengua intentando pronunciarlo me puedes llamar Fánod.

 

—Fanod, mucho mejor gracias —contesté—, Yo soy Daniel, pero me puedes llamar “Allu”.

 

—Encantado “Allu” —dijo es espectro tendiéndome la mano, una mano que parecía de lo más humana, sin aquellos dedos-garras tan amenazadores que vi la última vez.

 

—¿Dónde te has dejado las zarpas? —Pregunté al mismo tiempo que le estrechaba la mano.

 

Fánod  puso su mano derecha  en perpendicular a su cuerpo, entonces sus dedos empezaron a crecer, ensancharse y a palidecer, hasta transformarse en las garras que vi en nuestro primer encuentro, luego en un proceso inverso volvieron a ser dedos.

El imbécil (parte 3 de 5)

Buenos días Personas, otra entrada más sobre “el imbécil”.

¿Qué tal va la lectura del relato? ¿Os gustó la perte del sábado? Pues aquí tenéis la continuación:

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté con un hilo de voz y la esperanza de que hubiera oído mal o de que “pareja” se refiriera a otra cosa.

 

—Los tres estábamos enamorados entre nosotros —dijo Pablo después de soltar un corto suspiro—, vivíamos juntos y hacíamos cosas de pareja los tres, nunca lo ocultamos.

 

—¿Cómo surgió eso? —Pregunté sin estar seguro de querer saber la respuesta.

 

—Verás, cuando nosotros entramos en el Ministerio todo aquello era muy diferente, el Ministerio era una entidad muy antigua y como tal tenía algunas formas de proceder también muy antiguas, los exámenes de admisión eran una de ellas, muy duros a mi parecer. —dijo Pablo.

 

—¿Cómo de duros? —Pregunté para hacerle patente que seguía escuchándolo.

 

—Te ponían en grupos de cinco y te mandaban lejos a sobrevivir en condiciones extremas durante dos meses —respondió Pablo—, si sobrevivías te entrenaban si te rendías, bueno, te relegaban a trabajo administrativo o si eras bueno en curación te mandaban a la unidad médica.

 

—Suena muy duro, ¿No te dejaban volver a intentarlo? —Pregunté.

 

—No, te tocaba joderte y desperdiciar tu talento —respondió Pablo—, ¿Sabes cuánta gente con mucho potencial para el combate no sabría sobrevivir ni dos días? Aquellas pruebas sólo servían para ver lo duro de matar que eras y lo que estabas dispuesto a hacer para sobrevivir, no servían de una mierda, dos años después de que las hiciéramos nosotros las cambiaron al modelo que tu conoces.

 

—Primero te enseñan y luego te ponen a prueba, si fallas puedes volver a intentarlo —le respondí a Pablo.

 

—Exacto, un modelo mucho más efectivo, se miden muchas más capacidades y no te tira a la basura por tener un mal día —dijo Pablo—, la cuestión es que allí estábamos nosotros tres, no sé en qué desierto, nuestros otros dos compañeros se habían negado a venir, ellos ya querían un trabajo de meatinteros, así que ni lo intentaron.

 

—Ya claro, si el premio de consolación ya les venía al pelo para qué esforzarse —intervine.

 

—El caso es que, no sé si has estado nunca en un desierto, pero todo el calor que hace de día se vuelve en frío de noche, temperaturas bajo cero, no teníamos ni tienda de campaña, ni provisiones, ni agua, ni herramientas —continuó Pablo—, tu madre hizo fuego y lo mantuvo, tu padre se arrancó un dedo y nos dijo que nos lo comiéramos…

 

—¡¿Cómo?! —Pregunté sorprendido y sin ponérmelo creer—, ¡¿En serio hizo eso?!

 

—Sí, un chaval que no conocíamos de nada, se arrancó un dedo y nos lo ofreció, llevábamos todo el día sin comer, antes de que nos diéramos cuenta le había vuelvo a crecer otro dedo, se arrancó uno más y también nos lo ofreció —siguió Pablo con la historia.

 

—¿Y os lo comisteis? —Pregunté lleno de curiosidad.

 

—¿Tú te comerías el dedo de alguien que puede regenerar sus miembros?  —Preguntó Pablo.

 

—No, supongo que no —respondí.

 

—Pues nosotros tampoco, aquella noche no —dijo Pablo—, a la mañana siguiente utilizamos el fuego que creó tu madre para cocinar los dedos de tu padre, así nos asegurábamos de no se iba a regenerar dentro de nuestro estómago.

 

—¿Mi padre no comió nada? —Pregunté.

 

—Tu padre era inmune al hambre, a la sed y a las heridas —contestó Pablo—, podría haber aguantado años antes de necesitar comer realmente.

 

—¿Y cómo murió entonces? —Pregunté.

 

—Aquel espectro anuló sus poderes —dijo Pablo con un deje de tristeza en la voz—, cada herida que provocaba en tu padre se quedaba allí, aquello nos desconcertó a todos, para tu padre el golpe fue doble, nunca había sangrado, nunca había sentido verdadero dolor.

 

—Debió de ser  un combate muy duro —respondí.

 

—Lo fue, pero ha pasado mucho tiempo desde entonces —respondió Pablo—, tus padres y yo hemos estado muy unidos desde que nos conocimos en el examen de ingreso en el ministerio.

 

—¿Y qué pasó entonces? —Pregunté con verdadera curiosidad

 

—Que tu madre se quedó embarazada de ti y yo no soy la clase de personas que le gustan los niños, así que me hice a un lado, tus padres se casaron, para alegría de todos y dejamos nuestra relación en amistad —Contestó Pablo.

 

—¿Pero tú te volviste a casar no? —Pregunté al recordar vagamente ese hecho y ver un anillo en su dedo.

 

—Oh sí —contestó Pablo levantando su mano izquierda y girándola al mismo tiempo que miraba su anillo—, Marc se convirtió en mi marido en 2005, es una persona normal, no es como nosotros.

 

—Así que estás casado con un hombre, nunca me lo habías dicho —respondí.

 

—Tampoco me lo has preguntado —dijo Pablo—, la única gran mujer que he amado nunca ha sido tu madre y desde que conocí a Marc él ha sido el gran hombre de mi vida.

 

—Dime una cosa —dije dando un sorbo a mi café—, ¿Hay alguna posibilidad de que seas mi padre?

 

—Ninguna —respondió Pablo—, cuándo tú naciste los test de paternidad ya estaban inventados, además, tienes los ojos azules, algo que no podrías tener si fueras mi hijo, genes dominantes y esas cosas.

 

—De modo que yo jodí vuestra relación  —dije—, debes de estar ligeramente cabreado conmigo.

 

—Para nada —contestó Pablo—, tú sencillamente llegaste de repente, si hubiéramos querido seguir juntos lo hubiéramos hecho, tu nacimiento solo aceleró una decisión que ya estaba en la mente de todos.

 

—Comprendo —respondí.

 

Luego hubo un silencio que aunque no era incómodo no dejaba de ser inoportuno.

 

—Anoche vi a un espectro —dije rompiendo el silencio.

 

—¿De qué tipo? —Preguntó Pablo.

 

—De los azules y sin trasparencias —respondí.

 

Pablo se quedó mirándome boquiabierto.

 

—Capullo, no hagas esas bromas —dijo Pablo dándome un considerable puñetazo en el brazo—, por poco me lo trago.

 

—Es verdad —respondí frotándome con la mano el lugar dónde me había golpeado—, estaba en el sótano de la tienda dónde trabajo.

 

—Mira, toda broma tiene un límite —dijo Pablo con tono severo—, es imposible que hayas visto uno azul.

 

—Pero si es cierto, ¿Por qué dices que es imposible?

 

—Es peor espectro de que se ha tenido constancia ha sido uno rojo,  bastante translucido, sólo tenía las garras tangibles, unas garras rosa chicle, las mismas garras que mataron a tus padres y a cuatro personas más —respondió Pablo—, esas garras de color ridículo y de aspecto inofensivo mataron a seis personas y me hirieron de gravedad a mí.

 

—Léeme la mente si no me crees —respondí alzando la voz.

 

Pablo me miró unos instantes, parecía que quería reprochar, pero debió de notar que estaba demasiado convencido de lo que decía, luego me miró más fijamente, noté como quería mirar mis recuerdos y le dejé hacerlo. De repente su boca se desencajó y su rostro palideció de golpe, abrió los ojos como platos y su pupila se tornó tan fina como la punta de un alfiler, no cabía duda: estaba viendo al mismo espectro que yo vi anoche y al igual que yo recibió el terror que emanaba aquel ser.

 

—¡Cielo santo! —exclamó Pablo casi sin aliento—, ¡Era cierto! ¡Has visto un espectro azul de verdad! ¡Y qué pedazo de garras! ¡Es un milagro que sigas vivo!

 

—Lo sé, a mi también se me pusieron los cojones de corbata —respondí.

 

—¡Camarero! —Exclamó Pablo llamando al chico que limpiaba la mesa de nuestro lado—, tráigame la mejor botella de whisky que tengan y dos vasos, por favor.

 

—Señor son las ocho de la mañana —respondió el camarero mirando el reloj de su muñeca—, ¿No cree que es un poco pronto para empezar a beber?

 

Pablo miró fijamente a los ojos del camarero y noté como manipulaba su mente, el camarero se giró y entro al bar, al momento el camarero volvió con la botella y los dos vasos, lo dejó todo en nuestra mesa sin decir nada y luego volvió a la tarea de limpiar la mesa.

 

—No deberías hacerle eso a la gente —le espeté a Pablo—, luego os extraña que nos tengan miedo.

 

—Él no debería cuestionar los pedidos de sus clientes —respondió Pablo bebiéndose de un trago el vaso de whisky y volviéndoselo a llenar hasta arriba—, además me hacía mucha falta, por poco me cago encima cuando he visto al espectro en tu recuerdo.

 

—Dímelo a mí —respondí—, en cuánto fiche salí de allí mediante teletransporte.

 

—Quizás no debiste hacerlo —advirtió Pablo.

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté.

 

—No sabemos gran cosa de los espectros  —respondió Pablo—, si te teletransportaste a casa es probable que es espectro pueda seguir tu rastro y atacarte allí mientras duermes, debiste saltar a varios sitios antes de ir a tu casa.

 

—No lo pensé, tuve miedo y lo hice casi por instinto —respondí.

 

—Tal vez deberías quedarte a dormir en mi casa, sólo hasta que comprobemos si tu casa es un lugar seguro —dijo Pablo.

 

—¿Y no os molestaré a ti y a Marc? —Pregunté—,No quisiera importunaros.

 

—No molestarás —respondió Pablo— nuestra casa tiene varias plantas, cada una de ellas tiene dormitorios, baños y cocina, están pensados para ser independientes, ni siquiera notaremos que estás allí.

 

—Vaya, sí que vives bien, debe de haberos costado un riñón —respondí.

 

—No creas —respondió Pablo—, el ministerio sabía cuidar muy bien a sus miembros, en especial aquellos que ostentábamos un gran cargo.

 

—¿No te afectó su disolución? —Pregunté.

 

—No, no negativamente —respondió Pablo—, me mantuvieron el sueldo y además me dieron una indemnización por despedirme.

 

—Joder y yo vivo en un zulo carísimo y tengo que trabajar rodeado de mierdas sobrenaturales que cuándo no intentan joderme lo que quieren es matarme —respondí asqueado.

 

—Justo de eso quería hablarte —dijo Pablo.

 

—¿De mi vida de mierda? —Pregunté con sarcasmo.

—Más o menos —contestó Pablo entre risas—, pero en voz alta no, mentalmente.

 

—De acuerdo —respondí.

 

—”Un grupo de antiguos miembros estamos reuniendo gente del ministerio” —dijo Pablo en mi mente—, “pretendemos dar un golpe de estado”.

 

—”Eso suena muy jodido, ¿Y las represalias?” —respondí mentalmente.

 

—”¿Qué nos van a hacer? La gente corriente no puede con nosotros, ni con un ejército, ni armas, ni tanques” —respondió Pablo en mi cabeza.

 

—”¿Y el resto de Europa” —Pensé—, “Ya cerraron el ministerio, ¿Te crees que se quedaría sin hacer nada”.

 

—”La situación de los nuestros en el resto del mundo no es mucho mejor que aquí” —dijo la voz de Pablo en mis pensamientos—, “he hablado con varias personas y están dispuestas a organizar golpes de estado simultáneos, tomaremos el control de los gobiernos a la vez”.

 

—”¿Y después?” —Pensé—, “¿Qué pasará cuando tengamos al mundo sometido?”

 

—”Trabajaremos por un futuro mejor para todos, seres capaces y seres corriente, un futuro sin miedo, sin rencor y sin recelos, dónde nadie tenga que esconderse o ser ciudadano de segunda” —dijo Pablo mientras saboreaba su tercer vaso de whiskey.

 

—”Eso suena muy bonito, pero también utópico” —respondí en mi cabeza—, “¿Cómo piensas llevarlo a cabo? ¿Vas a controlar las mentes de todas las personas para que nos acepten”

 

—”No, vamos a tomar el poder, vamos a defendernos y cuando pierdan, porque perderán, vamos a tenderles una ofrenda de paz, con unas condiciones concretas” —sonó Pablo en mi cabeza—, “esas condiciones asegurarán un futuro para todos, en ese momento empezaremos a hacer desde cero las cosas, junto a ellos, en lugar de aceptar un sistema que nos oculta cuando no nos quiere y nos llama cuando nos necesita”

 

—”Cuenta conmigo” —respondí mentalmente—, “pero quiero que se derrame la menor sangre posible, quiero que se les ofrezca una rendición pacífica, se busque a aquellos que se rindan y se les proteja, que no se les obligue a tomar parte en una lucha de la que no quieren saber nada”.

 

—”Esa era nuestra idea desde el principio” —respondió Pablo mentalmente—, “ahora sigue con tu vida normal, no hables con nadie de esto, ¿Entendido?

 

—”¿Me cuentas algo tan gordo como es un golpe de estado y pretendes que me quede como si nada?” —Pregunté en mi cabeza—, “¿Crees que me voy a quedar tan tranquilo como si me hubieras dicho que ha ganado el Getafe?

 

—”Sé que este asunto no deja indiferente” —respondió Pablo en mi cabeza—, “y sé también que tienes muchísimas preguntas, pero trata de mantener la calma, y repito, no se lo cuentas a nadie, ¿Queda claro?”

 

—”Clarísimo” —conteste en mi cabeza, haciendo un gran esfuerzo por reprimir mis deseos de partirle la cara por decirme algo tan grave y luego dejar del tema de golpe.

 

—Oh y  por favor —dijo Pablo—, procura que no te mate el espectro en esa juguetería, no me gustaría perderte a ti también.

 

—Procuraré cuidarme —respondí— aunque hay algo que no me has contado, ¿Cómo derrotasteis al espectro que mató a mis padres?

 

—No lo hicimos —respondió Pablo—, quedé inconsciente y cuándo me desperté ya estaba en un hospital del ministerio, el resto de la historia ya la sabes: el funeral, las medallas al valor, tu adopción por parte del ministerio y tu ingreso en el internado de formación gestionado por el Ministerio.

 

—¿Entonces el espectro que mató a mis padres sigue vivo? —Pregunté.

 

—Eso me temo —respondió Pablo.

 

—¿Crees que puede ser el que vi en el sótano de la juguetería dónde trabajo?  —Pregunté.

 

—No tengo ni la menor idea —respondió Pablo—, pero yo de ti no bajaría allí más.

 

—No puedo hacer eso —respondí—, la máquina de fichar se encuentra en se sótano, también están allí el almacén y el taller de reparación.

 

—En ese caso ve con cuidado —respondió Pablo apurando su tercer vaso de whiskey.

 

—Lo tendré —contesté—, y tú deberías vigilar con el alcohol, a este paso vas a terminarte la botella.

 

—Lo que tenga que pasar, pasará —respondió Pablo llenando su cuarto vaso.

 

—Al menos tengo la certeza de que no te vas a beber un litro de whiskey —dije.

 

—No, las botellas son de de setecientos cincuenta mililitros —respondió Pablo haciendo patente que había entendido a lo que me refería.

 

—Creo que casi media botella ya es suficiente por ahora —dije.

 

—Creo que tienes razón —respondió Pablo cerrando la botella enroscando su tapón—, por ahora es suficiente.

 

Y los dos nos quedamos en silencio, acabándonos yo mi croissant y el su mini bocadillo. No necesitábamos decirnos nada más. Mondadientes seguía distraído con las palomas, de vez en cuando nos miraba, observando nuestro silencio, cuando se aburría de nosotros volvía a las palomas, a las que se habían añadido algunos gorriones. Pablo insistió en invitarme, cosa que acepté después de no resistirme demasiado, había quedado con Rosa para comer ese mismo día y minimizar los gastos haría bien a mi cuenta corriente. La comida con ella fue genial, ella dijo de invitarme, yo dije que la invitaba yo, al final cada uno pagó lo que había comido el otro, aunque dado el tipo de restaurante la cantidad de la cuenta era exactamente la misma. Llegó la tarde y mi turno en la juguetería. A las siete el lugar se quedó vacío como de costumbre, aunque esta vez también se había marchado todo ser sobrenatural, lo que me resultó extraño.

El imbécil (parte 2 de 5)

Buenos días Personas, segunda entre de “el imbécil”.

Os dejo la continuación del relato de anteayer.

 

“Mondadientes” me despertó de la manera a la que ya me tenía acostumbrado: primero lamía mis mejillas, luego me daba un par de golpecitos con la pata en el lugar dónde había lamido, finalmente me mordía la nariz, sin demasiada fuerza, pero la suficiente como para notarlo y despertarme.

El reloj del microondas decía que eran las siete en punto de la mañana, la hora exacta en que “Mondadientes” exigía su desayuno. A “Mondadientes” me lo encontré en un parque, una tarde de Mayo. Yo estaba sentado en un banco, disfrutando de la suave brisa de la primavera. Del otro extremo del parque vino un gato en mi dirección, subió de un brinco al banco y se sentó a mi lado, mirando al infinito. Aquel gato de raza Ruso azul no hacía nada, simplemente estaba allí, sentado como yo, mirando al infinito. De repente ambos nos giramos a la vez para mirarnos, aquel gato de pelaje azul y ojos amarillos no tenía nada fuera de lo común, sin embargo la forma en que se comportaba me llamó la atención. Me levanté para ir al puesto de comida del parque a por unas patatas fritas. Me giré y el gato seguía sentado en el banco, mirándome. Le hice una señal al gato para que viniera, el gato se levantó, estiró una pata, luego otra y así con las cuatro. Saltó del banco al suelo y vino en mi dirección caminando, se situó a mi lado y ambos comenzamos a caminar en dirección al puesto de comida. Al llegar pedí unas patatas fritas, al estilo francés, sin sal, ni condimentos, ni salsas.

 

—Te las voy a cobrar al mismo precio —contestó con antipatía el chico que atendía el puesto.

 

—Es que las voy a compartir con el gato y no quiero que le sienten mal.

 

El chico no dijo nada más, se limitó a servirme las patatas en un cucurucho y a cobrármelas.

El gato y yo volvimos al banco dónde estábamos sentados, abrí un poco el cucurucho, con cuidado de que no perdiera la forma y cogí una patata, se la acerqué al gato y este la agarró con la boca,  con dos bocados se la metió entera en la boca y la masticó antes de tragársela, se lamió la pata, se la frotó por la cara y volvió a lamérsela. Soltó un maullido mientras miraba al cucurucho de patatas que sostenía en la mano, luego me miró a mí y sin dejar de mirarme volvió a maullar. Entre los dos nos comimos el cucurucho de patatas, entre patata y patata el gato se limpiaba el hocico con la pata. Al acabar la última el gato se tumbó en mi regazo y comenzó a ronronear. Se le veía limpio y bien alimentado, pero no tenía collar, pensé que tal vez se le había perdido a alguien, así que decidí llevarlo a un veterinario por si tenía un chip que pudiera decirnos algo de su dueño.

 

—Este gato no tiene identificación —dijo la veterinaria—, ¿Dónde lo has encontrado?

 

—En el parque de la Ciudadela —respondí.

 

—Ya, mucha gente abandona allí a los gatos —dijo la veterinaria—, seguro que ha sido alguien que ya no lo quería y se ha deshecho de él.

 

—Pues parece un gato muy listo y obediente —dije—, quien lo haya abandonado debe ser muy mala persona.

 

—¿Y quién te crees tú para juzgar a nadie? —me espetó la veterinaria—, seguro que tú eres un santo.

 

—Creo que será mejor que espere fuera —respondí ante el ataque verbal de la chica.

 

Antes de que dijera nada más me fui a la sala de espera. Ya estaba acostumbrado a la rudeza en que me trataba la gente, el chico del puesto de comida del parque y la veterinaria no eran más que dos gotas en un mar de rechazo, miedo y agresiones. Aún así esas dos gotas me dolían, como todas las demás.

La revisión del gato no dio sorpresas y tras algunas vacunas, un collar anti pulgas y una pipeta la veterinaria me entregó al gato.

 

—¿Has pensado qué nombre le vas a poner? —Preguntó la veterinaria—, porque supongo que vas a quedártelo, ¿Verdad?

 

—Sí, voy a quedármelo —respondí—, pero aún no he pensado que nombre podría darle.

 

—¿Has pensado en algo como Kasparov, Blunsky o Yuri? —Preguntó la veterinaria—, al ser un Ruso Azul le pega.

 

—Creo que sencillamente lo llamaré “Mondadientes” —conteste diciendo la primera palabra que me vino a la cabeza—, sí, “Mondadientes” le gustará, seguro.

 

Pude ver un rictus de desaprobación en la cara de la veterinaria, instantes después esbozó una sonrisa.

 

—Bien, pues eso pondremos en su chip: “Mondadientes”, también necesito que me facilites tu nombre, dirección y un teléfono de contacto, para que puedan localizarte si tu gato se pierde.

 

—Mi nombre es Daniel Sotobosque Rodriguez, vivo en la Calle de Belén, número 5, principal, primera, mi teléfono es el 865234987.

 

La veterinaria apuntó toda la información que le facilitaba en una hoja DIN-A4 que tenía recuadros impresos dónde iba cada cosa.

 

—Mi calle está entre las paradas de Lesseps y Fontana —dije a modo de aclaración—, está en el barrio de Gracia.

 

—Lo sé —dijo la veterinaria esbozando una sonrisa—, yo vivo en Nil Fabra.

 

—¡Caray! —Exclamé sorprendido—, ¡Somos vecinos¡ Vivimos literalmente a dos calles.

 

Después de aquél día fui a menudo a la misma clínica con cualquier excusa, algunas era para comprar pienso, otras era para preguntar alguna duda que tenía sobre la salud y cuidados del gato, finalmente la chica me dijo de vernos un día fuera de allí, para hablar, también me dijo su nombre: Rosa.

 

“Mondadientes” saltó de mi regazo, aterrizó grácilmente en el suelo y fue hasta el armario de la cocina de debajo del fregadero y lo abrió, y se sentó a mirar las latas de comida que allí había, meneando el rabo de vez en cuando, al poco dejó caer a mis píes una que tenía la foto de un pollo en la etiqueta. Cogí la lata, la abrí y deposité el contenido en el cuenco de comida de “Mondadientes” mientras observaba como comía despacio, sentado frente al cuenco, como si saborease cada bocado,  me sonó el móvil, la pantalla me advirtió que era Pablo.

 

—Hola Allu —dijo Pablo al otro lado del teléfono.

 

—Hola Pablo, ¿No crees que es un poco pronto para llamadas?

 

—Sé que no te he despertado, percibí que estabas levantado y decidí llamarte.

 

—¿Por algo en concreto?

 

—Sí, tomar un café, justo en el bar que se ve desde tu casa, yo ya estoy allí.

 

—Ya veo —dije mirando por la ventana y viendo a Pablo sentado en una silla, saludándome con la mano—, me doy una ducha y bajo.

 

Colgué el teléfono y me fui desnudando mientras iba de camino a la ducha, una vez allí le di dos vueltas al grifo del agua caliente y una al de la fría, solía ducharme con el agua relativamente caliente, mientras me enjabonaba mi mente se fue solo hacía Rosa, la veterinaria, mi cuerpo respondió con una  erección, para contrarrestarlo le di una vuelta y medía más al grifo del agua fría. Con aquella gélida temperatura terminé mi ducha lo más rápido que pude y en diez minutos estaba vestido y arreglado para salir. Me palpé los bolsillos de los pantalones para ver si lo llevaba todo, cartera: correcto, móvil: correcto, llaves: no en el de adelante, ni en el otro, ni en el de atrás, no, llaves no. Un rápido vistazo a mi pequeño piso me hizo notar que Mondadientes llevaba mis llaves en su boca, en cuánto se dio cuenta de que yo sabía que las tenía él, el gato se fue hacia la puerta.

 

—¿Quieres salir? —Le pregunté.

 

El gato respondió dejando las llaves en el suelo y maullando alegremente. Cogí las llaves y Mondadientes salió de casa, se sentó delante de la puerta del ascensor y volvió a maullar mirando en mi dirección, cerré la puerta con llave, me la guarde en un bolsillo y llamé al ascensor. Cuando llegó abrí la puerta para que mondadientes subiera, luego cerré la puerta y pulsé el botón para que ambos  bajásemos hasta el nivel de la calle. Al salir Mondadientes caminaba a mi mismo paso, no muy alejado de mi costado. Pablo se levantó al vernos llegar, me abrazó y volvió a sentarse. Mondadientes se sentó a su lado, yo me senté en la silla que quedaba libre. Pablo era un hombre de unos cincuenta y muchos años, pelo calo, ojos grises y tez oscura. Su rostro estaba surcado de cicatrices, fruto de una vida cazando engendros, sus manos y brazos no tenían mejor aspecto.

 

—Veo que has estado pensando en esa veterinaria —dijo Pablo sonriendo.

 

—Veo que sigues con esa fea costumbre tuya de leer mentes —le repliqué.

 

—No es tu mente lo que leo sino tu entrepierna —respondió mirando al bulto que tenía en ella.

 

—Joder —dije cruzando las piernas—, y eso que me he duchado con agua fría.

 

—Es el amor de juventud, no lo puedes contener —dijo Pablo riendo— tus padres te podrían haber hablado de eso si aún siguieran aquí.

 

—No hables tan a la ligera de la muerte de mis padres —le dije—, sabes que me molesta.

 

—Lo siento, quitarle hierro es lo único que me mantiene cuerdo —contestó—, yo también estaba allí aquella noche y la mitad de las cicatrices de mi cuerpo son testigo de ello.

 

—Por favor Pablo tú nunca has estado cuerdo —bromeé—, si acaso estás sin diagnosticar, la otra mitad de tus cicatrices lo demuestran.

 

Pablo rió a carcajada limpia y yo con él, Mondadientes se entretenía mirando a las palomas, parecía más por aburrimiento que no por ganas de depredación. Un camarero llegó para tomarnos el pedido: café con leche y un croissant para mí y café solo con un mini bocadillo para Pablo. Al poco rato el camarero llego con todo lo que habías solicitado en una bandeja, nos lo sirvió y dejó el papel con la factura encima de la mesa.

 

—Me recuerdas tanto a tu madre… —dijo Pablo pensativo.

 

—Supongo que para ti también fue duro perderles —contesté en tono comprensivo—, eráis muy amigos.

 

—Éramos más que amigos —respondió Pablo.

 

—Sí bueno, he oído decir que estabais muy unidos —respondí.

 

—No te imaginas cuanto —dijo Pablo mirándome con cara de sentirse culpable por algo.

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté algo preocupado y desconcertado por su expresión de culpa, la cual me hacía intuir que no iba a gustarme su respuesta.

 

—Mira, tú ya no tienes quince años y yo no puedo callarme más esto —dijo Pablo acelerando sus palabras a medida que las decía —, tus padres y yo éramos pareja, muy feliz además.

 

Me quedé callado mirando a Pablo sin saber que decirle, había oído rumores de que mi padre y Pablo habían competido por el amor de mi madre y que ella finalmente se había decidido por mi padre.

El imbécil (parte 1 de 5)

Buenos días Personas, aquí os traigo “el imbécil”.

He estado corrigiendo el relato de “El imbécil” y creo que ya está listo para presentarlo en sociedad, no es ni mucho menos la versión definitiva, pues aún hay cosas que cambiaré para la versión del libro, pero el mensaje y el contexto están como los quiero y eso es suficiente para publicarlo, os dejo con él, disfrutadlo.

 

“El imbécil”

Aunque mi nombre sea Daniel casi nadie me llama así: mis amigos prefieren utilizar el mote de “Allu”, la gente que tiene menos confianza me llama señor Sotobosque, utilizando siempre el apellido en lugar del nombre y mis compañeros de trabajo suelen utilizar una retahíla de motes cariñosos de la índole de: “el flojo”, “el vago”, “el manco”, “el dormido” y un largo etcétera, pero el más utilizado es el de “el imbécil”.

Aunque ahora trabajo en una juguetería con taller propio llevo aquí menos de un año, antes era funcionario, aunque no del tipo que tramita documentos y otorga certificados, más bien del que caza monstruos y engendros. Oficialmente formábamos parte del ministerio de defensa, extraoficialmente teníamos cierta autonomía, por no decir que hacíamos lo que queríamos y como queríamos, a fin de cuentas éramos los únicos que podían hacer aquello, casi nadie nace con el don de ver espectros y mucho menos la capacidad de hacerles frente, por no mencionar los cojonazos que hay que tener para enfrentarse a un hijo de puta que mira dentro de tu alma, escrudiña tus miedos más horribles y te los escupe a la cara todos de golpe, añadiendo el hecho de que los espectros ya de por sí acojonan. La verdad es que el sueldo no era para tirar cohetes, el horario de trabajo no era regular y los conceptos de: “vacaciones”, “día libre” o “festivo” brillaban por su ausencia. Pese a eso amaba mi trabajo, no sólo por el hecho de salvarle la vida a la gente, ni por el respeto que daba llevar el distintivo de “Agente del Ministerio de Defensa”, es que joder, destruir mierda paranormal ha sido todo lo que he hecho desde que tengo memoria, lo único para lo que realmente tengo talento, y de repente, Europa entra en una crisis económica, empiezan los recortes sin ton ni son, primero educación, después sanidad, después se suben los impuestos, pero en Europa nunca tiene suficiente y pide más. Un día algún iluminado o iluminada se levantó y dijo: “a ver, estos Españoles no van a entrar en guerra y de todas maneras no nos compran muchas armas, pues que recorten en Defensa” y dicho y hecho, toda nuestra sección a la calle, sin ninguna otra compensación que un plan de reubicación laboral. El malnacido del asesor, os juro que hubiera matado a ese tío, me dijo: “tienes cara de chiste, ¿Que te parecería trabajar en una juguetería? No digas nada, la vena hinchada de tu frente me dice que te entusiasma la idea, te apunto al curso y en tres meses estás trabajando de eso, te llamarán para indicarte el día y hora que empiezas.”

¿Cómo que tengo cara de chiste? ¿Y qué cojones tiene que ver eso con trabajar en una juguetería? ¿Acaso se creía el tío con gracia, o peor aún, que en mi situación me iba a reír?

Sea como fuere parece que tuve suerte, de todos los miles de personas que formábamos el ministerio solo a unos centenares nos consiguieron trabajo, algunos cerca de casa, otros en la otra punta del país. El resto optaron por seguir haciendo aquello, como si de una empresa de seguridad privada se tratase, pero rápidamente el gobierno hizo dos leyes: la primera impedía recibir una compensación económica a cambio de matar cualquier tipo de ser sobrenatural, la segunda obligaba a todo aquel con capacidad de enfrentarse dichos seres a que lo hicieran, puesto que se amparaba en la ley de socorro y que era el “deber de todo buen español”, resumiendo, que no solo nos violaron sino que encima nos hicieron pagarles los condones y les teníamos que dar las gracias.

Lo peor vino después, pasamos de ser personas valoradas por hacer un servicio a la comunidad a ser odiamos, temidos y despreciados. De la noche a la mañana nos convertimos en unos parias, ante esa situación muchos emigraron, los que no tenían motivos para quedarse, alguno se suicidó, llevándose por delante a unas cuantas personas, lo cual no logró otra cosa que acrecentar el miedo y el rechazo de la gente, por eso digo que yo he tenido suerte, ahora cobro más, aunque sea un destre en mi trabajo: en el curso apenas me enseñaron técnicas de venta, el montaje y reparación de juguetes estaba obsoleto y tuve que aprenderlo desde cero cuando llegué, por no decir que de las ocho horas que trabajo cinco son para limpiar la tienda y el taller del sótano, sobre todo ese puto taller, de seres sobrenaturales. Soy el único de allí que puede hacerlo y sospecho que me contrataron para eso, aunque para disimular me hagan hacer también otras tareas y creo firmemente que si a estas alturas no me han despedido es por eso.

Motivos ha habido muchos: reclamaciones de clientes, reclamaciones de compañeros, llegar tarde al trabajo, dormirme en el mostrador, insultar a abominaciones y pensarse un cliente que era para él, insultar directamente al cliente…

Supongo que mis compañeros tienen verdaderos motivos para odiarme, si ellos hicieran una fracción de lo que yo hago no dudarían en ponerles de patitas en la calle. Claro que si ellos hicieran lo que yo hago desde las 19 a las 23 no vivirían para contarlo o en el mejor de los casos acabarían encerrados en un psiquiátrico de por vida, rememorando continuamente espantosas pesadillas.

Un amigo me dijo que en el fondo lo que más siente la gente es envidia, de nuestra habilidades y por el hecho de saber que ellos viven en el mundo incompleto, puesto que no pueden ver, ni sentir, ni oler, ni tocar, ni saborear todo lo que nosotros sí podemos. Yo pienso que por eso pueden ser felices, la ignorancia trae la felicidad, aunque nos hayamos acostumbrado a toda clase de horrores en el fondo sabemos que no podemos bajar la guardia, que dormir toda una noche es un lujo y que nuestra vida está condenada a vivirse en soledad, salvo contadas ocasiones, nadie querría vivir con alguien que mata monstruos continuamente, porque eso nos convierte en monstruos de peor calibre, al igual que las cobras reales lo son porque comen otras serpientes. Y esto no se puede ocultar, porque en el momento en que algo ataca, respondes y entonces te delatas y tu ligue sale huyendo y jamás vuelve a llamar o te coge las llamadas o nada.

Hubo un día en la tienda que creí que no lo contaría: aquel día había sido muy ajetreado y el pasatiempo favorito de algunos compañeros antes de irse era meterse conmigo, se metían en como hacía mi trabajo y en que ellos se iban mientras yo tenía que quedarme currando cuatro horas más.

 

—Ese remache está mal fijado —dijo Sonia.

 

—Y esas patas están demasiado encoladas —añadió Pedro—, ese caballito se va a desmontar al primer golpe.

 

—¡Pero fíjate en lo que haces! —gritó Susana— ¡Le has colocado la cabeza al revés! ¡Presta más atención a lo que haces imbécil!

 

“A lo que le estoy prestando atención es a ese quebrantador fantasmal que tenéis sobrevolando vuestras cabezas” pensé al ver a aquél engendro que tiene aspecto de ser un cuervo untado en una masa violeta que se ha solidificado y que ha cogido la apariencia de piel. De por sí esos seres no son peligrosos, pero si tocan a una persona pueden provocarle fuertes dolores, náuseas y fiebre.

Por sí el quebrantador no fuera bastante distracción alrededor del mostrador flotaban miles de polillas fantasma, las cuales brillan como bombillas y su aleteo emite un ruido muy similar a un portazo, pero más atenuado, y ciertamente tener treinta bombillas dando “portazos” desconcentra. Pero aún hay más, esa puta tienda parece un zoo de lo paranormal: hay un poco de todo, y no paran de dar por culo, ¡Así cómo voy a poder trabajar!

Finalmente llegaron las siete de la tarde, mis compañeros se fueron y bajaron las persianas, ese momento del día es cuando dejo de ser “normal” y puedo concentrarme en lo que de verdad se me da bien: cazar monstruos.

En realidad cazar no cazo mucho, todas las criaturas que pueblan esta tienda son en mayor o menor medida inofensivas, la mayoría del tiempo pasan desapercibidas para casi todo el mundo, aunque suelen salir a pasear cuando saben que no hay nadie.

Hay un grupo de duendes que se dedica a desordenar las herramientas, por llamar la atención, pero suelo ignorarlos, a menos que le prendan fuego a algo, cosa que suelen hacer cuando andan desesperados por algo de atención y yo ni siquiera me digno a mirarlos.

Es entonces cuando les tengo que dar una lección y los expulso de la tienda,  impidiéndoles, conjuro mediante, que vuelvan a entrar durante dos o tres días, podría hacer que no entrasen nunca más, pero entonces, además de ser cruel con los duendes, me quedaría sin trabajo. Todo lo que necesito es que las cámaras de seguridad capten como invierto todo mi empeño en arreglar los problemas que causan estas presencias indeseables y luego toca la ronda por el sótano, el cual sirve de almacén.

Detesto ir al sótano, es un lugar lóbrego y siniestro, por dónde campan a sus anchas monstruos a los que no me puedo enfrentar, ni menos estando solo, si alguno se me llegase a encarar no creo que viviera para contarlo, por suerte parece que nunca salen del sótano.

El lugar que más temo es el almacén que está situado tras un enorme y estrecho pasillo, en el otro extremo del mismo se encuentra la máquina en la que tengo que fichar, a veces me da tanto miedo estar ahí que espero de espaldas al almacén, para evitar que, sea lo que sea que hay ahí, no se sienta retado por mi mirada y me ataque sin piedad.

Sin embargo un día caí en la trampa de aquel monstruo. Eran las 22:58, yo esperaba de espaldas a que el reloj de la máquina dieran las 23:00, de repente oí el parpadeo de un fluorescente, resistí la tentación de girarme y entonces un enorme cardumen de peces diablo pasó a toda velocidad por mi izquierda, para atravesar una pared y desaparecer, algo les había asustado. Los peces diablo son muy parecidos a las pirañas, solo que tienen el tamaño de gato gordo y en lugar de carne o fruta se alimentan de la energía vital de las personas y si tienen mucha hambre de su alma, agradecí perderles de vista.

No tarde en oír una especia de trote amortiguado a mi espalda, me negué a girarme, en el reloj de fichar eran las 22:59, un minuto más y podría escapar de aquello que estaba asustando a todos los habitantes del taller subterráneo. El culpable del trote amortiguado pasó por mi lado, se detuvo mientras directamente a los ojos me miraba un lucércano. Los lucércanos son lo que la gente comúnmente llama “ángeles de la guarda”, sólo que no son ángeles, más bien parecen un San Bernardo al que la radiación ha tornado un ser tan grande como un autobús de dos pisos londinense, suelen ayudar a la gente alejando los problemas de ellos, incluso se sabe de algunos que rescatan a personas de incendios o sacan niños de pozos.

 

—¡Sal de aquí idiota! —Gritó el enorme can con voz profunda y gutural—, ¿Quieres que eso se te zampe?

 

—Tengo que fichar antes de irme, sino…

 

—¡A la mierda eso que llamas fichar! —Gritó aún más fuerte el lucércano, interrumpiéndome—, ¡Si quieres morir haya tú, yo me marcho!

 

Y el lucércano desapareció por el mismo sitio por el que lo hicieron los peces diablo, de repente sentí una extraña vibración en el aire, los fluorescentes del pasillo parpadeaban sin ningún criterio, como si alguien les hubiese activado el modo discoteca. Por supuesto yo no los miraba, puesto que estaban en dirección al almacén y sabía que mirar hacía allí no traería nada bueno.

El reloj seguía marcando las 22:59, aquel puto reloj no tenía segundero, de modo que no tenía manera de saber si el tiempo se había detenido o solo me lo parecía debido a mi angustia.

De repente una voz se alzó entre el zumbido y parpadeo de los fluorescentes. Lo que decía esa voz me pareció ininteligible, como cuando vas en coche escuchando la radio y entras en un túnel que provoca que la voz del locutor se degrade paulatinamente hasta tornarse un murmullo que sabes que pretende ser un mensaje, pero cuyas palabras se te escapan en un eco cacofónico, agudo y chirriante.

”22:59, ¿Es una broma?” Pensé al mirar de nuevo el reloj de la máquina de fichar mientras notaba como detrás de mí el aire se hacía más frío y denso.

No pude evitar girarme instintivamente para encararme al peligro, ante mí se erguía la sobrecogedora figura de un espectro. Su altura rebasaba los dos metros, aunque carecía de piernas. Su color era azul, sin transparencias, estaba completamente materializado, sus garras, compuestas de dos uñas largas, de unos treinta centímetros aproximadamente, una uña intermedia y tres cortas, de la mitad del tamaño de las largas, eran de un color púrpura brillante, que a medida que se acercaba a las muñecas se iba tornando azul paulatinamente, hasta volverse del mismo tono de su piel en la parte donde la garra se unía al dedo, dando una sensación de continuidad a sus dedos-garras, las cuales, independientemente de su tamaño estaban afiladísimas. Su rostro era muy similar al humano, sus ojos reflejaban una infinita bondad, igual que la mirada de una tiene madre hacía sus hijos, cuando estos la necesitan. Su boca estaba plagada de dientes puntiagudos y serrados, como los de un tiburón, solo que los del espectro encajaban perfectamente los unos con los otros. Estos dientes eran también de color púrpura, y a medida que se acercaban a la encía, de un tono algo más oscuro que su piel, se volvían azules. El espectro carecía de labios, nariz y de cualquier tipo de vello facial, tampoco parecía tener pelo en el resto del cuerpo. La envergadura de su espalda era de más me metro y medio, su torso exhibía cicatrices, magulladuras y cortes, al igual que sus brazos, los cuales eran tan largos que sus garras no tocaban el suelo por apenas unos centímetros. Y todo él desprendía un aroma entre huevos podridos y libro viejo.  Por su color, tamaño y hedor supe que era un espectro anciano, que debía de haber luchado mucho contra otros espectros en peleas territoriales para llegar a esa edad, como demostraban sus cicatrices.

El espectro me sonrió, pero esa sonrisa solo significaba que estaba tensando los músculos de la cara para poder abrir sus mandíbulas y morderme, como una serpiente se enrosca antes de lanzar un bocado. Vi como su boca su abría lentamente, justo en ese instante sonó un pitido en mi Casio anunciando las 23:00. Sin apartar la vista de la boca del espectro acerqué mi cartera por el lado dónde guardaba la tarjeta de fichar al lector de la máquina, dos pitidos y LED verde visto de reojo, “fichaje correcto” pensé justo en el momento en el que me teletransportaba a mi casa, busqué el primer lugar dónde sentarme y me desplomé en mi vieja butacona,  blanco como la cera y empapado en sudor frío, aterrado como nunca he estado en mi vida, notando como el corazón me latía a más de doscientas pulsaciones por segundo, pensé que de un momento a otro me desmayaría, pero poco a poco me fui calmando, hasta quedarme dormido, de puro agotamiento, en la vieja butacona.

 

Cuento terminado (por fín)

Buenas, tardes ya, Personas, cuento terminado 🙂

Esta mañana me he puesto a escribir a saco y por fin he terminado el cuento de “el imbécil”. Y ya era hora terminarlo porque hace seis meses que os hablé de él.

En cuanto lo revise y lo corrija lo subiré, pero en dos o tres post diferentes, no por nada en especial, pero es que el cuento tiene unas veinticinco páginas y soy de la opinión de que dar demasiada información de golpe es contradictorio, así que os daré el cuento poco a poco, pero lo haré durante la misma semana, así que ya sabéis, la próxima vez que os escriba lo haré cuatro días seguidos, os vais a hartar de mí :D.

Por el momento eso es todo, sed buenos.