El imbécil (parte 3 de 5)

Buenos días Personas, otra entrada más sobre “el imbécil”.

¿Qué tal va la lectura del relato? ¿Os gustó la perte del sábado? Pues aquí tenéis la continuación:

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté con un hilo de voz y la esperanza de que hubiera oído mal o de que “pareja” se refiriera a otra cosa.

 

—Los tres estábamos enamorados entre nosotros —dijo Pablo después de soltar un corto suspiro—, vivíamos juntos y hacíamos cosas de pareja los tres, nunca lo ocultamos.

 

—¿Cómo surgió eso? —Pregunté sin estar seguro de querer saber la respuesta.

 

—Verás, cuando nosotros entramos en el Ministerio todo aquello era muy diferente, el Ministerio era una entidad muy antigua y como tal tenía algunas formas de proceder también muy antiguas, los exámenes de admisión eran una de ellas, muy duros a mi parecer. —dijo Pablo.

 

—¿Cómo de duros? —Pregunté para hacerle patente que seguía escuchándolo.

 

—Te ponían en grupos de cinco y te mandaban lejos a sobrevivir en condiciones extremas durante dos meses —respondió Pablo—, si sobrevivías te entrenaban si te rendías, bueno, te relegaban a trabajo administrativo o si eras bueno en curación te mandaban a la unidad médica.

 

—Suena muy duro, ¿No te dejaban volver a intentarlo? —Pregunté.

 

—No, te tocaba joderte y desperdiciar tu talento —respondió Pablo—, ¿Sabes cuánta gente con mucho potencial para el combate no sabría sobrevivir ni dos días? Aquellas pruebas sólo servían para ver lo duro de matar que eras y lo que estabas dispuesto a hacer para sobrevivir, no servían de una mierda, dos años después de que las hiciéramos nosotros las cambiaron al modelo que tu conoces.

 

—Primero te enseñan y luego te ponen a prueba, si fallas puedes volver a intentarlo —le respondí a Pablo.

 

—Exacto, un modelo mucho más efectivo, se miden muchas más capacidades y no te tira a la basura por tener un mal día —dijo Pablo—, la cuestión es que allí estábamos nosotros tres, no sé en qué desierto, nuestros otros dos compañeros se habían negado a venir, ellos ya querían un trabajo de meatinteros, así que ni lo intentaron.

 

—Ya claro, si el premio de consolación ya les venía al pelo para qué esforzarse —intervine.

 

—El caso es que, no sé si has estado nunca en un desierto, pero todo el calor que hace de día se vuelve en frío de noche, temperaturas bajo cero, no teníamos ni tienda de campaña, ni provisiones, ni agua, ni herramientas —continuó Pablo—, tu madre hizo fuego y lo mantuvo, tu padre se arrancó un dedo y nos dijo que nos lo comiéramos…

 

—¡¿Cómo?! —Pregunté sorprendido y sin ponérmelo creer—, ¡¿En serio hizo eso?!

 

—Sí, un chaval que no conocíamos de nada, se arrancó un dedo y nos lo ofreció, llevábamos todo el día sin comer, antes de que nos diéramos cuenta le había vuelvo a crecer otro dedo, se arrancó uno más y también nos lo ofreció —siguió Pablo con la historia.

 

—¿Y os lo comisteis? —Pregunté lleno de curiosidad.

 

—¿Tú te comerías el dedo de alguien que puede regenerar sus miembros?  —Preguntó Pablo.

 

—No, supongo que no —respondí.

 

—Pues nosotros tampoco, aquella noche no —dijo Pablo—, a la mañana siguiente utilizamos el fuego que creó tu madre para cocinar los dedos de tu padre, así nos asegurábamos de no se iba a regenerar dentro de nuestro estómago.

 

—¿Mi padre no comió nada? —Pregunté.

 

—Tu padre era inmune al hambre, a la sed y a las heridas —contestó Pablo—, podría haber aguantado años antes de necesitar comer realmente.

 

—¿Y cómo murió entonces? —Pregunté.

 

—Aquel espectro anuló sus poderes —dijo Pablo con un deje de tristeza en la voz—, cada herida que provocaba en tu padre se quedaba allí, aquello nos desconcertó a todos, para tu padre el golpe fue doble, nunca había sangrado, nunca había sentido verdadero dolor.

 

—Debió de ser  un combate muy duro —respondí.

 

—Lo fue, pero ha pasado mucho tiempo desde entonces —respondió Pablo—, tus padres y yo hemos estado muy unidos desde que nos conocimos en el examen de ingreso en el ministerio.

 

—¿Y qué pasó entonces? —Pregunté con verdadera curiosidad

 

—Que tu madre se quedó embarazada de ti y yo no soy la clase de personas que le gustan los niños, así que me hice a un lado, tus padres se casaron, para alegría de todos y dejamos nuestra relación en amistad —Contestó Pablo.

 

—¿Pero tú te volviste a casar no? —Pregunté al recordar vagamente ese hecho y ver un anillo en su dedo.

 

—Oh sí —contestó Pablo levantando su mano izquierda y girándola al mismo tiempo que miraba su anillo—, Marc se convirtió en mi marido en 2005, es una persona normal, no es como nosotros.

 

—Así que estás casado con un hombre, nunca me lo habías dicho —respondí.

 

—Tampoco me lo has preguntado —dijo Pablo—, la única gran mujer que he amado nunca ha sido tu madre y desde que conocí a Marc él ha sido el gran hombre de mi vida.

 

—Dime una cosa —dije dando un sorbo a mi café—, ¿Hay alguna posibilidad de que seas mi padre?

 

—Ninguna —respondió Pablo—, cuándo tú naciste los test de paternidad ya estaban inventados, además, tienes los ojos azules, algo que no podrías tener si fueras mi hijo, genes dominantes y esas cosas.

 

—De modo que yo jodí vuestra relación  —dije—, debes de estar ligeramente cabreado conmigo.

 

—Para nada —contestó Pablo—, tú sencillamente llegaste de repente, si hubiéramos querido seguir juntos lo hubiéramos hecho, tu nacimiento solo aceleró una decisión que ya estaba en la mente de todos.

 

—Comprendo —respondí.

 

Luego hubo un silencio que aunque no era incómodo no dejaba de ser inoportuno.

 

—Anoche vi a un espectro —dije rompiendo el silencio.

 

—¿De qué tipo? —Preguntó Pablo.

 

—De los azules y sin trasparencias —respondí.

 

Pablo se quedó mirándome boquiabierto.

 

—Capullo, no hagas esas bromas —dijo Pablo dándome un considerable puñetazo en el brazo—, por poco me lo trago.

 

—Es verdad —respondí frotándome con la mano el lugar dónde me había golpeado—, estaba en el sótano de la tienda dónde trabajo.

 

—Mira, toda broma tiene un límite —dijo Pablo con tono severo—, es imposible que hayas visto uno azul.

 

—Pero si es cierto, ¿Por qué dices que es imposible?

 

—Es peor espectro de que se ha tenido constancia ha sido uno rojo,  bastante translucido, sólo tenía las garras tangibles, unas garras rosa chicle, las mismas garras que mataron a tus padres y a cuatro personas más —respondió Pablo—, esas garras de color ridículo y de aspecto inofensivo mataron a seis personas y me hirieron de gravedad a mí.

 

—Léeme la mente si no me crees —respondí alzando la voz.

 

Pablo me miró unos instantes, parecía que quería reprochar, pero debió de notar que estaba demasiado convencido de lo que decía, luego me miró más fijamente, noté como quería mirar mis recuerdos y le dejé hacerlo. De repente su boca se desencajó y su rostro palideció de golpe, abrió los ojos como platos y su pupila se tornó tan fina como la punta de un alfiler, no cabía duda: estaba viendo al mismo espectro que yo vi anoche y al igual que yo recibió el terror que emanaba aquel ser.

 

—¡Cielo santo! —exclamó Pablo casi sin aliento—, ¡Era cierto! ¡Has visto un espectro azul de verdad! ¡Y qué pedazo de garras! ¡Es un milagro que sigas vivo!

 

—Lo sé, a mi también se me pusieron los cojones de corbata —respondí.

 

—¡Camarero! —Exclamó Pablo llamando al chico que limpiaba la mesa de nuestro lado—, tráigame la mejor botella de whisky que tengan y dos vasos, por favor.

 

—Señor son las ocho de la mañana —respondió el camarero mirando el reloj de su muñeca—, ¿No cree que es un poco pronto para empezar a beber?

 

Pablo miró fijamente a los ojos del camarero y noté como manipulaba su mente, el camarero se giró y entro al bar, al momento el camarero volvió con la botella y los dos vasos, lo dejó todo en nuestra mesa sin decir nada y luego volvió a la tarea de limpiar la mesa.

 

—No deberías hacerle eso a la gente —le espeté a Pablo—, luego os extraña que nos tengan miedo.

 

—Él no debería cuestionar los pedidos de sus clientes —respondió Pablo bebiéndose de un trago el vaso de whisky y volviéndoselo a llenar hasta arriba—, además me hacía mucha falta, por poco me cago encima cuando he visto al espectro en tu recuerdo.

 

—Dímelo a mí —respondí—, en cuánto fiche salí de allí mediante teletransporte.

 

—Quizás no debiste hacerlo —advirtió Pablo.

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté.

 

—No sabemos gran cosa de los espectros  —respondió Pablo—, si te teletransportaste a casa es probable que es espectro pueda seguir tu rastro y atacarte allí mientras duermes, debiste saltar a varios sitios antes de ir a tu casa.

 

—No lo pensé, tuve miedo y lo hice casi por instinto —respondí.

 

—Tal vez deberías quedarte a dormir en mi casa, sólo hasta que comprobemos si tu casa es un lugar seguro —dijo Pablo.

 

—¿Y no os molestaré a ti y a Marc? —Pregunté—,No quisiera importunaros.

 

—No molestarás —respondió Pablo— nuestra casa tiene varias plantas, cada una de ellas tiene dormitorios, baños y cocina, están pensados para ser independientes, ni siquiera notaremos que estás allí.

 

—Vaya, sí que vives bien, debe de haberos costado un riñón —respondí.

 

—No creas —respondió Pablo—, el ministerio sabía cuidar muy bien a sus miembros, en especial aquellos que ostentábamos un gran cargo.

 

—¿No te afectó su disolución? —Pregunté.

 

—No, no negativamente —respondió Pablo—, me mantuvieron el sueldo y además me dieron una indemnización por despedirme.

 

—Joder y yo vivo en un zulo carísimo y tengo que trabajar rodeado de mierdas sobrenaturales que cuándo no intentan joderme lo que quieren es matarme —respondí asqueado.

 

—Justo de eso quería hablarte —dijo Pablo.

 

—¿De mi vida de mierda? —Pregunté con sarcasmo.

—Más o menos —contestó Pablo entre risas—, pero en voz alta no, mentalmente.

 

—De acuerdo —respondí.

 

—”Un grupo de antiguos miembros estamos reuniendo gente del ministerio” —dijo Pablo en mi mente—, “pretendemos dar un golpe de estado”.

 

—”Eso suena muy jodido, ¿Y las represalias?” —respondí mentalmente.

 

—”¿Qué nos van a hacer? La gente corriente no puede con nosotros, ni con un ejército, ni armas, ni tanques” —respondió Pablo en mi cabeza.

 

—”¿Y el resto de Europa” —Pensé—, “Ya cerraron el ministerio, ¿Te crees que se quedaría sin hacer nada”.

 

—”La situación de los nuestros en el resto del mundo no es mucho mejor que aquí” —dijo la voz de Pablo en mis pensamientos—, “he hablado con varias personas y están dispuestas a organizar golpes de estado simultáneos, tomaremos el control de los gobiernos a la vez”.

 

—”¿Y después?” —Pensé—, “¿Qué pasará cuando tengamos al mundo sometido?”

 

—”Trabajaremos por un futuro mejor para todos, seres capaces y seres corriente, un futuro sin miedo, sin rencor y sin recelos, dónde nadie tenga que esconderse o ser ciudadano de segunda” —dijo Pablo mientras saboreaba su tercer vaso de whiskey.

 

—”Eso suena muy bonito, pero también utópico” —respondí en mi cabeza—, “¿Cómo piensas llevarlo a cabo? ¿Vas a controlar las mentes de todas las personas para que nos acepten”

 

—”No, vamos a tomar el poder, vamos a defendernos y cuando pierdan, porque perderán, vamos a tenderles una ofrenda de paz, con unas condiciones concretas” —sonó Pablo en mi cabeza—, “esas condiciones asegurarán un futuro para todos, en ese momento empezaremos a hacer desde cero las cosas, junto a ellos, en lugar de aceptar un sistema que nos oculta cuando no nos quiere y nos llama cuando nos necesita”

 

—”Cuenta conmigo” —respondí mentalmente—, “pero quiero que se derrame la menor sangre posible, quiero que se les ofrezca una rendición pacífica, se busque a aquellos que se rindan y se les proteja, que no se les obligue a tomar parte en una lucha de la que no quieren saber nada”.

 

—”Esa era nuestra idea desde el principio” —respondió Pablo mentalmente—, “ahora sigue con tu vida normal, no hables con nadie de esto, ¿Entendido?

 

—”¿Me cuentas algo tan gordo como es un golpe de estado y pretendes que me quede como si nada?” —Pregunté en mi cabeza—, “¿Crees que me voy a quedar tan tranquilo como si me hubieras dicho que ha ganado el Getafe?

 

—”Sé que este asunto no deja indiferente” —respondió Pablo en mi cabeza—, “y sé también que tienes muchísimas preguntas, pero trata de mantener la calma, y repito, no se lo cuentas a nadie, ¿Queda claro?”

 

—”Clarísimo” —conteste en mi cabeza, haciendo un gran esfuerzo por reprimir mis deseos de partirle la cara por decirme algo tan grave y luego dejar del tema de golpe.

 

—Oh y  por favor —dijo Pablo—, procura que no te mate el espectro en esa juguetería, no me gustaría perderte a ti también.

 

—Procuraré cuidarme —respondí— aunque hay algo que no me has contado, ¿Cómo derrotasteis al espectro que mató a mis padres?

 

—No lo hicimos —respondió Pablo—, quedé inconsciente y cuándo me desperté ya estaba en un hospital del ministerio, el resto de la historia ya la sabes: el funeral, las medallas al valor, tu adopción por parte del ministerio y tu ingreso en el internado de formación gestionado por el Ministerio.

 

—¿Entonces el espectro que mató a mis padres sigue vivo? —Pregunté.

 

—Eso me temo —respondió Pablo.

 

—¿Crees que puede ser el que vi en el sótano de la juguetería dónde trabajo?  —Pregunté.

 

—No tengo ni la menor idea —respondió Pablo—, pero yo de ti no bajaría allí más.

 

—No puedo hacer eso —respondí—, la máquina de fichar se encuentra en se sótano, también están allí el almacén y el taller de reparación.

 

—En ese caso ve con cuidado —respondió Pablo apurando su tercer vaso de whiskey.

 

—Lo tendré —contesté—, y tú deberías vigilar con el alcohol, a este paso vas a terminarte la botella.

 

—Lo que tenga que pasar, pasará —respondió Pablo llenando su cuarto vaso.

 

—Al menos tengo la certeza de que no te vas a beber un litro de whiskey —dije.

 

—No, las botellas son de de setecientos cincuenta mililitros —respondió Pablo haciendo patente que había entendido a lo que me refería.

 

—Creo que casi media botella ya es suficiente por ahora —dije.

 

—Creo que tienes razón —respondió Pablo cerrando la botella enroscando su tapón—, por ahora es suficiente.

 

Y los dos nos quedamos en silencio, acabándonos yo mi croissant y el su mini bocadillo. No necesitábamos decirnos nada más. Mondadientes seguía distraído con las palomas, de vez en cuando nos miraba, observando nuestro silencio, cuando se aburría de nosotros volvía a las palomas, a las que se habían añadido algunos gorriones. Pablo insistió en invitarme, cosa que acepté después de no resistirme demasiado, había quedado con Rosa para comer ese mismo día y minimizar los gastos haría bien a mi cuenta corriente. La comida con ella fue genial, ella dijo de invitarme, yo dije que la invitaba yo, al final cada uno pagó lo que había comido el otro, aunque dado el tipo de restaurante la cantidad de la cuenta era exactamente la misma. Llegó la tarde y mi turno en la juguetería. A las siete el lugar se quedó vacío como de costumbre, aunque esta vez también se había marchado todo ser sobrenatural, lo que me resultó extraño.

El imbécil (parte 2 de 5)

Buenos días Personas, segunda entre de “el imbécil”.

Os dejo la continuación del relato de anteayer.

 

“Mondadientes” me despertó de la manera a la que ya me tenía acostumbrado: primero lamía mis mejillas, luego me daba un par de golpecitos con la pata en el lugar dónde había lamido, finalmente me mordía la nariz, sin demasiada fuerza, pero la suficiente como para notarlo y despertarme.

El reloj del microondas decía que eran las siete en punto de la mañana, la hora exacta en que “Mondadientes” exigía su desayuno. A “Mondadientes” me lo encontré en un parque, una tarde de Mayo. Yo estaba sentado en un banco, disfrutando de la suave brisa de la primavera. Del otro extremo del parque vino un gato en mi dirección, subió de un brinco al banco y se sentó a mi lado, mirando al infinito. Aquel gato de raza Ruso azul no hacía nada, simplemente estaba allí, sentado como yo, mirando al infinito. De repente ambos nos giramos a la vez para mirarnos, aquel gato de pelaje azul y ojos amarillos no tenía nada fuera de lo común, sin embargo la forma en que se comportaba me llamó la atención. Me levanté para ir al puesto de comida del parque a por unas patatas fritas. Me giré y el gato seguía sentado en el banco, mirándome. Le hice una señal al gato para que viniera, el gato se levantó, estiró una pata, luego otra y así con las cuatro. Saltó del banco al suelo y vino en mi dirección caminando, se situó a mi lado y ambos comenzamos a caminar en dirección al puesto de comida. Al llegar pedí unas patatas fritas, al estilo francés, sin sal, ni condimentos, ni salsas.

 

—Te las voy a cobrar al mismo precio —contestó con antipatía el chico que atendía el puesto.

 

—Es que las voy a compartir con el gato y no quiero que le sienten mal.

 

El chico no dijo nada más, se limitó a servirme las patatas en un cucurucho y a cobrármelas.

El gato y yo volvimos al banco dónde estábamos sentados, abrí un poco el cucurucho, con cuidado de que no perdiera la forma y cogí una patata, se la acerqué al gato y este la agarró con la boca,  con dos bocados se la metió entera en la boca y la masticó antes de tragársela, se lamió la pata, se la frotó por la cara y volvió a lamérsela. Soltó un maullido mientras miraba al cucurucho de patatas que sostenía en la mano, luego me miró a mí y sin dejar de mirarme volvió a maullar. Entre los dos nos comimos el cucurucho de patatas, entre patata y patata el gato se limpiaba el hocico con la pata. Al acabar la última el gato se tumbó en mi regazo y comenzó a ronronear. Se le veía limpio y bien alimentado, pero no tenía collar, pensé que tal vez se le había perdido a alguien, así que decidí llevarlo a un veterinario por si tenía un chip que pudiera decirnos algo de su dueño.

 

—Este gato no tiene identificación —dijo la veterinaria—, ¿Dónde lo has encontrado?

 

—En el parque de la Ciudadela —respondí.

 

—Ya, mucha gente abandona allí a los gatos —dijo la veterinaria—, seguro que ha sido alguien que ya no lo quería y se ha deshecho de él.

 

—Pues parece un gato muy listo y obediente —dije—, quien lo haya abandonado debe ser muy mala persona.

 

—¿Y quién te crees tú para juzgar a nadie? —me espetó la veterinaria—, seguro que tú eres un santo.

 

—Creo que será mejor que espere fuera —respondí ante el ataque verbal de la chica.

 

Antes de que dijera nada más me fui a la sala de espera. Ya estaba acostumbrado a la rudeza en que me trataba la gente, el chico del puesto de comida del parque y la veterinaria no eran más que dos gotas en un mar de rechazo, miedo y agresiones. Aún así esas dos gotas me dolían, como todas las demás.

La revisión del gato no dio sorpresas y tras algunas vacunas, un collar anti pulgas y una pipeta la veterinaria me entregó al gato.

 

—¿Has pensado qué nombre le vas a poner? —Preguntó la veterinaria—, porque supongo que vas a quedártelo, ¿Verdad?

 

—Sí, voy a quedármelo —respondí—, pero aún no he pensado que nombre podría darle.

 

—¿Has pensado en algo como Kasparov, Blunsky o Yuri? —Preguntó la veterinaria—, al ser un Ruso Azul le pega.

 

—Creo que sencillamente lo llamaré “Mondadientes” —conteste diciendo la primera palabra que me vino a la cabeza—, sí, “Mondadientes” le gustará, seguro.

 

Pude ver un rictus de desaprobación en la cara de la veterinaria, instantes después esbozó una sonrisa.

 

—Bien, pues eso pondremos en su chip: “Mondadientes”, también necesito que me facilites tu nombre, dirección y un teléfono de contacto, para que puedan localizarte si tu gato se pierde.

 

—Mi nombre es Daniel Sotobosque Rodriguez, vivo en la Calle de Belén, número 5, principal, primera, mi teléfono es el 865234987.

 

La veterinaria apuntó toda la información que le facilitaba en una hoja DIN-A4 que tenía recuadros impresos dónde iba cada cosa.

 

—Mi calle está entre las paradas de Lesseps y Fontana —dije a modo de aclaración—, está en el barrio de Gracia.

 

—Lo sé —dijo la veterinaria esbozando una sonrisa—, yo vivo en Nil Fabra.

 

—¡Caray! —Exclamé sorprendido—, ¡Somos vecinos¡ Vivimos literalmente a dos calles.

 

Después de aquél día fui a menudo a la misma clínica con cualquier excusa, algunas era para comprar pienso, otras era para preguntar alguna duda que tenía sobre la salud y cuidados del gato, finalmente la chica me dijo de vernos un día fuera de allí, para hablar, también me dijo su nombre: Rosa.

 

“Mondadientes” saltó de mi regazo, aterrizó grácilmente en el suelo y fue hasta el armario de la cocina de debajo del fregadero y lo abrió, y se sentó a mirar las latas de comida que allí había, meneando el rabo de vez en cuando, al poco dejó caer a mis píes una que tenía la foto de un pollo en la etiqueta. Cogí la lata, la abrí y deposité el contenido en el cuenco de comida de “Mondadientes” mientras observaba como comía despacio, sentado frente al cuenco, como si saborease cada bocado,  me sonó el móvil, la pantalla me advirtió que era Pablo.

 

—Hola Allu —dijo Pablo al otro lado del teléfono.

 

—Hola Pablo, ¿No crees que es un poco pronto para llamadas?

 

—Sé que no te he despertado, percibí que estabas levantado y decidí llamarte.

 

—¿Por algo en concreto?

 

—Sí, tomar un café, justo en el bar que se ve desde tu casa, yo ya estoy allí.

 

—Ya veo —dije mirando por la ventana y viendo a Pablo sentado en una silla, saludándome con la mano—, me doy una ducha y bajo.

 

Colgué el teléfono y me fui desnudando mientras iba de camino a la ducha, una vez allí le di dos vueltas al grifo del agua caliente y una al de la fría, solía ducharme con el agua relativamente caliente, mientras me enjabonaba mi mente se fue solo hacía Rosa, la veterinaria, mi cuerpo respondió con una  erección, para contrarrestarlo le di una vuelta y medía más al grifo del agua fría. Con aquella gélida temperatura terminé mi ducha lo más rápido que pude y en diez minutos estaba vestido y arreglado para salir. Me palpé los bolsillos de los pantalones para ver si lo llevaba todo, cartera: correcto, móvil: correcto, llaves: no en el de adelante, ni en el otro, ni en el de atrás, no, llaves no. Un rápido vistazo a mi pequeño piso me hizo notar que Mondadientes llevaba mis llaves en su boca, en cuánto se dio cuenta de que yo sabía que las tenía él, el gato se fue hacia la puerta.

 

—¿Quieres salir? —Le pregunté.

 

El gato respondió dejando las llaves en el suelo y maullando alegremente. Cogí las llaves y Mondadientes salió de casa, se sentó delante de la puerta del ascensor y volvió a maullar mirando en mi dirección, cerré la puerta con llave, me la guarde en un bolsillo y llamé al ascensor. Cuando llegó abrí la puerta para que mondadientes subiera, luego cerré la puerta y pulsé el botón para que ambos  bajásemos hasta el nivel de la calle. Al salir Mondadientes caminaba a mi mismo paso, no muy alejado de mi costado. Pablo se levantó al vernos llegar, me abrazó y volvió a sentarse. Mondadientes se sentó a su lado, yo me senté en la silla que quedaba libre. Pablo era un hombre de unos cincuenta y muchos años, pelo calo, ojos grises y tez oscura. Su rostro estaba surcado de cicatrices, fruto de una vida cazando engendros, sus manos y brazos no tenían mejor aspecto.

 

—Veo que has estado pensando en esa veterinaria —dijo Pablo sonriendo.

 

—Veo que sigues con esa fea costumbre tuya de leer mentes —le repliqué.

 

—No es tu mente lo que leo sino tu entrepierna —respondió mirando al bulto que tenía en ella.

 

—Joder —dije cruzando las piernas—, y eso que me he duchado con agua fría.

 

—Es el amor de juventud, no lo puedes contener —dijo Pablo riendo— tus padres te podrían haber hablado de eso si aún siguieran aquí.

 

—No hables tan a la ligera de la muerte de mis padres —le dije—, sabes que me molesta.

 

—Lo siento, quitarle hierro es lo único que me mantiene cuerdo —contestó—, yo también estaba allí aquella noche y la mitad de las cicatrices de mi cuerpo son testigo de ello.

 

—Por favor Pablo tú nunca has estado cuerdo —bromeé—, si acaso estás sin diagnosticar, la otra mitad de tus cicatrices lo demuestran.

 

Pablo rió a carcajada limpia y yo con él, Mondadientes se entretenía mirando a las palomas, parecía más por aburrimiento que no por ganas de depredación. Un camarero llegó para tomarnos el pedido: café con leche y un croissant para mí y café solo con un mini bocadillo para Pablo. Al poco rato el camarero llego con todo lo que habías solicitado en una bandeja, nos lo sirvió y dejó el papel con la factura encima de la mesa.

 

—Me recuerdas tanto a tu madre… —dijo Pablo pensativo.

 

—Supongo que para ti también fue duro perderles —contesté en tono comprensivo—, eráis muy amigos.

 

—Éramos más que amigos —respondió Pablo.

 

—Sí bueno, he oído decir que estabais muy unidos —respondí.

 

—No te imaginas cuanto —dijo Pablo mirándome con cara de sentirse culpable por algo.

 

—¿Qué quieres decir? —Pregunté algo preocupado y desconcertado por su expresión de culpa, la cual me hacía intuir que no iba a gustarme su respuesta.

 

—Mira, tú ya no tienes quince años y yo no puedo callarme más esto —dijo Pablo acelerando sus palabras a medida que las decía —, tus padres y yo éramos pareja, muy feliz además.

 

Me quedé callado mirando a Pablo sin saber que decirle, había oído rumores de que mi padre y Pablo habían competido por el amor de mi madre y que ella finalmente se había decidido por mi padre.

El imbécil (parte 1 de 5)

Buenos días Personas, aquí os traigo “el imbécil”.

He estado corrigiendo el relato de “El imbécil” y creo que ya está listo para presentarlo en sociedad, no es ni mucho menos la versión definitiva, pues aún hay cosas que cambiaré para la versión del libro, pero el mensaje y el contexto están como los quiero y eso es suficiente para publicarlo, os dejo con él, disfrutadlo.

 

“El imbécil”

Aunque mi nombre sea Daniel casi nadie me llama así: mis amigos prefieren utilizar el mote de “Allu”, la gente que tiene menos confianza me llama señor Sotobosque, utilizando siempre el apellido en lugar del nombre y mis compañeros de trabajo suelen utilizar una retahíla de motes cariñosos de la índole de: “el flojo”, “el vago”, “el manco”, “el dormido” y un largo etcétera, pero el más utilizado es el de “el imbécil”.

Aunque ahora trabajo en una juguetería con taller propio llevo aquí menos de un año, antes era funcionario, aunque no del tipo que tramita documentos y otorga certificados, más bien del que caza monstruos y engendros. Oficialmente formábamos parte del ministerio de defensa, extraoficialmente teníamos cierta autonomía, por no decir que hacíamos lo que queríamos y como queríamos, a fin de cuentas éramos los únicos que podían hacer aquello, casi nadie nace con el don de ver espectros y mucho menos la capacidad de hacerles frente, por no mencionar los cojonazos que hay que tener para enfrentarse a un hijo de puta que mira dentro de tu alma, escrudiña tus miedos más horribles y te los escupe a la cara todos de golpe, añadiendo el hecho de que los espectros ya de por sí acojonan. La verdad es que el sueldo no era para tirar cohetes, el horario de trabajo no era regular y los conceptos de: “vacaciones”, “día libre” o “festivo” brillaban por su ausencia. Pese a eso amaba mi trabajo, no sólo por el hecho de salvarle la vida a la gente, ni por el respeto que daba llevar el distintivo de “Agente del Ministerio de Defensa”, es que joder, destruir mierda paranormal ha sido todo lo que he hecho desde que tengo memoria, lo único para lo que realmente tengo talento, y de repente, Europa entra en una crisis económica, empiezan los recortes sin ton ni son, primero educación, después sanidad, después se suben los impuestos, pero en Europa nunca tiene suficiente y pide más. Un día algún iluminado o iluminada se levantó y dijo: “a ver, estos Españoles no van a entrar en guerra y de todas maneras no nos compran muchas armas, pues que recorten en Defensa” y dicho y hecho, toda nuestra sección a la calle, sin ninguna otra compensación que un plan de reubicación laboral. El malnacido del asesor, os juro que hubiera matado a ese tío, me dijo: “tienes cara de chiste, ¿Que te parecería trabajar en una juguetería? No digas nada, la vena hinchada de tu frente me dice que te entusiasma la idea, te apunto al curso y en tres meses estás trabajando de eso, te llamarán para indicarte el día y hora que empiezas.”

¿Cómo que tengo cara de chiste? ¿Y qué cojones tiene que ver eso con trabajar en una juguetería? ¿Acaso se creía el tío con gracia, o peor aún, que en mi situación me iba a reír?

Sea como fuere parece que tuve suerte, de todos los miles de personas que formábamos el ministerio solo a unos centenares nos consiguieron trabajo, algunos cerca de casa, otros en la otra punta del país. El resto optaron por seguir haciendo aquello, como si de una empresa de seguridad privada se tratase, pero rápidamente el gobierno hizo dos leyes: la primera impedía recibir una compensación económica a cambio de matar cualquier tipo de ser sobrenatural, la segunda obligaba a todo aquel con capacidad de enfrentarse dichos seres a que lo hicieran, puesto que se amparaba en la ley de socorro y que era el “deber de todo buen español”, resumiendo, que no solo nos violaron sino que encima nos hicieron pagarles los condones y les teníamos que dar las gracias.

Lo peor vino después, pasamos de ser personas valoradas por hacer un servicio a la comunidad a ser odiamos, temidos y despreciados. De la noche a la mañana nos convertimos en unos parias, ante esa situación muchos emigraron, los que no tenían motivos para quedarse, alguno se suicidó, llevándose por delante a unas cuantas personas, lo cual no logró otra cosa que acrecentar el miedo y el rechazo de la gente, por eso digo que yo he tenido suerte, ahora cobro más, aunque sea un destre en mi trabajo: en el curso apenas me enseñaron técnicas de venta, el montaje y reparación de juguetes estaba obsoleto y tuve que aprenderlo desde cero cuando llegué, por no decir que de las ocho horas que trabajo cinco son para limpiar la tienda y el taller del sótano, sobre todo ese puto taller, de seres sobrenaturales. Soy el único de allí que puede hacerlo y sospecho que me contrataron para eso, aunque para disimular me hagan hacer también otras tareas y creo firmemente que si a estas alturas no me han despedido es por eso.

Motivos ha habido muchos: reclamaciones de clientes, reclamaciones de compañeros, llegar tarde al trabajo, dormirme en el mostrador, insultar a abominaciones y pensarse un cliente que era para él, insultar directamente al cliente…

Supongo que mis compañeros tienen verdaderos motivos para odiarme, si ellos hicieran una fracción de lo que yo hago no dudarían en ponerles de patitas en la calle. Claro que si ellos hicieran lo que yo hago desde las 19 a las 23 no vivirían para contarlo o en el mejor de los casos acabarían encerrados en un psiquiátrico de por vida, rememorando continuamente espantosas pesadillas.

Un amigo me dijo que en el fondo lo que más siente la gente es envidia, de nuestra habilidades y por el hecho de saber que ellos viven en el mundo incompleto, puesto que no pueden ver, ni sentir, ni oler, ni tocar, ni saborear todo lo que nosotros sí podemos. Yo pienso que por eso pueden ser felices, la ignorancia trae la felicidad, aunque nos hayamos acostumbrado a toda clase de horrores en el fondo sabemos que no podemos bajar la guardia, que dormir toda una noche es un lujo y que nuestra vida está condenada a vivirse en soledad, salvo contadas ocasiones, nadie querría vivir con alguien que mata monstruos continuamente, porque eso nos convierte en monstruos de peor calibre, al igual que las cobras reales lo son porque comen otras serpientes. Y esto no se puede ocultar, porque en el momento en que algo ataca, respondes y entonces te delatas y tu ligue sale huyendo y jamás vuelve a llamar o te coge las llamadas o nada.

Hubo un día en la tienda que creí que no lo contaría: aquel día había sido muy ajetreado y el pasatiempo favorito de algunos compañeros antes de irse era meterse conmigo, se metían en como hacía mi trabajo y en que ellos se iban mientras yo tenía que quedarme currando cuatro horas más.

 

—Ese remache está mal fijado —dijo Sonia.

 

—Y esas patas están demasiado encoladas —añadió Pedro—, ese caballito se va a desmontar al primer golpe.

 

—¡Pero fíjate en lo que haces! —gritó Susana— ¡Le has colocado la cabeza al revés! ¡Presta más atención a lo que haces imbécil!

 

“A lo que le estoy prestando atención es a ese quebrantador fantasmal que tenéis sobrevolando vuestras cabezas” pensé al ver a aquél engendro que tiene aspecto de ser un cuervo untado en una masa violeta que se ha solidificado y que ha cogido la apariencia de piel. De por sí esos seres no son peligrosos, pero si tocan a una persona pueden provocarle fuertes dolores, náuseas y fiebre.

Por sí el quebrantador no fuera bastante distracción alrededor del mostrador flotaban miles de polillas fantasma, las cuales brillan como bombillas y su aleteo emite un ruido muy similar a un portazo, pero más atenuado, y ciertamente tener treinta bombillas dando “portazos” desconcentra. Pero aún hay más, esa puta tienda parece un zoo de lo paranormal: hay un poco de todo, y no paran de dar por culo, ¡Así cómo voy a poder trabajar!

Finalmente llegaron las siete de la tarde, mis compañeros se fueron y bajaron las persianas, ese momento del día es cuando dejo de ser “normal” y puedo concentrarme en lo que de verdad se me da bien: cazar monstruos.

En realidad cazar no cazo mucho, todas las criaturas que pueblan esta tienda son en mayor o menor medida inofensivas, la mayoría del tiempo pasan desapercibidas para casi todo el mundo, aunque suelen salir a pasear cuando saben que no hay nadie.

Hay un grupo de duendes que se dedica a desordenar las herramientas, por llamar la atención, pero suelo ignorarlos, a menos que le prendan fuego a algo, cosa que suelen hacer cuando andan desesperados por algo de atención y yo ni siquiera me digno a mirarlos.

Es entonces cuando les tengo que dar una lección y los expulso de la tienda,  impidiéndoles, conjuro mediante, que vuelvan a entrar durante dos o tres días, podría hacer que no entrasen nunca más, pero entonces, además de ser cruel con los duendes, me quedaría sin trabajo. Todo lo que necesito es que las cámaras de seguridad capten como invierto todo mi empeño en arreglar los problemas que causan estas presencias indeseables y luego toca la ronda por el sótano, el cual sirve de almacén.

Detesto ir al sótano, es un lugar lóbrego y siniestro, por dónde campan a sus anchas monstruos a los que no me puedo enfrentar, ni menos estando solo, si alguno se me llegase a encarar no creo que viviera para contarlo, por suerte parece que nunca salen del sótano.

El lugar que más temo es el almacén que está situado tras un enorme y estrecho pasillo, en el otro extremo del mismo se encuentra la máquina en la que tengo que fichar, a veces me da tanto miedo estar ahí que espero de espaldas al almacén, para evitar que, sea lo que sea que hay ahí, no se sienta retado por mi mirada y me ataque sin piedad.

Sin embargo un día caí en la trampa de aquel monstruo. Eran las 22:58, yo esperaba de espaldas a que el reloj de la máquina dieran las 23:00, de repente oí el parpadeo de un fluorescente, resistí la tentación de girarme y entonces un enorme cardumen de peces diablo pasó a toda velocidad por mi izquierda, para atravesar una pared y desaparecer, algo les había asustado. Los peces diablo son muy parecidos a las pirañas, solo que tienen el tamaño de gato gordo y en lugar de carne o fruta se alimentan de la energía vital de las personas y si tienen mucha hambre de su alma, agradecí perderles de vista.

No tarde en oír una especia de trote amortiguado a mi espalda, me negué a girarme, en el reloj de fichar eran las 22:59, un minuto más y podría escapar de aquello que estaba asustando a todos los habitantes del taller subterráneo. El culpable del trote amortiguado pasó por mi lado, se detuvo mientras directamente a los ojos me miraba un lucércano. Los lucércanos son lo que la gente comúnmente llama “ángeles de la guarda”, sólo que no son ángeles, más bien parecen un San Bernardo al que la radiación ha tornado un ser tan grande como un autobús de dos pisos londinense, suelen ayudar a la gente alejando los problemas de ellos, incluso se sabe de algunos que rescatan a personas de incendios o sacan niños de pozos.

 

—¡Sal de aquí idiota! —Gritó el enorme can con voz profunda y gutural—, ¿Quieres que eso se te zampe?

 

—Tengo que fichar antes de irme, sino…

 

—¡A la mierda eso que llamas fichar! —Gritó aún más fuerte el lucércano, interrumpiéndome—, ¡Si quieres morir haya tú, yo me marcho!

 

Y el lucércano desapareció por el mismo sitio por el que lo hicieron los peces diablo, de repente sentí una extraña vibración en el aire, los fluorescentes del pasillo parpadeaban sin ningún criterio, como si alguien les hubiese activado el modo discoteca. Por supuesto yo no los miraba, puesto que estaban en dirección al almacén y sabía que mirar hacía allí no traería nada bueno.

El reloj seguía marcando las 22:59, aquel puto reloj no tenía segundero, de modo que no tenía manera de saber si el tiempo se había detenido o solo me lo parecía debido a mi angustia.

De repente una voz se alzó entre el zumbido y parpadeo de los fluorescentes. Lo que decía esa voz me pareció ininteligible, como cuando vas en coche escuchando la radio y entras en un túnel que provoca que la voz del locutor se degrade paulatinamente hasta tornarse un murmullo que sabes que pretende ser un mensaje, pero cuyas palabras se te escapan en un eco cacofónico, agudo y chirriante.

”22:59, ¿Es una broma?” Pensé al mirar de nuevo el reloj de la máquina de fichar mientras notaba como detrás de mí el aire se hacía más frío y denso.

No pude evitar girarme instintivamente para encararme al peligro, ante mí se erguía la sobrecogedora figura de un espectro. Su altura rebasaba los dos metros, aunque carecía de piernas. Su color era azul, sin transparencias, estaba completamente materializado, sus garras, compuestas de dos uñas largas, de unos treinta centímetros aproximadamente, una uña intermedia y tres cortas, de la mitad del tamaño de las largas, eran de un color púrpura brillante, que a medida que se acercaba a las muñecas se iba tornando azul paulatinamente, hasta volverse del mismo tono de su piel en la parte donde la garra se unía al dedo, dando una sensación de continuidad a sus dedos-garras, las cuales, independientemente de su tamaño estaban afiladísimas. Su rostro era muy similar al humano, sus ojos reflejaban una infinita bondad, igual que la mirada de una tiene madre hacía sus hijos, cuando estos la necesitan. Su boca estaba plagada de dientes puntiagudos y serrados, como los de un tiburón, solo que los del espectro encajaban perfectamente los unos con los otros. Estos dientes eran también de color púrpura, y a medida que se acercaban a la encía, de un tono algo más oscuro que su piel, se volvían azules. El espectro carecía de labios, nariz y de cualquier tipo de vello facial, tampoco parecía tener pelo en el resto del cuerpo. La envergadura de su espalda era de más me metro y medio, su torso exhibía cicatrices, magulladuras y cortes, al igual que sus brazos, los cuales eran tan largos que sus garras no tocaban el suelo por apenas unos centímetros. Y todo él desprendía un aroma entre huevos podridos y libro viejo.  Por su color, tamaño y hedor supe que era un espectro anciano, que debía de haber luchado mucho contra otros espectros en peleas territoriales para llegar a esa edad, como demostraban sus cicatrices.

El espectro me sonrió, pero esa sonrisa solo significaba que estaba tensando los músculos de la cara para poder abrir sus mandíbulas y morderme, como una serpiente se enrosca antes de lanzar un bocado. Vi como su boca su abría lentamente, justo en ese instante sonó un pitido en mi Casio anunciando las 23:00. Sin apartar la vista de la boca del espectro acerqué mi cartera por el lado dónde guardaba la tarjeta de fichar al lector de la máquina, dos pitidos y LED verde visto de reojo, “fichaje correcto” pensé justo en el momento en el que me teletransportaba a mi casa, busqué el primer lugar dónde sentarme y me desplomé en mi vieja butacona,  blanco como la cera y empapado en sudor frío, aterrado como nunca he estado en mi vida, notando como el corazón me latía a más de doscientas pulsaciones por segundo, pensé que de un momento a otro me desmayaría, pero poco a poco me fui calmando, hasta quedarme dormido, de puro agotamiento, en la vieja butacona.

 

Cuento terminado (por fín)

Buenas, tardes ya, Personas, cuento terminado 🙂

Esta mañana me he puesto a escribir a saco y por fin he terminado el cuento de “el imbécil”. Y ya era hora terminarlo porque hace seis meses que os hablé de él.

En cuanto lo revise y lo corrija lo subiré, pero en dos o tres post diferentes, no por nada en especial, pero es que el cuento tiene unas veinticinco páginas y soy de la opinión de que dar demasiada información de golpe es contradictorio, así que os daré el cuento poco a poco, pero lo haré durante la misma semana, así que ya sabéis, la próxima vez que os escriba lo haré cuatro días seguidos, os vais a hartar de mí :D.

Por el momento eso es todo, sed buenos.

Sigo bien, trabajando mucho.

Buenos días Personas, estoy bien, muy bien.

Tras la entrada en la que publicaba la aparición de una antología de relatos con uno escrito por mí entre ellos, he seguido con mis proyectos. Concretamente me he centrado en acabar “El imbécil”, que ya va por las diecisiete páginas. Este relato estará más adelante recogido en el libro que titularé: “El carnicero que amaba su oficio”.

Este libro es una serie de cuentos, cortos, medios y largos, como el caso de “El imbécil”, que pretender servir de guía para conocer algunos de los recovecos del mundo de Domhan. A través de cada historia desenmarañé algunos de los conceptos que forman el universo que estoy creando.

De momento no sé cuantos cuentos formarán el libro, aunque sí sé algunos de ellos: “El imbécil”, que será el primero, “Breve paseo por Néfira”, que estará hacia el final, “El carnicero que amaba su oficio”, el cuál además de dar título al libro será el cuento que esté por el centro, ” Extraños amantes en lejanos lugares”, relato que trata más a fondo sobre aquellos seres de dos codos y dos rodillas que Megrez ve junto a su abuela cuando se desmaya después de comer aquella fruta peligrosa para los de su especie.

De momento no tengo más títulos pensados, aunque sí tengo idea de los cuentos que quiero hacer aparecer en ese libro. Dudo si meter dos, que forman parte de otras sagas de novelas, a modo de aperitivo. Hay algunos cuentos que seguramente no aparezcan en otros novelas, su historia se quedará en ese recopilatorio, sin dar lugar a nada más, aunque es posible que aparezcan en cierto manual en el que también estoy trabajando.

La extensión máxima del libro que me planteo es alrededor de doscientas o trescientas páginas y un número de cuentos entre quince y diecisiete. Si me salen más y creo que pueden encajar bien en el propósito del libro puedo ampliarlos a veinte, no más. Tampoco descarto la idea de hacer otro libro de cuentos, todo depende de si el resultado me resulta satisfactorio o no.

Por ahora nada más que añadir, seguiré informando de cualquier novedad y espero que mi próxima publicación sea el cuento de “El imbécil”.

Un saludo. Sed buenos.

Sigo vivo, y traigo novedades

Buenos días personas, que sigo vivo, no os asustéis.

 

Primero de todo pediros disculpas por haber desaparecido durante ciento treinta y nueve días, con sus correspondientes noches.

El motivo no ha sido otro que la publicación del libro “68 verdades a medias”, una antología de relatos, entre los cuales figura uno mío.

 

 

 

Dicho libro estará muy pronto disponible en Amazon, por lo que si alguno quiere leerlo, cosa que recomiendo, podrá hacerlo pronto.

Si alguien quiere tenerlo en formato físico puede ponerse en contacto conmigo y se puede hablar de enviarlo por correo, no sería el primero que mando.

Deciros que sigo trabajando en el relato que os debo, titulado “El imbécil”, sólo lo he dejado algo aparcado.

Así mismo anuncio que a partir de ahora este blog estará dedicado a dar a conocer mis publicaciones de libros futuras así como promocionar un poco mi página de Patreon, la cual está dedicada a un libro de rol basado en el mundo creado por un servidor.

Informo también que la primera parte de la novela “Gemelos” avanza también rápido y muy pronto estará terminada y lista para las correcciones finales, lo que significa que, y sin querer dar fechas concretas, muy pronto estará también disponible en Amazon.

Por ahora nada más que deciros. Sed buenos y leed.

Curso escritura

La moda de la auto-publicación

Buenas Tardes Personas, hoy vengo a hablaros de la auto-publicación.

Auto-publicación

Auto-publicación

Pues parece que la lluvia del lunes ha llegado hoy, aunque tampoco ha sido abundante, pero al menos han bajado algo las temperaturas y con eso ya me conformo.

¿Habéis notado la creciente cantidad de escritores nuevos que hay hoy en día? ¿Y habéis notado que muchos de ellos tienen su origen en la auto-publicación a través de internet o que directamente son escritores que únicamente se dedican al formato digital?

Posiblemente uno de los casos que más os pueda sonar es el de la escritora Anna Todd y su novela “After” la cuál consta de 4 libros. Anna comenzó su carrera en el mundo literario optando por la auto-publicación, en vista del éxito de su obra varias editoriales decidieron traducirlo y publicar su obra en formato impreso, en España la encargada de hacerlo fue Planeta.

El caso de Anna Todd no es único, por lo visto se está tornando una moda. ¿Es acaso malo que la gente pueda publicar si quiere? No, no es malo en absoluto, internet le brindó a cualquier memo la oportunidad de decir lo que opina sobre la serie “Stark Trek” (Homer Simpson dixit).

Esto no en sí no es un problema, pero a menudo navegar entre la marea de escritores buscando algo de nuestro agrado puede resultar muy complicado, sobretodo teniendo en cuenta que muchas personas publican por publicar, sin hacer siquiera una corrección de estilo, formato y ortografía, lo cuál le puede llevar a más de uno a apreciar la gran labor que hacen las editoriales al librar al mundo de semejantes “monstruos de la literatura”. No obstante, igual que un lirio puede brotar en un campo de cardos, los buenos autores pueden encontrarse entre la paja, recientemente he dado con dos: José Vicente Alfaro y Víctor del Árbol. Del primero os recomiendo “El llanto de la isla de Pascua” y del segundo “Respirar por la herida” ambos los podéis encontrar en formato digital e impreso.

Volviendo al tema de la auto-publicación, para los y las que os lo estéis planteando, mi consejo es que antes de lanzaros a publicar leáis mucho, no sólo porque os ayudará a saber como se escribe correctamente y que formato tiene que tener un libro, sino que también os ayudará a forjaros un estilo propio, algo que para un escritor es fundamental y más en estos tiempos de sobrada oferta literaria en que hay que ofrecer algo que realmente destaque para poder hacerse un hueco en el mundo.

Pues, pues eso es todo por ahora, el viernes si puedo os traeré un cuento, titulado “El imbécil”, que formará parte de los cuentos recogidos en un nuevo proyecto literario, que empezaré a montar cuando termine con el prólogo de “Gemelos”.

Sed buenos, leed, escribir y si os sobra tiempo dejaros arrullar por la sorpresa, pero sólo lo necesario en cuanto veáis que se viste de incertidumbre cortad con esa malnacida.

Sed buenos.

Curso escritura

Matrimonio y artistas

Buenos días Personas, hoy nos toca: el matrimonio y los artistas.

Artistas

Artistas

Bajarán las temperaturas, decían, lloverá el lunes, decían… Pues así estamos hoy, en el último día de agosto y con un sol de justicia y un calor sofocante.

Se suele dice que todo buen novelista tiene detrás una mujer desatendida, cosa que se puede extrapolar a cualquier artista y que toda persona que intente mantener una relación sentimental y afectiva con un artista, tarde o temprano pasará a un segundo plano, que la prioridad del artista es su obra y que nada puede cambiar eso.

Bien, reconozcámoslo: es fácil desatender a una persona, sea quien sea. Es muy sencillo centrarse en cualquier otra cosa antes que en una persona, fundamentalmente porque para ignorar a alguien no has de hacer absolutamente nada y ese abandono no es exclusivo de los artistas.

¿Cuántas personas han preferido ir con sus amigos antes que con sus parejas? ¿Cuántos estadios de futbol están llenos de maridos cuyas esposas esperan en casa a que regresen de su partido dominical? ¿Cuantos “te llamo luego” han elevado la dimension del “luego” a días, semanas o incluso años en algunos casos?

¿Y porque se dice de los artistas que son malos con sus compañeros y compañeras sentimentales? Por estigma.

Los artistas tienen un estigma asociado, del cuál ya he hablado anteriormente y que además es de sobras conocido: somos reser disolutos, de moral laxa y con tendencia a no hacer nada en la vida que sea realmente digno de admiración y le tenemos alergia al trabajo.

Pues lo cierto es que crear cualquier cosa necesita de un gran trabajo, y no digamos ya el echo de sacarla al mundo.

Volviendo al tema del abandono: todo el mundo necesita su momento personal, un espacio para hacer lo que necesite hacer, un momento de recogimiento aunque no necesariamente soledad. Cierto es también que las parejas necesitan su momento para estar juntas sin nadie más, pero ¿Qué necesita el artista? Pues un momento para dedicarle a su arte.

Repasemos,: toda persona necesita su espacio a solas y su espacio en compañía. Si además hablamos de un artista hay que añadirle el espacio para su arte. Además de eso hay cosas como el trabajo, la familia, la casa, la compra, y un largo etcétera, que hay que atender.

A eso hay que sumarle que a veces la inspiración viene acompañada de una compulsión por crear, y si estamos en un momento adecuado no hay problema, si estamos en una situación en que no es posible hacer nuestro arte nos jodemos y nos tragamos las ganas, ¿Pero qué ocurre cuando estamos con nuestro amado o amada y nos pica el gusano de la creación y tenemos esa idea que hemos estado esperando a que llegara? Pues pueden pasar dos cosas: que consideremos que no sea un buen momento o que creamos que nuestra pareja va a entender que necesitamos expresarnos y dar forma a nuestras ideas.

En la primera de las situaciones no hay mayor trascendencia: seguimos con nuestra pareja y listo. En el segundo de los casos, debemos dejar de lado a esa persona, esperando que entienda que necesitamos hacerlo.  Veréis, muchas veces sucede que durante el día hemos tenido a la musa detrás, soplandonos al oído sus inspiraciones y nosotros, amablemente, le hemos rogado que vuelva luego, y la musa lo hace: cada poco vuelve, pero sigue sin ser el momento, entonces le volvemos a pedir, por favor, que se marche. Luego , cuando tenemos el momento para nuestro arte la condenada no aparece y sin embargo, justo cuando ya no la esperábamos, aparece, con una sonrisa de oreja a oreja, con ideas nuevas y una frase en los labios: ” O yo o esa persona”.

Y sabes que elijas lo que elijas va a ser una decisión complicada y que seguramente tendrá repercusiones. Pero no se puede hacer mucho en el fondo, todos los aspectos de nuestra vida merecen atención, decidir que tiene prioridad no siempre es fácil y a menudo damos por sentado que si alguien está con nosotros es porque nos entiende y sabe perfectamente que le queremos, pese a que alguna vez pueda sentirse solo o sola.

Bien, pues eso es todo por hoy, el miércoles volveré con una nueva entrada. Disfrutad de este último día de agosto y sed buenos.

Un saludo.

Sufrimiento: ¿Necesario o un adorno narrativo?

Buenos días Personas, hoy vengo a hablaros del sufrimiento, tranquilos, me refiero al literario.

Sufrimiento

Sufrimiento

Parece que el calor se niega a marcharse, al menos donde yo vivo, por lo menos refresca por la noche, algo es algo.

¿Alguno de vosotros es padre o madre? Bien, pues si lo sois sabréis que muchas veces es mejor dejar que los niños y niñas aprendan solos, a base de recibir lecciones de la vida, ese tipo de lecciones que como madres y padres no se les pueden hacer entender, porque hasta que no las padecen nuestros hijos e hijas no comprenden del todo que significan, pero cuando las sufren, se llevan consigo, además de algún golpe, magulladura, quemadura o corte, una valiosa experiencia que les ayudará a madurar y a crecer, convirtiéndose en adultos hechos y derechos algún día.

Pues bien, con los personajes pasa lo mismo: deben sufrir para poder evolucionar, y a los escritores, tanto como a los padres, a veces nos cuesta ver, y hacer, que nuestros personajes sufren, porque les cogemos cariño a nuestras creaciones, pero sabemos que es la única manera que tienen de aprender, además de que para el lector los cambios de actitud y forma de ser del personaje resultan extraños y confusos si no hay una justificación de por medio. Estas justificaciones pueden darse antes o después, ¿Recordáis el fuera de plano?, del cambio en el personaje, pero deben darse siempre, puesto que no hacerlo genera una serie de agujeros en la trama con la que ningún lector o lectora gusta de tropezarse.

¿Debe entonces el escritor convertirse en un sádico torturador de personajes con tal de lograr una buena obra? Pues no necesariamente. Todo debe ir en su justa medida, puesto que cuando una situación se repite en exceso tiende a volverse absurda, y podemos acabar comvirtiendo sin querer una situación sumamente trágica en una escena que bien podria aparecer en la serie “Monty Python’s Flying Circus” y francamente, creo que ningún escritor querría que su obra fuera interpretada de manera tan opuesta a cómo él o ella la ha creado.

Formas de hacer sufrir, y madurar, a los personajes hay muchísimas, tantas como se imagine el escritor, el arte surje en el momento de aplicarlas correctamente de tal manera  que nuestra historia se vea enriquecida a través de ellas y nuestros personajes ganen realismo y profundidad.

En el relato  “Marco, de los Apeninos a los Andes” Edmundo de Amicis nos cuenta el viaje de un niño de 13 años, que partiendo desde Italia en busca de su madre llega hasta Argentina, dónde la encuentra. Antes del “feliz” encuentro Marco tiene que padecer varias penurias, aunque finalmente madre e hijo logran estar juntos y el cuento tiene un final bonito.

El sufrimiento de Marco hace de alguna manera que el lector se encariñe poco a poco con él y acabe deseando que todo termine bien para él y logre reencontrarse con su madre. Y es que el sufrimiento es una herramienta muy útil para enganchar al lector o lectora, apelando a su humanidad, ademas de que los felices no tienen historias, cuesta mucho más gener empatía con un personaje al que todo le sale bien, puesto que generalmente alguien así acaba generando un rechazo e incluso un odio en el lector, puesto que normalmente a nadie le sale todo bien siempre y al primer intento.

De modo que, toda buena historia necesita su dosis de sufrimiento y si no me creéis pensad en el último libro que hayáis leído  y en qué momentos el personaje ha recibido su sesión de varapalos.

Pues por esta semana he terminado de contaros todo lo que os pretendía contar. Volveré el lunes con una nueva entrada.

Sed buenos, un saludo.

Curso escritura

Escuelas de artistas

Buenos días Personas, hoy reparamos las escuelas de artistas.

Artistas

Artistas

Esta semama he retomado la escritura del libro, la verdad es que ya tenía ganas, pero entre unas cosas y otras lo he ido dejando demasiado, y es que aunque parezca mentira conlleva mucho trabajo sacar un libro adelante.

Como cualquier arte, la escritura, va por partes: primero nace la idea, luego se trabaja en ella y luego se pule. La idea surje en un istante, la inspiración apenas dura unas milésimas de segundo, el resto es trabajo y esfuerzo.

Un trabajo y un esfuerzo que raramente se ven y muy pocas veces se aprecia. Es por eso que los artistas apreciamos el arte desde dentro, es decir, sabiendo que por cada cuadro, cada escultura, cada película, cada libro que ve el mundo hay detrás toda una inmensa cantidad de trabajo, muchas ideas descartadas, muchos borradores y muchos, pero muchísimos repasos finales. Un artista tiende a buscar la perfección, aún sabiendo que no existe  se esmera en llegar lo más cerca posible de ella, porque aunque nos guste nuestra obra, en el fondo siempre la puliríamos más y más, haciendo eterno el proceso de creación.

¿Sabéis qué  más tenemos en común los artistas? Un mentor, alguien que dominaba mejor que nosotros el arte que éramos llamados a ejercer y que nos ha trasmitido todo lo que sabe de la mejor manera que le ha sido posible, transmitiéndonos, no solo conocimientos, sino también un amor y pasión por lo que se está haciendo.

Centrándones en la escritura: las escuelas de escritores pueden ayudar a toda aquella persona con pasión literaria a mejorar en su escritura, ya sea porque quiera tenerla como afición o porque realmente quiera hacer de ella su oficio.

¿Qué se enseña en una escuela literaria? Pues de entrada os digo que ortografía y gramática no, puesto que eso se supone debería de saberse ya llegada la persona a una cierta edad. Lo que se enseñan son pautas y consejos a la hora de escribir correctamente, dando a conocer los diferentes recursos literarios y la mejor forma de aplicar los mismos, porque en ningún caso se trata de normas, cada escritor debe buscar su estilo y la forma más natural posible que haye de escribir, sientiendo suyas las palabras y textos que escribe.

Cursos de escritura hay de muchos tipos: unos se centran en la creatividad, otros en la novela, otros en el relato corto, los hay de guión de cine e incluso de cómo escribir obras de teatro.

Como ya he dicho, los cursos de escritura no van destinados solo a futuros escritores, también van destinados para todo aquel que quiera conocer este mundo desde dentro. Como anecdota os contaré que algunas personas con pasión por la lectura le cogieron mucho más cariño tras realizar un curso, y es que, según ellos, al ser capaces de ver todo el proceso que conlleva escribir y ser conscientes del trabajo que implica, fueron capaces de valorar aún más la literatura, también fueron capaces de comprender mejor algunas obras y el valor real de las mismas.

Así que si tenéis la oportunidad y os dudáis si hacer un curso de escritura o no, lanzaros a él sin miedo, podéis descubrir una pasión que se os mantenía oculta y tal vez acabéis incluso dedicandoos a la escritura, puesto que no seríais los primeros que van a un curso por entretenimiento y acaban dejando su trabajo para dedicarse por completo a la publicación de libros.

Pues por el momento eso es todo, sed buenos y recordad de poner pasión en todo lo que hagáis, de esa manera disfrutaréis más y lograréis mejores resultados.

Sed buenos, un saludo.